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Las distintas causas del delito

Viernes 09 de diciembre de 2016
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Una paradoja crucial en materia de inseguridad emerge de la relación costos/beneficios de la vida delictiva, comparada con la de la vida honesta: ser chorro "paga" mucho mejor que no serlo. La ecuación es tan simple como dramática: mientras los cientos de miles de chicos que viven en el conurbano bonaerense -y en las otras grandes ciudades, como Córdoba, Mendoza y Rosario- perciban que es mucho más redituable la "vida loca" del comportamiento ilegal que un trabajo o que estudiar, seguirán creciendo los delitos y la violencia. Mantenerse al margen de esta lógica perversa será cada vez más un acto estoico que aún sostienen cientos de miles de jóvenes en la Argentina.

El aspecto más complejo de este fenómeno es que no parece ser resultado sólo de restricciones económicas. Como lo señala el informe del PNUD Seguridad ciudadana con rostro humano, América latina ha tenido un crecimiento económico del 4,2% anual en los últimos diez años. Setenta millones de personas salieron de la pobreza, la desigualdad disminuyó en la mayoría de los países y el desempleo descendió desde 2002. De acuerdo con varias de las teorías criminológicas, la evolución de los indicadores económicos en la región hacía esperable una caída del crimen. No obstante, los delitos y la violencia aumentaron.

Se hace importante mirar qué aspectos no económicos deberíamos considerar. Dos tipos diferentes de problemas requieren ser analizados. Por un lado, las drogas y las armas. Por el otro, las creencias y las expectativas de vida. El aumento del crimen no puede ser entendido sin considerar la creciente facilidad para el consumo de drogas y el acceso a las armas. Las drogas distorsionan las capacidades cognitivas para evaluar las consecuencias del comportamiento. La obtención de armas es el medio para el ejercicio del delito y la violencia. Éste es un problema grave en la Argentina, especialmente entre los más jóvenes. Los resultados de la Encuesta de Presos Condenados (Celiv/Untref, 2014) muestran que el 87% de los internos menores de 25 años dijeron haber tenido un acceso fácil a las armas.

En lo referente a las expectativas de vida, un reciente estudio de la OCDE muestra que la demanda de bienes de consumo como electrodomésticos, celulares y automotores creció fuertemente en la región y que su adquisición suele experimentarse como la vía principal de integración social, mientras que no poseerlos se percibe como una forma de exclusión.

La creencia de ser excluido influye sobre las expectativas y el comportamiento. Algunos estudios realizados en los países nórdicos con adolescentes de escasos recursos encontraron que al preguntarles cómo veían su vida en los próximos cinco años, la mayoría respondía que se imaginaban presos. Ésa podría ser la creencia entre los excluidos en nuestro país, con la tragedia de que otra posibilidad sería terminar muertos. Esto explicaría por qué el crimen es la senda seguida: la vida es hoy. La inversión en esfuerzo para el mañana carece de sentido.

Explicar la formación de las expectativas importa. La exhibición en redes sociales del acceso a bienes de otros llega a quienes no pueden. Lo que sigue es una percepción insoportable de privación que a la larga conduce al debilitamiento de los lazos sociales, último dique de contención del delito. La opción que se deriva es delinquir. Sin otros caminos a las expectativas que sean creíbles, lo racional es ser chorro.

Investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia Celiv/Untref

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