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Para un periodismo que valga la pena

En tiempos de cambios tecnológicos, la ética y la libertad de prensa deben seguir guiando la práctica periodística

Viernes 16 de diciembre de 2016

Palabras pronunciadas ayer en la Universidad Católica Argentina en la entrega de los premios Adepa 2016

Foto: LA NACION

Esta fiesta para el estímulo y la emulación expresa lo que puede haber de más inspirador en las fiestas del periodismo. Aquí están los ganadores de los premios Adepa 2016: desde los mejores trabajos en periodismo político, económico y científico hasta lo que se centra en el bien común, en la investigación pura, en las caricaturas o los espectáculos y los deportes. Aquí están parientes y aquí están amigos de quienes han sido señalados por jurados confiables, en diecinueve categorías, por la relevancia en disciplinas que integran el vasto mundo de nuestro oficio.

Para nosotros también están presentes, de una manera quizá más leve, pero no menos significativa, aquellos otros que también concursaron y aguardarán nuevas oportunidades a fin de que se los tenga en cuenta en el balance de una generación. Han ejercido todos por igual el derecho a competir lealmente y han tonificado así entre ellos al conjunto de las presentaciones.

En Adepa no hay periodismo de clases A, B o C, ni discriminación por razones ideológicas, étnicas, religiosas o las que fueren. En la práctica cotidiana de la regla de la igualdad por parte de nuestra institución desde hace más de medio siglo, todos los medios, todos los periodistas valen por igual. Y de hecho así lo prueban las oportunidades múltiples en que la presidencia de Adepa ha sido ocupada por representantes de diarios de modesta circulación, pero de aportes considerables a la configuración de un periodismo integrador de la nacionalidad.

No olvidamos, sin embargo, que hay medios cuyos recursos facilitan más que otros la misión de informar con precisión a la opinión pública sobre asuntos respecto de las cuales tantas veces se opone el silencio o la restricción de conocimientos que conciernen al interés social. Lo comprendí a edad temprana, cuando la invocación del nombre del diario para el que he trabajado toda una vida me abría, tanto en el país como en el exterior, puertas que se habrían abierto con más reticencia a otras apelaciones. Quiero decir: corría con las ventajas de correr por el andarivel de las tradiciones consagradas, que en general ayudan, y a veces no.

El oro se nos rinde después de haberlo sometido al fuego. Así también la búsqueda del oro de la excelencia en cualquier actividad se conquista después de un tesón perseverante y abrasivo. Esa búsqueda puede suscitar equívocos, como el de que hemos relegado de la máxima atención algunos valores no menos sensibles que el de la obsesión por el oficio que abrazamos. Duro precio el de que se interprete que mitigamos por aquel impulso apasionado, y apasionante, la exteriorización de otras emociones y de que amengüe en consecuencia el acompañamiento que seres especiales esperan de nosotros.

Los premios llevan inscriptos los nombres de quienes los reciben. Nos ilusiona la idea de que en esos testimonios se trasluzca la presencia de una mujer o un esposo, de un padre, de una madre, un hermano, un novio o novia, de hijos o de compañeros o amigos con cuyo aliento y solidaridad, y hasta paciencia, se ha logrado la maduración profesional de quienes son distinguidos hoy. Todo se ennoblece aún más si al orgullo por una conquista profesional se suma la virtud del agradecimiento.

Han sido más de mil este año los trabajos presentados por alrededor de quinientos concursantes. Magnitud notable para lidias de esta índole. Se ajusta, con todo, a la dimensión del papel que esta institución madre de la prensa argentina desempeña en el periodismo nacional a partir del sostenimiento de dos principios: uno, el del valor social de la libertad de prensa, y otro, el de las bases éticas y halo magnánimo inexcusables en el desenvolvimiento del periodismo.

Esos principios actúan como recordatorio de que debemos ser, por sobre todo, buenos ciudadanos y vecinos, que se aplican a uno de los menesteres cuya naturaleza se define, entre otros rasgos, por el fomento de la educación popular. El concepto de magnanimidad responde a una interpretación amplia del espíritu estatutario de Adepa: es un concepto mentado más en la religión y la filosofía política que en el puro ajetreo periodístico. Lo traemos a la reflexión no sólo como referencia a las almas grandes y no amilanadas, sino también desde la perspectiva aristotélica de que el espíritu magnánimo rechaza el albur de hacer daños deliberados. En la pasión por informar y comentar lo que sucede debe resolverse qué lugar asignaremos a la compasión con quienes son sujetos de todo lo que hablamos y escribimos.

Nuestros premios llevan el nombre de Federico Massot, por cuya iniciativa se instituyeron, en 1988. Federico falleció poco después, a edad temprana. El sentido de esa iniciativa fue encarnado más tarde por Carlos Rago, a lo largo de dos décadas, hasta su retiro, este año.

Es difícil que un camino se halle absolutamente delineado de una vez y para siempre. La vida es cambio. Las transformaciones en el mundo de las comunicaciones desde los años noventa han sido tales que pocas definiciones de ese fenómeno resultan más acertadas que la de haberse dicho que el cambio es lo único permanente entre nosotros. El aumento del número de categorías periodísticas establecidas para los premios Massot se ha hecho cargo de esa realidad.

Ha sido tal la entrega entusiasta de Rago como presidente por veinte años de la Comisión de Premios de Adepa, tal el rigor con el que acometió una tarea demandante de transparencia en las resoluciones, que a él va mi primer saludo, cálido y agradecido. En segundo término, destaco la dedicación y el profesionalismo de los jurados: Adepa no cumple otro papel que el de legitimar lo que los jueces resuelven por conocimiento específico y conciencia.

Y agradezco a los participantes, actores centrales de esta fiesta, habernos tenido en cuenta y hecho fe en la voz de nuestra institución. En el sinfín de contribuciones evaluadas late el verdadero corazón de la prensa. Lo definimos por la palabra "contenidos", elaborados por el talento intelectual y la imaginación de periodistas en uso práctico de los instrumentos pertinentes a cada especialidad.

Han pasado más de 130 años y sigue estando en el nudo central del periodismo aquello que Oscar Wilde, con más provocación burlona que voluntad de averiguar, preguntó a propósito de la telefonía. Se hallaba de visita en Nueva York en 1882 y le mostraron un teléfono, última novedad en las comunicaciones de la época, a la que en Londres fueron al comienzo bastante refractarios, acaso como consecuencia del inmenso prestigio del viejo servicio imperial de correos. Le habían dicho a Wilde, con el entusiasmo admirativo que condensa en un hallazgo la medida de una civilización, que el teléfono permitía hablar de un lugar a otro sin perjuicio de distancias. Lacónico, Wilde preguntó: "¿Para hablar de qué?".

En los trabajos hoy premiados se encuentra la respuesta a indagaciones como ésa hasta en relación con los más modernos medios de comunicación. Que sean para hablar y escribir y difundir imágenes e ilustraciones de lo que valga realmente la pena, incluso como mero pero fértil entretenimiento, sin el cual el contexto cotidiano agobiaría. Los premiados lo han entendido así.

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