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Copa Argentina. River gritó campeón en otra noche mágica y se rinde a los pies de Gallardo, su tótem

En un juego electrizante, se repuso de sus errores y con un inspirado Alario y un oportunista Alonso desató el festejo; el DT sumó su sexto título, el primero a nivel local

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LA NACION
Viernes 16 de diciembre de 2016
Todos los flashes apuntan a Alario, la figura de una noche mágica que entró en la historia grande de River; tres goles del delantero para viajar a la idolatría millonaria
Todos los flashes apuntan a Alario, la figura de una noche mágica que entró en la historia grande de River; tres goles del delantero para viajar a la idolatría millonaria. Foto: Diego Lima
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CÓRDOBA.- Cada tanto, el fútbol regala noches completas. Son esas en las que aparecen todos los elementos que lo hacen especial, incomparable, emocionante. No será fácil para los protagonistas ni para los espectadores quitarse del cuerpo las sensaciones que se vivieron anoche en el estadio que lleva el nombre de un mito del fútbol argentino, con un pasado glorioso en los dos clubes que disputaron con rabia una final tremenda: a Mario Kempes, River y Rosario Central lo honraron. Aunque, claro, en la foto final hubo lugar para uno solo, el que se levantó más veces que el rival entre tanto gol. Y ése fue River.

Campeón de la Copa Argentina, la frutilla que le faltaba al ciclo de Marcelo Gallardo, su tótem: un título local. Así, la cadena de diamantes suma un nuevo eslabón, el sexto en dos años y medio. Una colección inédita, que eleva todavía un poco más, como si fuese eso posible, al entrenador. El mismo que confió en Lucas Alario para traerlo de Colón y darle las llaves del ataque; el chico, ya consagrado en el club, también dio un paso más hacia la idolatría con una actuación que enhebró tres goles y la asistencia para el definitivo 4-3 de Alonso.

Es el empeño, el coraje, la capacidad de levantarse, los dientes apretados, el deseo. Es el espíritu de grupo, las complicidades afectivas, el descanso adecuado, los detalles imperceptibles, la dureza mental. Es cada uno de esos elementos, sí, pero por encima de todo, el fútbol es el juego, y siempre lo será. No hay artificio externo que supere el valor que tiene el hecho de ejecutar bien la partitura de este deporte único. Anoche, River y Central volvieron a poner sobre la mesa todos esos matices, en una definición inolvidable. Tensa, emotiva, caldeada, polémica. Y también con futbolistas capaces de elevarse a ese runrún molesto y exhibir virtudes técnicas, talento, imaginación: Marco Ruben y Andrés D'Alessandro fueron los abanderados de esa faceta en un primer tiempo frenético, que le dio sentido a que 57 mil personas hayan vibrado en el Mario Kempes como lo hicieron. Uno por cansancio y otro por una reacción intempestiva que le costó la expulsión, terminaron bajando su nota, pero antes habían sido los mejores argumentos de cada lado.

El resumen del partido

Una mentira repetida asegura que "las finales no se juegan, se ganan". Un concepto vacío: para ganar siempre hay que tener un plan. El de River lo comandó el mismo que había dictado el tempo en la derrota contra Boca, el domingo en el Monumental. Como si quisiera regalarse una gran despedida del club, fue D'Alessandro el titiritero. No necesitó entrar constantemente en el circuito, pero cuando lo hacía el juego de su equipo empezaba a fluir. Se asociaba con Moreira por derecha (así nació la acción del primer penal para su equipo), bajaba a conectar con Nacho Fernández e improvisaba, como cuando abrió las piernas con picardía para que la pelota le llegara a Alario en la jugada del segundo penal, tras el agarrón inocente de Gissi. Después, el almanaque le pasó factura por el esfuerzo, se cansó, bajó su nivel y salió, justo antes de la última remontada de su equipo.

Para Central, nada es igual si no tiene a Marco Ruben. Conjuga la capacidad de ser líder espiritual y también futbolístico del equipo, una doble virtud que escasea. Podrán ver los aprendices de delanteros una y otra vez el control exquisito que hizo el 9 antes de su gol. Hay que tener mucha jerarquía y mente fría para moverse así en el área. Fue vivo para detectar enseguida que lo que mejor podía hacer su equipo era bucear en la zona virgen de los jóvenes Martínez Quarta y Olivera. Ahí pescó, porque a Ruben le sobran recursos, y por eso es lo que es: el mejor atacante del fútbol argentino. Su castillo se desvaneció por darle un codazo a Martínez Quarta, un gesto impropio de alguien de su nivel.

La final tuvo también una cantidad de polémicas inusitadas. A esta altura, es parte constitutiva de cada partido de nuestro fútbol y que se hizo una costumbre en las dos últimas finales de la Copa Argentina. Y eso genera una carga nociva desde antes de que empiece a rodar la pelota. Patricio Loustau tuvo que decidir sobre no menos de cinco acciones decisivas solo en el primer tiempo. Y en esa locura, no siempre eligió bien con sus determinaciones. Tuvo en contra el comportamiento histérico de los futbolistas, listos para protestar incluso por el color de la tela del banderín del córner, si es que eso puede darles una mínima ventaja.

La final guardará para siempre ese ida y vuelta en el marcador: ganaba River, empate, ganaba Central, empate, ganaba Central, empate, ganaba River... Ganó River. Guardará también los errores clamorosos de Augusto Batalla, que falló en dos de los tres goles, quizás todavía afectado por su tarde negra contra Boca. Eso, aunque ahora parezca no importar, es una nota al pie para el futuro de su equipo. Guardará también la nueva noche mágica de Alario y la explosión de un apellido que con solo nombrarlo se liga a la historia del club: Alonso. El uruguayo, de 37 años, saltó desde el banco para terminar de torcer el rumbo.

Cuando pase la euforia por el título, el campeón empezará a disfrutar a mediano plazo; la vista al frente muestra una carta que llena de felicidad a sus hinchas: la Copa Libertadores, a la que volvieron a meterse en la noche inolvidable de Córdoba.

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