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Las alzas de tasas de la Fed soplan a favor de las políticas de Trump

Viernes 16 de diciembre de 2016 • 03:39
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PARA LA NACION
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La euforia postelectoral del mercado de valores se topó con la realidad cuando la Reserva Federal aumentó las tasas de interés e insinuó cuidadosamente que hay más por venir, especialmente si la economía recibe una dosis de estímulo fiscal.

¿Está el banco central de Estados Unidos en un curso de colisión con el presidente entrante Donald Trump ? Probablemente no.

Por lo menos durante los próximos uno o dos años, los intereses de Trump y de la presidenta de la Fed, Janet Yellen, estarán estrechamente alineados. Trump quiere mantener bajo el desempleo y acelerar el crecimiento económico y Yellen no tiene inconvenientes en privilegiar ambos objetivos a través del curso más dócil de alzas de tasas del que se tenga memoria, siempre y cuando la inflación se mantenga baja.

Históricamente han existido tensiones entre los presidentes de EE.UU. y los líderes de la Fed puesto que los primeros buscan un bajo desempleo a cualquier costo y los segundos priorizan la baja inflación. Hoy es diferente. La inflación ha estado persistentemente por debajo de la meta de 2% de la Fed y el banco central cree que la economía, tras experimentar cambios estructurales, no tolera una tasa de fondos federales -la tasa que los bancos se cobran por préstamos de un día- muy por encima de 3%. Estos dos factores son un poderoso incentivo para que Yellen privilegie una política monetaria expansiva, pese a sus costos.

La presidenta de la Fed es una firme creyente en la llamada curva de Phillips, que sostiene que si el desempleo cae por debajo de su "tasa natural", la escasez de mano de obra y de otros recursos elevará los salarios y los precios. Los funcionarios de la Fed estiman que esa tasa natural es de 4,8%. En noviembre, el desempleo cayó a 4,6%.

Sin embargo, el banco central estima que durante los próximos tres años la tasa de desempleo caerá todavía más, a un promedio de 4,5%. "Creemos que eso es apropiado porque queremos que la inflación ascienda a nuestro objetivo de 2% de manera oportuna", dijo Yellen luego del anuncio del aumento de la tasa de referencia.

La inesperada caída del desempleo en noviembre es una de las razones por las que varios funcionarios de la Fed proyectan tres aumentos de tasas el próximo año en lugar de dos. Tales revisiones hicieron caer las acciones y subir los rendimientos de los bonos el miércoles y el jueves.

Sin embargo, los cambios fueron triviales. Si se promedian las proyecciones de todos los funcionarios del organismo, la tasa de referencia llegará a fines del próximo año a 1,37%, ligeramente por encima del 1,31% que se estimaba en septiembre. La comparación resulta más reveladora contra marzo, cuando el promedio proyectado era de 2,04%. En otras palabras, pese al sólido desempeño del mercado laboral, la Fed se aferra a la visión de una nueva realidad de las tasas de interés: estarán mucho más bajas de lo que han estado históricamente por mucho más tiempo.

En este nuevo entorno, la Fed tiende a interpretar las malas noticias como una razón para aplazar el aumento de las tasas, pero no considera las buenas noticias como una razón para acelerarlo. Yellen reconoció que unos pocos funcionarios creen que las perspectivas de que Trump lleve a cabo un gran recorte de impuestos financiado por un mayor déficit fiscal y un aumento del gasto ameritan un incremento adicional de la tasa de interés el año próximo, pero ella no parece compartir esa opinión; primero quiere ver los detalles del plan de Trump.

Yellen también se inclina a permitir que la tasa de desempleo pruebe sus límites inferiores. Especuló en octubre que dejar que el desempleo se mantenga persistentemente por debajo de su tasa natural podría hacer que algunos trabajadores desalentados regresen a la fuerza laboral, pero el miércoles enfatizó que no permitirá que tal experimento empuje la inflación por encima de la meta de la Fed.

Un tema que podría ocasionar un conflicto con Trump es el dólar. La divisa estadounidense ha repuntado bruscamente desde las elecciones de noviembre gracias a las expectativas de un aumento de las tasas de interés. Eso puede ahondar el déficit comercial de EE.UU., una de las grandes preocupaciones de Trump.

Desde que el presidente Bill Clinton adoptó la política de no criticar públicamente a la Fed, los jefes del banco central han tenido en gran medida la libertad de establecer sus políticas sin preocuparse por lo que dirá la Casa Blanca. Sin embargo, los días en que los banqueros centrales estaban por encima del combate político han terminado. Durante la campaña, Trump acusó a Yellen de mantener las tasas bajas para ayudar al presidente Barack Obama, y la incluyó en un comercial que atacó a los banqueros multinacionales.

A muchos de los asesores del presidente electo les preocupa que las políticas de estímulo de los bancos centrales, desde la compra de bonos a las tasas de interés en cero o negativas, hayan hecho más mal que bien. "Si nos despertamos mañana y cada banco central en el mundo aumentó las tasas de interés en 300 puntos básicos, el mundo sería un lugar mejor", dijo hace unos meses Gary Cohn, ejecutivo del banco de inversión Goldman Sachs, que pronto asumirá como director del Consejo Económico Nacional de Trump.

No obstante, esas objeciones pueden tener poca incidencia práctica en los próximos años, ya que la Fed se está alejando de todos modos de la tasa cero. Y así como los ataques de campaña de Trump contra Obama no impidieron que los dos se entendieran después de las elecciones, la relación del gobierno de Trump con Yellen probablemente dependerá más del desempeño de ésta que de su afiliación política.

Al fin y al cabo, Cohn es un demócrata, y Steven Mnuchin, el elegido de Trump para secretario del Tesoro, dijo que Yellen ha realizado un "buen trabajo". Aunque Trump ha dicho que probablemente nombrará a un republicano cuando el mandato de Yellen expire a comienzos de 2018, es muy pronto para descartar la posibilidad de que vuelva a designarla en el puesto.

El mensaje implícito de Yellen es que hará lo que tenga que hacer, le guste a Trump o no. Hasta el momento, no hay mucho que el magnate tenga que criticar.

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