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Tatuajes: la ironía de una moda que se queda para siempre

"¿Qué significa?" es casi la peor pregunta para alguien tatuado; los dibujos ya no tienen la carga simbólica de antes

Sábado 17 de diciembre de 2016
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LA NACION
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Discreción femenina: una escena repetida en lo de la tatuadora Lucía Franzé
Discreción femenina: una escena repetida en lo de la tatuadora Lucía Franzé. Foto: Paula Salischiker

En 1991, dos turistas alemanes descubrieron una momia natural en los Alpes de Ötzal, cerca de la frontera entre Austria e Italia. La momia perteneció a un hombre que los investigadores llamaron Ötzi que murió aproximadamente en el 3300 antes de Cristo. Un detalle: el cuerpo de Ötzi presenta 61 tatuajes. Hasta la fecha, son los tatuajes más antiguos que conocemos. A lo largo de más de 5000 años la práctica del tatuaje ha resistido tantas resignificaciones y reapropiaciones como comer o vestirse, y todo eso sin estar conectada con ninguna necesidad biológica concreta como la nutrición o el abrigo.

Sin embargo, nunca antes tatuarse fue un hábito tan generalizado como lo es hoy en Occidente. ¿Qué significa tatuarse hoy? ¿Por qué lo hacemos? ¿A qué deseo oscuro o luminoso responde? Estudiosos, tatuadores y tatuados nos ayudan a pensar esas marcas que elegimos llevar en la piel.

Si alguna vez tu abuelo te dijo que los tatuajes son para los marineros y los presos, le podés contar que su prejuicio clasista tiene un origen fundado: "En la modernidad occidental, los tatuajes se reintroducen fundamentalmente a través de los marineros, que conocieron los tatuajes de los grupos tribales, sobre todo de Polinesia. Asimismo, comenzaron a ser practicados por los mismos prisioneros: si en la antigüedad los presos eran marcados por el poder con tatuajes que permitían distinguirlos, ahora serán los mismos prisioneros los que eligen tatuarse sus propios símbolos. Para Don Ed Hardy, reconocido tatuador e investigador, el tatuarse constituye un acto de afirmación sobre el propio cuerpo, pues permite experimentar «que este cuerpo es tuyo y que nadie puede controlar lo que haces con él, es una expresión de libertad»; de ahí su difusión en las cárceles, como un modo de resistir aquellos fuertes regímenes disciplinares a los que son sometidos los cuerpos", explica Silvia Citro, investigadora del CONICET y profesora Asociada de la UBA, donde coordina el Equipo de Antropología del Cuerpo y la Performance.

Algunos historiadores señalan un curioso y breve furor del tatuaje a fines del siglo XIX en la corte de Eduardo VII: sin embargo, se puede afirmar que recién en los 60 llega al mundo occidental el primer boom del tatuaje, con los hippies primero y con otras tribus urbanas después.

El segundo boom, en el que todavía vivimos, arranca en los Estados Unidos en los años 90 y de acuerdo con Ari Longo, tatuador y docente en la escuela Buena Vibra Tattoo, llega a la Argentina a principios de 2000. "En los 90 todavía había muy pocos locales. Hoy hay en cada galería, y no sólo en la Bond Street, en cada centro comercial urbano. Fue creciendo de la mano de gente que se interesó por tatuar y la gente que se acercó a tatuarse, también con el nacimiento de las escuelas. El tatuaje siempre fue un oficio muy egoísta, que se enseñaba de uno a uno y si sos mi amigo y si sos del palo y si yo lo decido, eso hoy cambió", cuenta Longo. Esta segunda oleada se caracteriza por la masificación del tatuaje, que ya no está confinado a los miembros de tribus urbanas con pretensiones de transgresión, a una clase social, y mucho menos a los varones: "Si bien no hay datos oficiales en Argentina, según ATARA (Asociación de Tatuadores y Afines de la República Argentina) se estima que unas 3000 personas se perforan o se tatúan por día, con gran demanda de público femenino", dice Citro, y Longo corrobora: "Se tatúan muchas más mujeres que hombres, aunque en general ellas se tatúan cosas más chicas".

Se piensa que los tatuajes que tenía Ötzi se hicieron con fines mágico-curativos; hace 40 años tatuarse todavía representaba una transgresión y una marca de pertenencia, pero con la masificación esos matices se han desdibujado mucho. ¿Por qué, entonces, nos tatuamos hoy? "Tengo muchos tatuajes: el nombre de mi primer novio, el escudo de Boca, el Cristo de Dalí, a Frida Kahlo, un Native American. Cuando me preguntan qué significan digo que son dibujos, que no son nada. Es una pregunta que suelen hacer los que no están tatuados o los que tienen miedo de elegir algo para siempre", dice Katrina, 32, politóloga. No está sola: el tatuaje hoy no es necesariamente algo muy meditado ni que apele siempre a símbolos emocionales o significados profundos. "Los tatuajes son hoy una de las tantas intervenciones estéticas que nos ofrece el mercado, como parte de una tendencia más general de autoconstruir la propia imagen y apariencia del cuerpo", aporta Citro.

"Muchos me cuentan por qué se quieren tatuar en el momento en que me contactan", cuenta Lucía Franzé, arquitecta y tatuadora. "Una chica vino una vez a tatuarse una frase de una canción que era la que la abuela cantaba antes de enfermarse de Alzheimer. El otro día subí a Facebook una acuarela de un pájaro y una chica que es bióloga justo estudió esa especie para su tesis, así que me pidió tatuársela. También salen mucho siluetas de mascotas, corazones, constelaciones o símbolos del zodíaco o palabras de autosuperación", ejemplifica. Reconoce que las motivaciones varían mucho con la edad. "Recibo chicas muy jovencitas con ideas con mucho contenido simbólico y me sorprende porque yo a su edad sólo quería tener un tatuaje, no me importaba cuál", se ríe.

En la última frase de Franzé aparece la idea de que el deseo de tatuarse puede no estar atado a un diseño en particular. Longo tiene una teoría al respecto: "El significado del tatuaje a veces es simbólico desde el diseño y a veces desde el hecho de tatuarse, el pincharte la piel para infringirte un dolor porque estás atravesando algún dolor en tu vida".

El dolor, entonces, no aparece en el tatuaje necesariamente como un "mal necesario" sino como una parte integral de la experiencia. Florencia, historiadora de 29, acuerda: "Tengo tres, y casi como algo inconsciente todos me los hice después de separarme. Como ir a cortarse o teñirse el pelo, buscando algo nuevo. No sé si me haría exactamente los mismos, pero no me arrepiento", dice.

Muchas historias de tatuajes no parecen involucrar dolores ni experiencias vitales: "Yo me hice un tatuaje porque me lo gané en Facebook. Fue una excusa buena, porque quería tatuarme pero no encontraba nada que tuviera «sentido»", cuenta Camilo, 31, docente. Mabue, librero de 30, se toma el asunto con humor y sin arrepentimientos, incluso aunque su tatuaje no le guste: "Me hice un ojo en la mano, horrible, a los 14 años caminando por la peatonal de Villa Gesell con mi primera noviecita. Sobre el tema del significado: me molesta que me pregunten qué significa. Nunca me haría algo que signifique algo, como que te apresa a una definición, ¿no?".

A medida que el tatuaje se masificó y perdió su carácter de contracultura, ¿se debilitó el sentido de la práctica? Nina Jablonsky, antropóloga de Penn State University y autora de Skin: A Natural History parece creer que sí: en un artículo de 2013 Jablonsky sostiene que como pasa con todas las modas, los jóvenes tenderán a abandonarla a medida que la adopten los viejos y la gente "poco cool". Mary Kosut, en cambio, doctora en sociología por la New School of Social Research, escribe en su artículo "An Ironic Fad: The Commodification and Consumption of Tattos" que el tatuaje es una moda irónica justamente porque es para siempre: esa permanencia es un incentivo para que, en lugar de sencillamente "pasar de moda", el tatuaje se resignifique a lo largo de los años. Lo que en algún momento fue un gesto transgresor hoy puede leerse como la marca de un momento o una decoración, tanto a nivel personal como a nivel social.

Citro también cree que el tatuaje como práctica encontró un lugar en la cultura popular actual: "Lo que hoy reclama el capitalismo contemporáneo es un cuerpo dinámico, veloz y mutable, que se corresponda con ese sujeto adaptable, flexible, dinámico, disponible para el cambio y la transformación, capaz de administrarse a sí mismo y de operar en redes siempre cambiantes. De ahí, tal vez, que esta capacidad de operar constantemente sobre el propio cuerpo moldeándolo y adaptándolo a nuestros supuestos deseos, ocupe hoy un lugar cada vez más central en nuestras vidas", explica. Así se entiende también que el tatuaje ya no se lea necesariamente como una protesta antisistema, y que incluso en muchos ámbitos laborales que en otra época no los hubieran admitido hoy no sean un problema; en algunos hasta pueden ser apreciados como signos de creatividad y una "mente abierta". Así como viene la mano tal vez mañana tu abuelo te sorprenda con una media manga, de esas que le parecían dignas de soldados, de marineros y de presidiarios.

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