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El poder imprevisible del fútbol, expuesto en 96 horas

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 18 de diciembre de 2016
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Marcelo Gallardo
Marcelo Gallardo. Foto: Archivo

Pocas veces ocurre, pero en un espacio de tiempo tan limitado como cuatro días hemos asistido a una nueva demostración del poder que tiene el fútbol dentro del campo de juego, más allá de los pizarrones y de lo preestablecido. Es un poder inigualable que contiene los mismos ingredientes de siempre: la imprevisibilidad y los miles de factores que escapan a cualquier planificación y deben solucionarse sobre la marcha. En definitiva, su carácter de juego.

El Superclásico del domingo pasado y la final de la Copa Argentina del jueves dejaron en evidencia que el trabajo de la semana tiene una injerencia para la preparación, pero que es el mismo partido el que va dando ciertas informaciones que no estaban en los cálculos de nadie. ¿Quién puede presuponer que un error va a condicionar mentalmente a un arquero para convertir en titubeos y miedos lo que antes era seguridad? ¿Quién puede imaginar que un futbolista al que nadie tenía en cuenta iba a ingresar y ser actor fundamental del partido?

Estos cuatro días, estos dos partidos, nos dejan unas cuantas enseñanzas. Por ejemplo, que aunque nuestra realidad necesite de certezas contundentes y uno mismo intente explicarlo todo con un toque de sabiduría, el fútbol puede descontrolarse en un momento, porque es un deporte desconcertante y no lineal. Sobre todo en la Argentina, donde la falta de tiempo y planificación a largo plazo multiplica esta característica.

Un partido de fútbol se gana o se pierde por mil razones, no sólo tácticas y estratégicas o por un cambio que efectúe el técnico. En este mundo tan volátil e instantáneo que vivimos, le atribuimos las victorias y las derrotas a las responsabilidades individuales, ignorando muchas veces los contextos y los abstractos. Existen infinitas cuestiones que pueden cruzarse o alinearse para que el hecho puntual de elegir un jugador con la idea de que aporte o solucione algo acabe dando –o no– el rendimiento esperado.

El entrenador, personificado estos días en Marcelo Gallardo , simboliza mejor que nadie el fútbol actual. Parece ser el dueño de todo, de los éxitos y de los tropiezos, y no es así. Por supuesto que puede achicar los márgenes de error o contribuir a la solución de un desperfecto durante el juego. Pero no puede ser que un día pierda un partido con un cambio y al siguiente lo gane por lo mismo. Sentenciar de esa forma, buscar absolutos, se convierte de ese modo en un ejercicio muy esquizofrénico.

Pero estas frenéticas 96 horas también expusieron con claridad las razones por las que el fútbol argentino es tan expulsivo. El desgaste emocional y el estrés son brutales, insoportables, y suele subestimarse el efecto que van produciendo en el cuerpo. No es casualidad que Martino haya dicho que se quería ir, que a Bielsa en su día se le acabara la energía, que Gallardo y Tevez lo estén pensando, que Coudet se marche…

En este medio, sólo el respaldo del éxito permanente asegura la tranquilidad, y esto es algo imposible. Las personas con grandes responsabilidades de liderazgo precisan serenidad para pensar, planificar y también para jugar. Pero si tu cabeza vive todo el tiempo en alto voltaje lo más probable es que te equivoques sin descubrir los motivos reales que te llevan al error. Hasta que esa cabeza acabe por reventar.

Hoy como nunca, además de convicciones futbolísticas, hay que tener una cobertura fenomenal para saber sobrellevar los malos tragos, los insultos, la responsabilidad por una derrota y también la carga de una culpabilidad que va más allá, como si se tratara de la traición a un sentimiento.

En este aspecto, resulta un error preocupante que muy a menudo se atribuya una caída a la falta de pasión, a que el jugador no siente lo que hace, entre otras cosas sin considerar que el rival que está enfrente siente exactamente lo mismo. Uno pierde, juega mal o no cumple los objetivos por razones estrictamente futbolísticas, ni siquiera por las del esfuerzo. De manera inconsciente, el deportista lo sabe. Pero el negocio desnaturaliza el juego y entonces el sentido de la competencia también se pierde.

Por todo esto, viene muy bien que cada tanto el fútbol nos sorprenda con partidos desconcertantes como los que hemos vivido en estos días. En definitiva, que nos recuerde que nunca dejó ni dejará de ser un juego.

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