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La "reperonización" de Quilmes: el dilema de un ex cocinero en un distrito crítico del conurbano

Martiniano Molina enfrentó muchas dificultades de gestión hasta que se fue acomodando; para ello incorporó segundas líneas de la administración anterior

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LA NACION
Domingo 18 de diciembre de 2016
La Matera es una de las de 80 villas y asentamientos de Quilmes
La Matera es una de las de 80 villas y asentamientos de Quilmes. Foto: Diego Spivacow / AFV
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"Sabíamos que Quilmes estaba devastado, pero ni bien asumí entendí que iba a enfrentar el caos durante toda mi gestión." Con esa frase abrió el fuego Martiniano Molina, intendente de Quilmes por Cambiemos, hace cuatro meses, cuando se entrevistó por primera vez con LA NACION. Tres semanas atrás volvió a hablar con este diario. Pero ahora se mostraba más seguro, como si hubiera encontrado la punta del ovillo. Esta vez, su primera frase fue otra: "Quienes comparten nuestros valores tienen las puertas abiertas". Hablaba del peronismo.

Quilmes expone como pocos distritos las contradicciones del sur del conurbano: tiene la mayor concentración de villas y asentamientos de la provincia, pero también algunos de los barrios más tradicionales al sur del Riachuelo. Sus habitantes en situación de marginalidad duplican el promedio bonaerense, pero el municipio no para de generar dirigentes peronistas con proyección nacional, que nunca dejan de enfrentarse en el pago chico. Quilmes también fue, sin buscarlo, epicentro de la última batalla electoral, cuando el kirchnerismo postuló a la gobernación a uno de sus hijos, Aníbal Fernández, y la oposición lo identificó con la suma de todos los males: corrupción, narcotráfico y triple crimen.

Como no sucedía desde 1983, el peronismo perdió todo lo que puso en juego. Daniel Scioli no llegó a la Presidencia, Fernández no pudo con la gobernación y Francisco "Barba" Gutiérrez, intendente desde 2007, fue derrotado por Molina, que hasta entonces había descollado en el handball, la cocina y la tevé, pero no conocía la gestión pública. Sí había mamado política en su casa, de la mano de su padre, Jorge Molina, un dirigente peronista que, paradójicamente, fue el primer concejal de la boleta del "Barba" en 2007. Más de una noche, en la casa de los Molina, Martiniano cocinó para Gutiérrez.

Por eso no debería sorprender que Cambiemos, en Quilmes, se esté peronizando. El proceso comenzó en las segundas y terceras líneas de la estructura municipal, donde los funcionarios que dejó el "Barba" fueron sacados del freezer y empezaron a recuperar tareas. "Están seduciendo a los compañeros", reconocen cerca de Gutiérrez, donde dicen haber "autorizado" a la tropa a "hacer méritos" ante Martiniano, porque eso significa "beneficiar a los vecinos". Niegan que los estén perdiendo.

Pero la "peronización" se hizo más evidente en la red de punteros de los barrios periféricos de Quilmes. "Necesitaban un hombre fuerte para Solano", proclamó sin tanta poesía Omar "el Nene" Majo, histórico puntero del PJ, cuando lo nombraron delegado municipal. Laura González aceptó el mismo cargo sin frases solemnes, pero su llegada a Cambiemos hizo más ruido: es la esposa de Ricardo "Oli" Argüello, primer concejal del "Barba" en 2011 y empresario de la noche con fama de pesado.

Cambiar de piel para los punteros del PJ es un reflejo innato: necesitan ser oficialistas para poder manejar recursos. Molina, por su parte, tampoco hace nada extraño: imita a María Eugenia Vidal en la provincia, gana gobernabilidad. Es lo que Emilio Monzó le pide a la Casa Rosada.

Algunos peronistas llegaron más alto. Como Leandro Díaz, referente del Movimiento 8 de Octubre, que asumió en la Dirección de Empleo y desde allí impulsa las denuncias contra el "Barba" por el manejo de las cooperativas. O Guillermo Galetto, que reemplazó al diputado radical Fernando Pérez en la Secretaría de Gobierno. Galetto creció en el PJ de la mano de Sergio Villordo, intendente hasta 2007, delfín y luego enemigo de Aníbal Fernández. Tras la salida de Pérez, los concejales de la UCR rompieron con el bloque de Cambiemos.

Algunos peronistas eran parte de Cambiemos desde antes de la elección, como el senador provincial Eduardo Schiavo, el ex intendente Federico Scarabino o José Luis "Yiyo" Fiezzi, conocido por proveer las carpas del kirchnerismo durante la pelea con el campo. Tampoco faltaron quienes, en silencio, ayudaron a Molina sólo por su bronca con el "Barba". Como el histórico cacique Ángel Abasto, mentor de Aníbal. O el propio Villordo. El padre de Molina tejió parte de esa red.

En los últimos meses, el peronismo originario de Cambiemos y la UCR perdieron espacios en la gestión, que fueron ganados por amigos del intendente, jóvenes empresarios quilmeños y funcionarios porteños. Pocos municipios cambiaron tantas veces sus funcionarios como Quilmes. "Tardó, pero ya tiene un gabinete de su entera confianza", dicen los aliados de Molina.

A la cabeza de ese equipo de incondicionales está su hermano, Tomás Molina, secretario general de la intendencia. Para Martiniano, su hermano es el "estratega", el que piensa el futuro de la ciudad. Para sus críticos, es el "monje negro", el hombre que controla cada centavo que pasa por el municipio.

La gestión

Salvo algunas estridencias, cuando LA NACION consultó a aliados, opositores y a vecinos de Quilmes sobre la gestión de Molina, el veredicto tuvo varias coincidencias. Quien mejor las sintetizó fue Jorge Villa, dirigente del GEN. "Se vive un mayor respeto por lo institucional, mejor diálogo político, pero la gestión no arranca. Recuerda en mucho al gobierno nacional", sentenció.

A Daniela Gallardo le prometieron una casa hace tres años; desde entonces vive con su hija en una casilla
A Daniela Gallardo le prometieron una casa hace tres años; desde entonces vive con su hija en una casilla. Foto: Diego Spivacow / AFV

En general, todos coinciden en que la gestión se ve en los "centros" de Quilmes, Bernal y Don Bosco, donde reside el votante de Pro. Principalmente, con el trabajo de bacheo, iluminación y la recuperación de plazas. En las periferias, las críticas aumentan notablemente. La tarea cultural y deportiva también es bien valorada, aunque se reconoce que fue la "mejor herencia" de Gutiérrez. En la calle, a Molina todavía lo felicitan por haber echado a los "ñoquis" del "Barba". Sin embargo, Quilmes casi no alteró su planta de personal elefantiásica, de unos 8000 empleados.

Hay otras mejoras: todos los funcionarios de Quilmes están obligados a presentar sus declaraciones juradas; los móviles municipales y camiones de basura son monitoreados en tiempo real, para evitar picardías, y los reclamos de los vecinos, geolocalizados, se procesan de manera automática.

Pero la verdadera apuesta de Molina es la obra pesada. Y no le faltan proyectos: finalizar tres pasos a nivel, urbanizar seis villas, levantar 3100 viviendas, extender las redes de agua y cloacas y crear un parque industrial para Pymes. Pero su plan más ambicioso es correr el "centro" de Quilmes hacia el Oeste: que el Metrobus convierta la avenida Calchaquí en la nueva columna vertebral del municipio, donde planea instalar la ciudad judicial, el centro de monitoreo de seguridad y un hospital integral.

Para disparar esos proyectos, Molina firmó convenios con Nación y provincia por 2200 millones de pesos, lo que lo convierte en uno de los intendentes más favorecidos del conurbano. Pero la plata "grande" todavía no llega. Como Macri y Vidal, el intendente cree que en marzo la obra pública estará activa en un 100%. Si sucede, toda esa tierra removida servirá, también, para apuntar la campaña electoral.

Nadie desconoce que el resultado de esa elección dependerá más de Macri que del intendente. No sólo porque Quilmes tiene un núcleo de votantes más atento al debate nacional que al local, sino porque la economía del país definirá el humor de los vecinos. "Si la situación no levanta, el kirchnerismo vuelve con todo", coinciden en el oficialismo y la oposición. Y es que, si sólo dependiera del PJ local, Molina tendría gran parte del camino allanado. Por un carisma que no tienen sus rivales, pero principalmente porque la derrota de 2015 profundizó la eterna división del peronismo quilmeño. Todos cargan una culpa y un culpable para sus males.

Gutiérrez sigue siendo el principal referente, pero el sector del kirchnerismo más identificado con Aníbal Fernández señala su gestión como la causa de la derrota. El "Barba" invierte la culpa: está convencido de que perdió por el corte de boleta contra Aníbal, que desapareció del distrito, al punto de que los suyos tuvieron que buscar otros refugios: Daniel Gurzi, el principal opositor local del "Barba", se integró a Miles, de Luis D'Elía.

La Cámpora también quedó dividida: un sector es liderado por Mayra Mendoza y otro por su ex pareja, José Ottavis, a través del ex concejal Roberto Gaudio. Los jóvenes K son acusados por el resto del peronismo de servirse de la lapicera de Cristina Kirchner para encaramarse en las boletas, pese a no tener poder territorial real.

El sciolismo, apadrinado por Eduardo Camaño pero motorizado por Alberto De Fazio, también busca resurgir, aunque su mirada sigue priorizando lo nacional. Todos los grupos, además, esperan un movimiento de Cristina. Miran de reojo a Florencio Randazzo, pero la ex presidenta es la única que evitaría una batalla descarnada en las PASO.

¿Y Aníbal? Hace mucho que no aparece por Quilmes. Tampoco quiso hablar para esta nota. "Ya no vivo en Quilmes ni me interesa", mandó a decir.

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