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Pesca artesanal: una actividad sustentable, familiar y muy riesgosa

La sobrepesca ilegal, la falta de controles y lo extremo de la actividad ponen en peligro el sustento de unos 200 pescadores en la provincia de Chubut

Sábado 24 de diciembre de 2016
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LA NACION
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Playa Larralde, CHUBUT.- Amaneció hace unos minutos, pero los preparativos llevan ya varias horas. Desde la noche anterior, Lucas del Río sólo le presta atención al pronóstico del viento que le indica que la salida debe ser a las 7. Los acompañantes tienen que estar listos a esa hora en la que comienza la ventana climática que les permitirá navegar y recoger vieiras, cholgas y almejas en las frías aguas del golfo San José, en la Península Valdés.

Promedia el mes de mayo y las temperaturas todavía son benévolas en estas latitudes, pero una buena ronda de mates es necesaria para afrontar la jornada que se prolongará hasta las 18. Sólo a esa hora la embarcación regresará con la carga completa: unos 50 cajones llenos de mariscos que un camión espera para llevar a la planta procesadora en Puerto Madryn, a unos 120 km de la playa.

Playa Larralde es un caserío en el istmo Florentino Ameghino, en Chubut. Un puñado de los 200 pescadores artesanales que viven de los recursos del mar en la provincia habita allí todo el año. No hay servicios instalados y un camión cisterna reparte diariamente el agua potable casa por casa.

Y aunque es una actividad milenaria, que incluso practicaban los habitantes originarios, hoy está en peligro: el agotamiento del recurso y la falta de controles a quienes pescan ilegalmente son una amenaza para estas familias que se sustentan gracias a la recolección de mariscos. A eso se suma lo extremo y lo peligroso de la actividad, realizada a decenas de metros de profundidad en las frías aguas del mar patagónico.

Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Julian Bongiovanni
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Julian Bongiovanni
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San Jose, en la Pen’nsula Valdes. Foto: LA NACION / Fernando Dvoskin
Pescadores artesanales de Madryn. Pescan en el golfo San José, en la Península Valdes.. Foto: LA NACION / Julian Bongiovanni

Los buzos no llevan tubos de oxígeno y en ocasiones violan las profundidades establecidas por la autoridad de aplicación, que en esta área son 12 metros y, si se suman las diferencias con las mareas, pueden llegar hasta los 20.

"Eso algunos años se puede respetar y otros no, porque esas normativas no son las que les dan de comer a nuestras familias", explica José Ascorti, presidente de la Asociación de Pescadores Artesanales de Puerto Madryn (APAPM), que ha recorrido el mundo y ha visto cómo muchos buzos sufren las consecuencias de no hacer una buena descompresión cuando vuelven a la superficie.

El representante de los pescadores se refiere al síndrome de descompresión, que está relacionado con la presión y con el oxígeno que recibe el cuerpo. Cuando hay un cambio muy brusco de presión el riesgo es que aparezcan unas burbujas en el cuerpo que pueden ser letales en el sistema sanguíneo.

"Los primeros síntomas empiezan con dolores en los codos y en los hombros; son dolores muy fuertes y no hay calmante que pueda aliviarlos. Se tapan las vías sanguíneas y no pasa el calmante. Pero si esa burbuja en vez de estancarse en una articulación sigue su viaje puede llegar al cerebro. Gracias a Dios nosotros no hemos tenido problemas tan graves", relata Ascorti.

También los animales, como lobos marinos o ballenas, pueden complicarles el día ya que, muchas veces jugando, se enredan las mangueras por donde pasa el oxígeno y arrastran al buzo que, para conseguir buena profundidad, lleva varios kilos de lastre.

Del Río es dueño de una embarcación mediana (7 metros de eslora) que sale a la pesca. Pone el transporte, el combustible y es el encargado de comercializar la pesca. A bordo van tres buzos que, conectados con una manguera a un compresor a gasoil que a veces falla, obtienen el oxígeno que les permite bucear en las profundidades del golfo de San José.

Lucas Del Río recoge los salabardos cargados y comienza a llenar los cajones; luego va separando la pesca de cada buzo
Lucas Del Río recoge los salabardos cargados y comienza a llenar los cajones; luego va separando la pesca de cada buzo. Foto: Julián Bongiovanni

Los salabardos

Cuando el viento y el clima lo hacen posible, el barco se interna en el golfo. En general el capitán sigue un plan de navegación hacia donde están los bancos más importantes de pesca. Al alcanzar las coordenadas, se tira el ancla, los buzos se sumergen cada uno con su salabardo (una bolsa de red donde se recoge lo que se pesca) y empiezan a recolectar manualmente todo tipo de mariscos, según la temporada.

Cuando la bolsa está llena, el buzo desde las profundidades lo ata a una cuerda para que el capitán lo levante, y desde abordo le envían otro salabardo vacío. Cada bolsa de vieiras pesa unos 30 kilos y en un buen día de pesca dos buzos llegan a sacar alrededor de 25 salabardos repletos.

"Cuando salimos al agua es porque lo tenemos vendido. Yo tengo permisos dentro del golfo para recolección por buceo y otro, que es recolección costera, que se practica en el verano y sacamos cornalitos, pejerrey y róbalos", cuenta Del Río, que vive los 365 días del año en Larralde, la playa de 300 metros que es su vida entera y desde donde, de cuando en cuando, también sale a bucear con lobos marinos.

Cada uno de los tripulantes del bote tiene una función, incluso en tierra. El chileno Antonio Álvarez es quien se encarga de meter la lancha en el agua. Uno, dos, tres; el cuarto es el intento en el que consigue encender un tractor gasolero que se sumergirá en el mar para depositar la embarcación. Con habilidad, Álvarez sortea los restos de la invasora alga undaria, un par de barquitos coloridos de madera y juega con el perro que lo acompaña hasta las primeras olas.

"Un día bueno de pesca nuestro depende del marisco que vamos a buscar, si hacemos vieiras, que es lo que más vale, cada buzo puede hacer unos 20 cajones", dice este chileno que llegó a la Argentina escapando de la dictadura de Pinochet. Según sus números, hoy por jornada le quedan entre 3000 y 4000 pesos, lo que significa el 35% de la ganancia de lo que obtuvo la embarcación.

"No se compara con lo que sacábamos en los 90. Yo venía, trabajaba tres meses y me quedaban libres entre 10.000 y 12.000 dólares. La actividad desaparece en un par de años; al no hacer el control [de la pesca ilegal] esto se va destruyendo cada vez más", analiza.

Mario Mateo, el tripulante más joven coincide: "El buceo marisquero es sacrificado, es muy duro. Hay años que tenemos muy buena pesca, que los días nos rinden mucho. Y otras épocas que no".

Por la escasez del recurso los buzos pueden pasar hasta ocho horas bajo el agua. "No trabajamos en el mes más de cinco días. Además de bucear soy pescador costero, redero y pulpero. Pulpeo con gancho, desde la costa", agrega Mateo que de esta forma puede completar un ingreso para vivir junto a su pareja, a pocos kilómetros, en El Riacho, otra de las playas del golfo San José.

Permisos

Sólo en el golfo San José, que baña las aguas de esta playa, hay 21 pescadores con permiso. Cada embarcación tiene que respetar una cuota. Hace 20 años, también por falta de plan de manejo, el recurso natural se había agotado por sobreexplotación. Los pescadores, sus familias y un grupo de científicos trabajan para que no se repita aquella pesadilla.

Un paraíso escondido
Un paraíso escondido. Foto: LA NACION

Los vestigios arqueológicos muestran que la pesca artesanal o a pequeña escala se practicaba en las costas patagónicas hace 5000 años. Los restos de peces y moluscos en los fogones son la prueba. Sin embargo, la oportunidad comercial apareció en los 70, cuando se produjo el colapso de un banco marisquero canadiense.

"La declinación en los desembarques de vieiras del Georges Bank, Canadá, durante fines de los 60 hizo que los intermediarios buscaran productos alternativos. Aprovechando esa oportunidad, muchas pesquerías de vieiras de pequeña escala surgieron en diferentes regiones, entre ellas la pesquería de vieira tehuelche con rastra en el golfo San Matías [que se conecta con el San José en el extremo norte de la península]", sostiene un paper escrito, entre otros autores, por José María Orensanz y Ana Parma. Luego de varios estudios y tras la intervención estatal en 1976, quedó prohibida la pesca que arrastraba todo lo que había en lecho marino. La recolección desde ese momento sería submarina y manual.

Ascorti es una de esas personas que le pone el cuerpo al trabajo y a los desafíos. Es una figura reconocida entre colegas de España y otros países de América, pero siente que no es profeta en su tierra. Desde hace dos años integra el cluster que busca que este tipo de pesca sea realmente sustentable.

"La situación está medio complicada por un tema de control y fiscalización. Estamos en un área conflictiva", advierte Ascorti.

"Si bien se hizo el plan de manejo en el año 1998, en el que participamos como asociación, no se hizo una revisión. Y no hay una decisión política de revisarlo", agrega el representante de los pescadores y cuenta que para poder cerrar el ciclo productivo abrieron su propia planta procesadora de pescados y mariscos.

Como en toda actividad artesanal y con poco apoyo, las mayores ganancias las tenían las bocas de expendio. Con la planta mejoraron no sólo la trazabilidad del producto, sino los ingresos.

"La pesca artesanal en Península Valdés tiene tres sectores: uno es el de los marisqueros, otro es el de los recolectores de costa y otro, el de los rederos. Los tres tienen lo que se llama un sistema de entrada limitada. La actividad es artesanal, familiar y el pescador tienen que estar involucrado directamente en la actividad", indica Ana Parma, investigadora del Cenpat, licenciada en Biología de la Universidad de La Plata, que obtuvo su doctorado en la Universidad de Washington, en Seattle, Estados Unidos.

En la península hay cuatro grupos de pescadores en el golfo San José y uno, en el golfo Nuevo, en Puerto Pirámides y pueden realizar su actividad hasta 12 millas de la costa, según lo establece la Subsecretaría de Pesca de la provincia del Chubut. Hace dos años se conformó un cluster para fortalecer la actividad.

"El cluster viene a solucionar algunos problemas estructurales que presenta la pesca. Es un proceso participativo y a muchos les cuesta escuchar al otro, entonces a veces queda la sensación de que perdimos el tiempo y eso deja algunas heridas. Pero a pesar de que muchas veces nos sentimos frustrados, seguimos avanzando", reflexiona Inés Elías, coordinadora del cluster conformado por autoridades gubernamentales, científicos y pescadores.

Los buzos bajan hasta el lecho marino para recoger los mariscos; están conectados con una manguera a un compresor
Los buzos bajan hasta el lecho marino para recoger los mariscos; están conectados con una manguera a un compresor. Foto: Fernando Dvoskin

Precisamente la Feria de Semana Santa, que este año cumplió su 13» edición, es una de las expresiones de esta lucha comunitaria. La feria ya tiene su lugar en la sede del Club Social y Deportivo Madryn, a pasos del muelle al que llegan los cruceros. Durante cuatro días se puede conseguir allí paella, escabeches y mariscos y pescados frescos.

Luis De Francesco es la voz de la experiencia. Y es quien ha conseguido convertir la actividad en un círculo virtuoso. Junto a toda su familia, la original y la ampliada, pesca, bucea, congela y prepara los mariscos que luego vende en un restaurante y en una pescadería.

"Yo arranqué en el año 89 con mi hermano pescando de costa, pejerrey, cornalitos, róbalos y en esos años fue duro porque dependíamos de pocos meses de pesca en el verano. Buscando una alternativa, como para poder cerrar un año completo de trabajo, apareció la marisquería donde me animé a subirme a una lancha", dice De Francesco.

Paella

De Francesco es famoso en Puerto Madryn porque prepara una paella para 300 personas en Semana Santa. "Tengo 52 años y sigo buceando porque siento que se me acomodan los huesos", dice y muestra en su casa el equipo con el que sale desde la playa Fracaso, también en el San José. "Es importante tener un buen equipo porque se bucea en pleno invierno y la temperatura del agua baja hasta 9 grados", agrega.

Desde 2005, este buzo reconvertido en empresario gastronómico mantiene el restaurante. Tiene cinco hijos y cuatro de ellos lo acompañan en el mundo submarino. El más chico, Agustín, es el que promete ser universitario, según el padre. Todos desean que la pesca no decaiga.

Este año fue el debut de Del Río en la feria. En una pelopincho gigante cargada con agua marina sumerge su pesca que ofrece directo al consumidor. "Lo que mejor se vende es la vieira. Es lo que más ganancia nos da", cuenta este hombre robusto que hace apenas 48 horas peleaba con las olas cuerpo a cuerpo para levantar los salabardos repletos de mariscos.

En la Península Valdés hay unos 200 pescadores artesanales con historias parecidas. Todos apuestan a que la actividad, que practican cuando el viento patagónico se los permite, no decaiga. Apuestan también al trabajo comunitario y a la feria. No tienen mucho tiempo para perder. Mañana sólo habrá cinco horas para bucear en las profundidades y llevar comida a la mesa familiar. Tienen que tener todo preparado.

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