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Inundaciones: es complicada la situación en Pergamino, Areco y Arrecifes

Los vecinos se apuran a levantar todo lo que pueden sobre mesas y cajones; Buscan bolsas de arena para las puertas y prevén un plan de contingencia

Lunes 26 de diciembre de 2016 • 17:47
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LA NACION

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SAN ANTONIO DE ARECO.- El peor de los pronósticos. Así vive por estas horas la gente de Areco la crecida de ríos y arroyos de la zona, a causa de la fuerte tormenta que cayó esta madrugada en la región y que inundó también distintas zonas de Pergamino y de Arrecifes. Cuando el agua que obligó a evacuar a más de 200 familias en Pergamino y a cortar la ruta 9 empiece a bajar, la historia repetida tal vez se vuelva a contar aquí. Los vecinos, sobre todo los que tienen sus casas en las afueras del casco urbano, cerca de la ruta, miran con preocupación el nivel del agua, que ya cubre el pasto y está al nivel de la superficie en la mayoría de los campos; es evidente que la tierra ya no tiene capacidad de absorber más. El agua se mueve y eso significa, explican, que está bajando. Que viene corriendo. Cuando los arroyos y ríos reciban la carga del agua que inunda las otras ciudades de la región, el agua entrará a las casas.

Por eso, por estas horas, los vecinos se apuran a levantar todo lo que pueden sobre mesas y cajones. Buscan bolsas de arena para las puertas y prevén un plan de contingencia. Por momentos, el cielo despejado los hace ilusionar. Pero cuando se pone negro, temen que la pesadilla que vivieron en 2015 se vuelva a repetir.

Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia

Esta mañana, cuando Miguel Angel Maldonado, el parrillero del Rancho del Tata, se levantó, se encontró con que el agua ya estaba adentro del restaurante. Fue como haberse despertado un año y medio atrás. Otra vez, esta parrilla que se levanta al borde de la ruta 8, a la altura del kilómetro 133, estaba tapada por agua. "Hoy no abrimos", advierte Maldonado cuando alguien se acerca, como si faltara explicación. No hay cómo llegar hasta allí sin atravesar una pileta de un metro y medio de agua. La pelea del día será salvar lo que se pueda del agua y preparase para el próximo round, cuando baje el agua que se acumula en Pergamino y Arrecife.

"Es una desgracia. Esta mañana, llegué y el agua ya estaba dentro. Allá, a la altura de la zanja, hay más de un metro y medio de agua. Todos los años vivimos la misma historia", se lamenta el hombre. Ni se anima a cuantificar las pérdidas de la última inundación. "Se llevó todo y nos dejó una mugre que tardamos meses el poder sacar", dice. Hoy, el agua lo sorprendió apenas salió de su casa, a pocos metros del restaurante. Aunque todavía no entró a la casa, sabe que es cuestión de horas. Por eso subió todo lo que pudo: llevó cajones de gaseosa y levantó toda su casa a unos 60 centímetros al nivel del piso. "Si sube más que eso, no sé", dice.

Amenaza latente

El panorama de casas convertidas en un jenga de muebles, pertenencias y hasta el arbolito de Navidad ante la amenaza de nuevas inundaciones se repite en las viviendas de la zona.

Raúl Kussmann, de 56 años, padre de dos hijos, es uno de los vecinos de la zona que esperan el agua lo más preparados posible. "Por mi casa no se suele inundar, pero uno siempre toma recaudos", cuenta. La sorpresa se la llevó esta mañana cuando fue a trabajar, como sereno de una empresa de maquinarias agroindustriales, muy cerca de la parrilla El Rancho del Tata. El agua cubría la mitad de las máquinas, y él no pudo ingresar. "Esperemos que no llueva cuando venga la crecida, porque si no no sabemos cómo vamos a terminar", dice.

Avanzar por la ruta 8 hacia Pergamino es meterse en un panorama cada vez más oscuro. Hay campos anegados, los arroyos desbordados y el río Arrecifes, completamente fuera de cauce. Las obras para convertir la ruta en una autopista doble mano complican el cuadro de situación, ya que el terraplén que se elevó para construirla dificulta el escurrimiento del agua.

Y cuando, pasadas las 14.30, otra vez empieza a llover, la gente se prepara para revivir aquella pesadilla.

Una Navidad arruinada

Juan Pizarro, sus hijas y sus nietos todavía estaban festejando la Navidad cuando el rumor que andaba en el pueblo se hizo creíble. No era sólo el pronóstico. Era una amenaza. Iba a llover y en serio. Otra vez. Para no alarmar a los suyos, Juan se puso en pie a eso de las 20, y mientras la familia comía lo último que había quedado del lechón, buscó las llaves del auto y lo llevó a la casa de su hija, en la parte alta de la ciudad. Después hizo lo mismo con las dos motos. "Qué haces, Juan?", le preguntó la mujer. "Va a llover feo", le dijo. Sus palabras significaron el final abrupto se los festejos de Navidad. No se había equivocado. Durante la noche el agua no paró de caer. Unos 200 milímetros, dicen. Lo suficiente como para que los Pizarro no pegaran un ojo en toda la noche. Ni ellos ni sus perritas Tuqui y Chiara. Esa noche nadie durmió.

Pero la crecida llego entre las 8 y las 8.30. Aunque habían tomado los recaudos de levantar las cosas a un metro de altura, el agua superó la expectativa y se metió hasta un metro y medio de altura. "Más que en febrero último, mas que en agosto de 2015, casi tanto como en 2007, más o menos a la altura de 1995", cuenta Juan, y no hace falta más para entender que esta es una historia repetida.

"Justo había cambiado la mesada de la cocina. Quise tener todo lindo para festejar Navidad. Que bronca. Las cosas van y vienen. Pero cuando son tu cosas, esas que hiciste con tanto amor y esfuerzo, duelen más", dice entre lágrimas.

Juan vive a unas tres cuadras del arroyo que divide Pergamino en dos. Ese que se desbordó y le cambio la cara a la ciudad.

En distintas zonas de la ciudad se ven los desbastadores efectos de la crecida. Hay más de 200 familias evacuadas y toda la ciudad está sin luz. Explican que la crecida del arroyo rompió una compuerta y que se inundó un transformador de alta tensión y que por eso, casi todos los barrios están sin luz.

El pico de la crecida se esperaba para esta tarde, aunque el cielo, que finalmente se despejó prometía una tregua.

Los vecinos improvisaba sistemas para medir si el agua estaba creciendo o bajando. Una señora traía la buena noticia a los inundados que esperaban al borde del agua. Decía que su vecino que es ingeniero había medido y que el agua ya no estaba creciendo a un ritmo de 8 cm por hora sino que había subido 8 cm en cuatro horas.

Los chicos de Pergamino, ajenos a la desgracia de la inundación, aprovechaban para meterse a esas piletas que se habían instalado en las calles e improvisaban un carnaval en las orillas.

Las hijas de María Gómez, lo vivieron distinto. Ellas sufrieron en carne propia el miedo a la crecida durante toda la noche. Cuando amaneció, estaban ahí esperando la crecida, que llegó poco después y se llevó su ropa y sus cosas. Elizabeth, de siete años, lloraba. La llevaron a la casa de una tía. Le preguntaba a su mamá por qué otra vez. Y la mama no sabia qué responder.

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