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Dilma Rousseff se victimiza

Martes 27 de diciembre de 2016

En una reciente visita a nuestro país, la cuestionada ex presidenta de Brasil Dilma Rousseff adoptó una muy poco creíble actitud al victimizarse.

En efecto, la actitud de quien terminó su mandato destituida constitucionalmente el 31 de agosto último se asemeja a la asumida por nuestra propia ex presidenta Cristina Kirchner, quien está cerrando el año asediada por una larga serie de investigaciones judiciales en materia de corrupción, y se victimiza de modo nada creíble ante pruebas que la incriminan en sumarios que lejos están de constituir una persecución política como ella argumenta.

Ambas ex presidentas sumieron a sus pueblos en una profunda recesión que paralizó la actividad económica. Por dos años consecutivos, la economía del país vecino se contrajo a un ritmo fuerte, por lo cual le caben las responsabilidades por lo sucedido, aunque procure desviar la atención.

La profunda recesión brasileña fue, sin duda, consecuencia directa de sus enormes desaciertos y de la natural falta de confianza que ella misma generó, capaz de espantar a la inversión privada. A ellos se sumó la peor y más profunda y extendida ola de corrupción pública de toda la historia de Brasil, fenómeno que ya ha acumulado nada menos que cinco diferentes acusaciones judiciales que apuntan, todas ellas, contra el también ex presidente de Brasil Lula da Silva. Esto es, contra el propio líder del Partido de los Trabajadores, facción a la que también Rousseff pertenece.

Ella esgrime que fue tan sólo una sorprendida e inocente víctima de un supuesto "golpe institucional" que, según ella, habría sido perpetrado por las fuerzas políticas de la oposición y por los medios más importantes de su país. No ha sido así. Fue, en todo caso, víctima de sus propios desaciertos, de la corrupción sistémica que propició y que cobijó. Blanco también de la seducción del fallecido Hugo Chávez, alcanzó una cercanía relativamente silenciosa con los fracasados gobiernos "bolivarianos" de la región. Naturalmente quedó apresada también por su propia ambición política.

Ahora alimenta lastimosamente charlatanerías políticas que ya hemos denunciado desde estas columnas, como la del norteamericano Noam Chomsky o la de nuestro vernáculo Diego Maradona, dos de sus fervientes defensores en ámbitos por demás disímiles.

Apena que Rousseff recurra a lo que hemos llamado "daltonismo político", construido para procurar distorsionar la verdad de lo sucedido con el fin de justificar engañosamente las razones de su justa destitución. La incapacidad para leer objetivamente una realidad que se impone con meridiana claridad, sólo puede predisponer a nuevos dislates. Cuando quien transitó por la cima del poder no fue capaz de reconocer la importancia de trascender los intereses personales para trabajar por el bien común, es muy probable que no pueda quitar los ojos de su propio ombligo y sólo pueda victimizarse a la hora de hacer el propio balance.

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