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Se debe honrar en cada acto a Guastella y a Camardón

Jorge Búsico

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PARA LA NACION
Jueves 29 de diciembre de 2016
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Alberto Camardón y Angel Guastella, El Cabo y Papuchi, fueron los guías de aquel seleccionado argentino que en 1965 inmortalizó a los Pumas. Los dos nacieron en 1931 y murieron en este 2016 que ya se va. Estos son los títulos, pero lo más importante, como siempre, es el contenido. Y es ahí donde las figuras de Camardón y Guastella adquieren una dimensión que debe seguir siendo un faro para el rugby nacional. Ambos predicaron el juego adonde se los llamó; han sido maestros de varias generaciones de jugadores, muchos de los cuales llegaron a los Pumas, y, especialmente, cultivaron el espíritu del rugby, dando sin nada a cambio, pero llevándose ese enorme y único tesoro que son los amigos y el agradecimiento. Jugaron, entrenaron, arbitraron y dirigieron. Enseñaron y lo hicieron con el ejemplo. Afortunadamente, el rugby argentino todavía tiene muchas personas que siguen esa línea. No son tan conocidos, pero es fácil ubicarlos en cada club, cada sábado o cada domingo por la mañana. Camardón y Guastella fueron próceres de este deporte, pero aquí existen héroes anónimos que le dan vida a este juego de tres tiempos.

Que los Pumas del 65 se hayan quedado huérfanos machaca un 2016 muy duro para el rugby argentino, al cual ningún hecho puede ponerse por encima de las graves lesiones cervicales consecutivas que sufrieron tres jugadores. No hay nada que festejar cuando se está ante una realidad de esa magnitud, y cualquier otro balance es mínimo cuando está en juego la vida de un chico practicando este deporte.

El 2017 que comenzará en pocas horas dará las primeras señales acerca de si lo de 2016 fue producto de la llamada "crisis de crecimiento". Este año, el del debut del profesionalismo liso y llano en el país, trajo muchas más dudas que certezas y, lo que es más preocupante, no muestra desde el reducido sector de poder ninguna intención de corregir o sanar lo que no funcionó en esta temporada.

Más allá de los resultados, que por cierto no fueron tan favorables pero que tampoco se los puede tomar como absoluto parámetro porque siempre responden a más de una lógica, el rugby argentino se ha descompensado más entre su sector profesional (que no es más de un 15% del total) y el amateur, o el de clubes, por llamarlo mejor. Se siguen respondiendo a consignas falsas ("el dinero lo produce el profesionalismo", como si los que nutren al profesionalismo nacieran de un repollo) y a modelos de súper competencias por encima del rugby de desarrollo. Las políticas apuntan, hasta aquí, a una minoría.

La elección no unánime del nuevo consejo de la URBA, la salida intempestiva del CEO de la UAR Greg Peters (anunciada a las 21.30 del 23 de diciembre.), el viaje del Consejo de la UAR a Londres para el test con Australia mientras hay Uniones y clubes con apremios económicos, el inicio del Nacional de Clubes con equipos de Buenos Aires de gira por Nueva Zelanda (Hindú, CUBA, Newman, Regatas), las idas y vueltas con el URBA Top 12 y la presencia cada vez más invasiva del dinero son partes del rompecabezas con las que el rugby argentino cierra 2016. También, en cambio, hubo un importante crecimiento del llamado rugby social (inclusivo, solidario, en las cárceles), y la UAR tomó medidas acertadas, como, por ejemplo, con el scrum.

Hombres como Ángel Guastella y Alberto Camardón dejaron la vara muy alta. El rugby debe honrarlos en cada acto.

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