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Después del futuro sólo podrá venir más futuro

El mundo en el que vivirán nuestros hijos será tan diferente del de nuestra infancia como aquél lo fue respecto de la Roma de los Césares

Sábado 31 de diciembre de 2016 • 00:00
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Es raro publicar esta columna el último día del año. De hecho, no recuerdo que tal cosa haya ocurrido antes. Y es raro porque, de algún modo, estos artículos deben, por fuerza, estar mirando siempre 20 minutos en el futuro. No sólo porque a quienes nos dedicamos a esta forma de periodismo el progreso nos fascina, sino también porque estamos viviendo en una era en la que el concepto de avance técnico adoptó formas y ritmos inéditos en la historia humana.

Hoy, en las vísperas de un nuevo año, me gustaría reflexionar sobre lo que significan estos avances más allá de la mera novedad tecno de la semana.

Uno de los impactos más fuertes de la digitalización recaerá sobre el empleo (o a favor del empleo, depende de qué decisiones tomemos). Muchos hemos advertido sobre esto muchas veces antes, pero el discurso político no hace sino insistir en una lógica que huele a naftalina. Donald Trump debería erigir un muro en torno del Silicon Valley, no en la frontera con México, si quiere preservar puestos de trabajo. Debería iniciar su propia Jihad Butleriana, en lugar de ir contra los inmigrantes. Los robots, los bots, los coches autónomos y la inteligencia artificial han dejado de ser temas de la ciencia ficción. Están aquí, ahora, este fin de año, y cada semana asumen nuevas posiciones en compañías pequeñas, medianas y grandes.

No sólo las ideologías tradicionales pierden asidero cuando los trabajadores son robots y las cosas se vuelven inteligentes, sino que además ese discurso termina enredado en una alternativa de hierro. Una nación que no explote la inteligencia artificial y la robótica perderá competitividad de forma catastrófica. Sería, en términos relativos, como un país que, en el siglo XIX, hubiera decidido rechazar la máquina de vapor, la electricidad y los motores de combustión interna. Así que podrá sonar políticamente correcto e ideológicamente comprometido, pero en la cuenta final terminará afectando a más personas.

Demonizar los avances ha sido siempre el primer paso para tomar decisiones equivocadas; ensalzarlos sin ninguna clase de mirada crítica, el segundo.

El camino alternativo a la demonización y la idolatría es el conocimiento. Si se entiende de forma cabal y profunda la naturaleza del progreso técnico en cuestión (la máquina de vapor o Internet, da lo mismo), es posible tomar decisiones a tiempo para que jueguen a favor del ser humano. Hoy, por ejemplo, es posible trabajar a distancia, y toda distancia es nula en un mundo interconectado. Este factor –uno entre cientos– es como la electricidad o los automóviles. Lo cambia todo.

Priorizar, sentir, aprender

La educación que impartimos, especialmente en la escuela primaria, tampoco ha cambiado sustancialmente. Celebro que las autoridades poco a poco vayan comprendiendo que la programación es una nueva forma de lectoescritura, y entiendo también que les haya llevado tanto tiempo verlo. Pasaron siglos entre la Biblia en 42 líneas y la alfabetización universal.

Pero la programación no alcanza por sí sola. De la misma forma que no alcanza con enseñar a leer y escribir y hacer aritmética básica, en el mundo que se viene tampoco será suficiente con entender qué es y cómo funciona el código.

Por ejemplo, no existe una disciplina que enseñe a priorizar. Y resulta que es una de las destrezas más críticas y complejas que existen, una que requiere no sólo un algoritmo ingenioso, sino empatía con los otros; no sólo de capacidad de cómputo, sino también de auto consciencia. Veo a diario personas que encuentran dificultades para crear una lista de prioridades adecuada en tiempo récord. Lógico. No nos enseñaron eso en la escuela.

La forma en que expresamos nuestras emociones y el modo en que interpretamos e incorporamos las emociones de los demás tampoco figuran, en general, en los programas de estudio, y resulta que los trabajos que las máquinas no podrán ejercer, al menos en el mediano plazo, tienen que ver con las emociones, con ponerse en el lugar del otro, con el afecto como cura, como terapia; tienen que ver con la intuición, la creatividad artística. Todo eso que la máquina sigue sin poder procesar.

Tercero, pero de ninguna manera la lista acaba aquí, los cambios requieren que el adulto esté en condiciones de volver a estudiar y adaptarse a nuevas herramientas, entornos y dinámicas muchas veces en su vida laboral. Necesitamos enseñar a aprender y a preguntar. Sonará a delirio, ¿pero por qué no basamos los exámenes del secundario y la universidad no ya en que el alumno responda, sino en que haga preguntas inteligentes? Después de todo, para preguntar primero hay que saber. Es una inquietud que tengo desde la época en que iba a la facultad, hace más de 30 años.

La primera (ciber)guerra mundial

Otro asunto que debería estar en la cima de la agenda política: la ciberseguridad. Las fronteras, los secretos de Estado, militares e industriales, los comicios y cada vez más los servicios públicos y, por lo dicho antes, casi toda industria son vulnerables a ataques informáticos de forma remota, silenciosa y potencialmente desastrosa. Este año vimos no sólo DDoS monstruosos, en el orden del billón de bits por segundo, sino que asistimos a una noticia que sería distópica, si no fuera real: las elecciones en Estados Unidos fueron hackeadas, según ese país, por Rusia. Anteayer, 35 diplomáticos rusos fueron expulsados de Estados Unidos. Vladimir Putin prometió represalias. Suena como las primeras líneas de una novela de ciencia ficción, sólo que salió en los diarios.

La esencia del mundo físico que nos rodea está cambiando sin que lo notemos, y ahora es posible acceder a electrodomésticos, routers, luminarias y miles de cosas más de forma remota e intervenirlas, casi siempre con fines lesivos.

Como ocurrió en otros momentos bisagra de la historia, el poder está cambiando de manos. Es urgente comprender esto. Los brujos animistas fueron perdiendo autoridad porque aparecieron nuevas tecnologías, como la agricultura. Con la magia no alcanzaba para establecer calendarios de siembra, entender los mecanismos climáticos y predecir las crecidas de los ríos.

La clase política nació porque Gutenberg inventó una forma de comunicar ideas que era impermeable al control. La misma invención condujo a la revolución industrial. Y está aconteciendo ahora otra vez. En todos los casos, el que pierde poder hace lo imposible por conservarlo. Pero el proceso es irreversible.

No hay retorno

La tecnología es un factor multiplicador del avance tecnológico. Esto significa que los cambios no van a detenerse un día de estos para que podamos volver a vivir en el manso y predecible mundo de los ‘50, los ‘60, los ‘70. El estado actual va a acentuarse y va a durar milenios. La humanidad va a experimentar transformaciones muy profundas en este nuevo ciclo, como ocurrió en los anteriores. La enorme urbe romana de los Césares habría resultado casi alienígena para los humanos que habían partido del Este de África 500 siglos antes.

De nuevo, hay aquí una alternativa de hierro: la única forma en que los avances se detengan es a causa de algún cataclismo global. Así que, si hacemos las cosas bien, ya no vamos a volver a vivir en un mundo predecible.

Sin embargo, la queja contra la locura de los avances técnicos está en todas partes y, lo que es muchísimo más grave, proviene de voceros autorizados y formadores de opinión; algunos, inmensamente poderosos. Lamento dar malas noticias, en serio, pero olvídense, los cambios no van a detenerse, el futuro no va a poder volver a pronosticarse. De hecho, podría incluso diseñarse una función que muestre que la cantidad de años hacia adelante que es posible anticipar es inversamente proporcional al progreso científico y técnico de una sociedad.

Dicho más sencillo, cuando éramos cazadores recolectores el futuro era seguir cazando y recolectando para siempre. Alcanzó con que a alguien se le ocurriera la agricultura para que la el horizonte visible se redujera significativamente. Hoy, la cantidad de futuro previsible se reduce a unas pocas semanas. No exagero. Es imposible saber si dentro de 15 días un equipo de científicos en algún laboratorio acaso encuentre un nuevo material que nos permita ahorrar 10 veces la electricidad que consumimos. Ocurrió con los LED brillantes, casi de la noche a la mañana, y hoy están en todas partes, desde las marquesinas hasta los coches y las bicicletas, un invento de 1839.

Podría seguir hasta la hora del chin chin, pero tenemos que ir preparando los festejos de esta noche. Por mi parte, brindaré por los míos y por la vida, que estuve a punto de perder hace muchos años y eso me enseñó que el solo hecho de estar aquí es motivo sobrado para celebrar. Pero también brindaré para que nos demos cuenta de que cuando den las 12 no sólo estaremos viviendo los primeros segundos de 2017. También estaremos viviendo, como desde hace muchos fines de año, en un mundo completamente nuevo.

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