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La brisa neoyorquina llegó a José Ignacio

Sábado 31 de diciembre de 2016
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LA NACION
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JOSÉ IGNACIO.-A mediados de diciembre, después de diez horas de avión de Nueva York a Buenos Aires, buscar el auto, Buquebus a Montevideo y unas tres horas más hasta llegar aquí, finalmente bajamos las valijas y corrimos a la playa. Lo primero que vimos fue la costa con padres e hijos? jugando al béisbol. Cerca, unos adolescentes disputaban un partido de ultimate frisbee, un deporte que consiste en irse pasando el disco hasta una meta, muy popular en el Central Park cuando brilla el sol. Luego, cuando llegó una prima que quería clases de yoga, fuimos al estudio local, fuera del cual había una pila con las revistas de lujo gratuitas que se distribuyen en los comercios de? los Hamptons. La mayor parte de las clases se dictaban, nos enteramos, directamente en inglés. Que, de hecho, tenía todo el sentido del mundo porque es la sucursal de un estudio en Bridgehampton. Y porque esos días todo José Ignacio parece devenir un pedazo de Manhattan (y, como dirían allí, priced accordingly, o con precios que lo reflejan). Antes de las Fiestas aquí hubo turistas suizos, suecos, franceses y españoles, pero lo que parecía una abrumadora mayoría eran familias de neoyorquinos con hijos. Este fenómeno viene dándose todos los años, pero es cada vez más intenso. Hubo una fiesta a la puesta del sol el 21 pasado (tempranísimo en la temporada, para el estándar local) en La Susanita, un club de playa nuevo sobre la Mansa. Entre las caipis, era impresionante la cantidad de invitados que suspiraban en el idioma de Shakespeare -o más bien, el de Woody Allen, Martin Scorsese o los Ramones- y que pocos días después estarían de regreso en la nieve y el caos de tráfico alrededor de la Trump Tower. Pero lo curioso es que, en los neoyorquinos mismos, ya empieza a haber sentimientos encontrados respecto de esta popularidad del balneario.

Una amiga de Nueva York me contaba de gente de la escuela de sus hijos que había empezado a venir hace varios años y que, de regreso en Manhattan, se mandaba la parte sobre este destino, a tal punto que hicieron cumpleaños infantiles temáticos de José Ignacio. Pero ahora, cuando se encontraban por la playa o los restaurantes con otros neoyorquinos que los reconocían, era evidente que no estaban demasiado felices de compartir su lugar en el mundo. Sin llegar a estos extremos, hay otras formas en las cuales los "nuevos" y los "viejos" norteamericanos del balneario se van diferenciando. Por ejemplo en Pierre's, un restaurante francés ultracool de los Hamptons, los últimos años hubo un postre llamado "Le volcán de José Ignacio". Para mostrarse como veterano de estas costas eran de rigor comentarios como que estaba claro que estaban rellenos de caramel, no del verdadero dulce de leche rioplatense. Y luego está el tema de la gigantesca imagen de Donald Trump en su edificio homónimo en el camino de la Punta hacia aquí.

En cuando a los deportes, si el fulbito playero y el tejo algún día reemplazarán al béisbol y el frisbee entre quienes vienen del gran país del Norte está por verse. Pero si sigue la tendencia de los veteranos tratando de distinguirse de los recién llegados, todo parecería ir en esa dirección.

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