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John Berger, un escritor entre la tierra y las palabras

Adiós al autor de Puerca tierra y Modos de ver

Domingo 08 de enero de 2017
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LA NACION
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John Berger. Foto: Ulf Andersen/AFP
John Berger. Foto: Ulf Andersen/AFP.

Algunos autores se prestan a los malentendidos perfectos. La semana última, por ejemplo, el periódico alemán Die Zeit despidió a John Berger (1924-2017) con un término que pasaba por error: lo definió como artista. Un primer golpe de vista al artículo parecía sugerir que se trataba de un pintor o dibujante clave. Al escritor, inglés aunque apátrida vocacional, le hubiera gustado que esa fascinación quedara en primer plano. A fin de cuentas se había iniciado como artista plástico, una actividad que nunca abandonó por completo y que se refleja en casi todos los rincones de sus libros, donde lo pictórico siempre encuentra una solución para lo que se cuenta. Berger era conocido no por sus cuadros, sino por sus novelas, sus ensayos, sus libros de crítica de arte. Fue prolífico, pero siempre se sintió restringido en el mundo incorpóreo de las palabras. La escritura era, antes que una afinidad electiva, una decantación insoslayable.

Berger fue, si se quiere, muchos. En 1972 escandalizó a los tradicionalistas con una serie televisiva sobre arte (Modos de ver, de la BBC, que pasó también a libro). La serie se iniciaba con la supuesta mutilación de un cuadro de Botticelli, del que se cortaba y extraía la figura que representaba a Venus. Ese mismo año, el crítico y divulgador recibió por su novela G una de las primeras ediciones del Booker Prize. Berger, que era parte de la New Left inglesa y abrevaba en el marxismo, se permitió una segunda provocación. Se puso a investigar y dijo haber descubierto que la empresa que financiaba el galardón se había enriquecido en el Caribe con el esclavismo. Donó entonces el dinero a las Panteras Negras británicas.

Lo altisonante del rechazo no veló la originalidad de esa historia (Pepe Bianco la tradujo casi de inmediato para Sudamericana) que seguía los pasos de un gélido donjuán en los albores y comienzos de la Primera Guerra Mundial y su tímida concientización política.

G, además, contiene varias digresiones que explican tempranamente el equívoco vínculo de Berger -que por entonces ya había escrito novelas como Un pintor de hoy (1958) y varios ensayos sobre arte- con la narrativa. En uno de los apartes que puntean la trama, el narrador indica que algunos lo acusan de recargar su escritura de metáforas y símiles. Para eso, dice, hay una razón: lo sorprende lo que hay en todo de único y de particular. "Tengo poco sentido del transcurso del tiempo. Las relaciones que percibo entre las cosas tienden a formar en mi mente un complejo modelo sincrónico." De ahí que lo espacial importara más que el tiempo, que donde la mayoría veía capítulos él viera "campos". Se consideraba un escritor espacial, no un escritor cronológico. "No quisiera ser un prisionero de lo nominal, que piensa que las cosas únicamente son lo que su nombre indica", afirmaba el omnisciente narrador de G.

A mediados de los años setenta -después de probar con Alain Tanner, entre otros modos de escritura, el guión cinematográfico-, Berger tomó la decisión más contundente de su vida: se instaló a vivir en Quincy, un pueblito campesino de la Alta Saboya, cerca de la frontera con Suiza. Durante décadas, año a año, el escritor participó de los rituales de la vida rural, desde la siembra y las cosechas hasta la limpieza de los pozos, siguiendo, como todos sus vecinos, la rueda de las estaciones.

Esa inmersión en un modo de vida que la experiencia contemporánea buscaba olvidar, si no aplastar, resultaría en una obra a contracorriente, Puerca tierra (1979). Más tarde, para formar una trilogía, se sumarían Una vez en Europa (1987) y Lila y Flag (1990). Esos relatos (sólo el último volumen es una novela) eran un canto terroso y material a un mundo que se negaba a entrar en extinción. No prevalecía la nostalgia ni el lamento, sin embargo. Puerca tierra, en particular, retrata el modo de vida rural con una precisión económica que no escapa a la leyenda, la imaginación y la brutalidad (como prueba el inolvidable "Las tres vidas de Lucie Cabrol").

Esa trilogía (De sus fatigas fue su título general) estableció un nuevo tono para la prosa de Berger, que fluyó en libros donde coincidían arte, memoria y ensayo, a los que se agregaron algunas pocas novelas más. Hacia la boda (1995) amplió el paisaje rural de manera dinámica: en ella, los miembros de una familia se dirigen desde distintos lugares, en una especie de road movie familiar, al punto donde tendrá lugar el casamiento de una muchacha. La novela aporta como tema urgente el VIH. En King (2000), detectando las primeras señales de los movimientos antiglobalización, se detiene, en cambio, en la historia de un sin techo.

En una vuelta de siglo que delataba las fisuras del fin de la historia, la obra de Berger empezó a ser frecuentada, aquí y allá, por la emoción sin mediaciones. El radicalismo de los comienzos no mutó por completo, pero cedió a unos cuantos brochazos de ambigua nostalgia humanista. En la solapa de Un pintor de hoy, una editorial española afirma que su característica más reconocible como escritor era, además de la lucidez, la "ternura". La última palabra, con la que se puede asociar al Berger tardío, es injusta si se toma la obra en su conjunto. No eran "tiernos" sus mejores libros. No lo era G ni Puerca tierra. No había ternezas en Un hombre afortunado (1967), que narraba la muy real y trágica vida de un médico de provincias con una prosa tan clínica que resultaba conmovedora. Un escritor que vale la pena, en todo caso, sabe escapar con maestría a cualquier definición rigurosa o fórmula sentimental. En el artista Berger, la materialidad y la contemplación, la sensibilidad y la inteligencia dan forma a libros únicos, espaciales como un cuadro minucioso.

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