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Once años, 3 meses y 21 días

La crisis de la computadora personal resumida en un merecido obituario

LA NACION
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Ariel Torres
Sábado 07 de enero de 2017
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Respeto desde hace años una venerable tradición navideña. Entre la Nochebuena y el 25 de diciembre siempre se me rompe algo. La variedad es escalofriante, y llego a esas fechas con el corazón en la boca. Entre los incidentes más graves que han quedado en mi memoria están la falla completa de la cerradura de la puerta del garaje (con el auto adentro) y el quebranto del mecanismo de un toldo rebatible, que había sido instalado en la década del '70 y que, sinceramente, podría haber aguardado un par de semanas para fallar, ¿cierto? Digo, no es fácil conseguir una reparación en Navidad.

En fin, en esta extraña turbulencia de la Matrix se me han roto toda clase de cosas, desde bachas, desagües y luminarias hasta microondas y licuadoras. Nunca, sin embargo, había fallado una de mis computadoras. Pero todo llega.

En las vísperas de esta Navidad estaba, como siempre, temiendo que fallaran la caldera, el freezer o el refrigerador (toco madera), cuando el Linux de la máquina que usamos para ver cine y oír música pidió instalar unas actualizaciones y, luego de un rato, hubo que reiniciar el equipo. Cosa que hice. No lo sabía en el preciso instante de darle clic a Reiniciar, pero ése iba a ser el último acto en la vida de la más longeva de todas las computadoras que han pasado por mis manos en un cuarto de siglo.

Dicho simple, la pantalla de arranque nunca más volvió a aparecer. Apliqué las dos o tres medidas razonables (apagar, resetear, apretar Ctrl-Alt-Supr varias veces) y nada. Nada de nada. Hice un último intento con el botoncito de Reset, que esta vez se hundió, vencido, dentro del gabinete. "Bueno, creo que cumpliste, maquinita", le dije, y la apagué para siempre. Ese equipo había estado operando 24 horas por día durante 11 años, tres meses y 21 días. Grosso modo, había entregado 99.000 horas de servicio. Un milagro, o casi.

Para aquellos que siguen esta columna desde hace muchos años, esto significa que mi Pentium 4 a 3 GigaHertz ha pasado a la historia. Dada su foja de servicios, merece un obituario y algún análisis, que expondrá una de las razones del eclipse que sufren hoy las computadoras personales, un deterioro que afecta no sólo a un sector de la industria, sino también, como se verá, al público.

Un último favorcito

Increíble como pueda sonar, durante estos 11 años, 3 meses y 21 días sólo le cambié, a esta máquina, la fuente de alimentación, en dos ocasiones; la última, en 2014, cuando le puse una Thermaltake. Por supuesto, fui actualizando los discos. El original era de 200 gigabytes (GB). Hoy está con 2 terabytes (TB; es decir, 10 veces más), más uno de 250 GB para el sistema operativo.

Pero el gabinete, el motherboard -con toda su vasta y compleja electrónica-, las memorias (1 GB) y el microprocesador (y su ventilador, dato no menor) seguían siendo los originales. En junio de 2007, una flamante Core 2 Duo reemplazó al veterano equipo, que pasó a jugar en el banco (me sacó las papas del fuego en varias ocasiones) y, más tarde, como centro de medios. Se ponía al rojo vivo, cierto, pero soportó el esfuerzo durante años, hasta que la Core 2 Duo la relevó de esa tarea y le encomendé la más descansada misión de servidor de backup.

Pero en una imprevista vuelta del destino, hace unos seis meses, la Core 2 Duo se puso caprichosa y, sin tiempo para diagnósticos, la estibé en el estudio y volví a poner la granítica Pentium 4 en su lugar. Hasta la noche anterior a que tirara la toalla, habíamos estado viendo películas en Netflix.

Ahora, ambas máquinas estaban fuera de combate y, cuando vi los dos gabinetes arrumbados en mi estudio, se me prendió la lamparita. Los raros síntomas que había exhibido la Core 2 Duo podían asociarse con problemas de alimentación, con una fuente inestable. Algo lógico, porque tenía la misma desde 2007.

Después de todo -pensé-, esta Pentium 4 podría ofrecer todavía un servicio postrero.

Pero limpito

Exacto, sería una pena descartar esa Thermaltake casi nueva, y no costaba nada hacer la prueba. Bueno, es una forma de decir.

No sé si alguna vez desarmaron una computadora. Es una de las tareas más mugrientas que existen. Se entiende. Una PC es, grosso modo, una aspiradora que funciona 24 horas por día. Son casi 9000 horas por año de inhalar el polvo del ambiente, normalmente apoyadas en el suelo. Como resultado, se acumula en su interior suciedad al por mayor, y en todos lados. En ventiladores, placas, slots, cables, rejillas de ventilación, discos, todo, absolutamente todo está cubierto por un polvillo casi grasoso, coloidal e incisivo.

De modo que me puse ropa de fajina, coloqué ambas máquinas en el piso y empecé a desarmar. Quince minutos después, cuando ya ofrecía el aspecto de un deshollinador, tenía los dos discos de 1 TB y el de 250 GB, las fuentes y varias placas ordenadas junto a los gabinetes. Y media hora más tarde había armado la Core 2 Duo con su nueva fuente y los tres discos, lista para probar mi teoría.

El primer arranque de la resucitada Core 2 Duo no fue auspicioso. La pantalla no mostró nada y el testigo de los discos duros parpadeaba rítmicamente. Había dejado el gabinete abierto, por supuesto, y descubrí que el cable del disco de arranque se había aflojado; mala idea, los conectores SATA, y demasiados cables dentro de estas máquinas.

Ordené un poco, ajusté el enchufecito y ahí arrancó sin problemas. Linux -un Lubuntu- levantó en 30 segundos y el equipo de cine estaba en línea otra vez. Con 2 GB de RAM disponibles, reemplacé el Lubuntu por un Ubuntu 16.10 de 64 bits y, un par de horas y 300 megabytes de actualizaciones después, teníamos de nuevo películas y música a 42 pulgadas, sin restricciones de almacenamiento ni corralitos propietarios, además de mi estudio MIDI y algunas cositas más.

Los síntomas extravagantes que había mostrado esa máquina -discos que desaparecían, cuelgues inexplicables- no se han presentado de nuevo desde entonces (toco madera II). En todo caso, también la Core 2 Duo es un prodigio de longevidad. En junio cumplirá una década, lo que en este negocio equivale a una era. Si mi mascota fuera un tiranosaurio no habría mayor diferencia.

Cuando termine con algunos compromisos mucho más urgentes, me debo una actualización general de hardware, pero eso es lo de menos. Hay algo más detrás de la historia de esta máquina que quiso ser como Matusalén (y que, en términos informáticos, lo logró).

Así no hay escala que valga

Está fuera de discusión: que mi P4 a 3,0 GHz haya durado más de 11 años es algo extraordinario. Pero significa que hace más de una década, cuando los teléfonos celulares tenían tapita y sólo servían para hablar y mandar SMS, cuando no había 3G (llegó en 2007), cuando todavía no sabíamos que existía Facebook y no había nacido Twitter, en esos tiempos remotos pude comprar (por el valor de un iPhone 7 tope de gama) suficiente poder de cómputo para tirar 11 años; hoy pretenden que cambiemos el teléfono cada 12 o 18 meses.

Dicho más simple: para una serie de tareas (servidor de backup, centro de medios, estudio MIDI) no necesité volver a invertir en tecnología durante más de una década. Sólo puse al día el espacio de disco. Con un 1 GB de RAM (mi celular tiene 3,5 veces más) y un chip de un núcleo (mi teléfono tiene 8), esa esforzada máquina se daba todavía el lujo de largas maratones de Black Mirror, jornadas enteras de música en MP3 y en Spotify, y varias películas en DVD sin respiro. Y a diario me servía como estudio MIDI para despuntar el vicio del piano. Todo, sin pestañear.

Por supuesto, fui cambiando mi computadora principal, donde hago edición de video y sonido o diseño 3D, pero echaremos de menos la robusta P4 a 3,0 GHz. Nos ayudó a ahorrar unos 4000 dólares en hardware.

La de la PC fue una época de oro en la que los usuarios contábamos con plataformas modulares de arquitectura abierta y poder de cómputo de propósito general a montones y a precios accesibles. Pero para una industria que se basa en la economía de escala, el que una máquina funcione durante 11 años es muy malo.

La PC sigue existiendo, es esencial para un número de actividades y no podemos prescindir de ellas; lo veo a diario en los equipos que usan los muchachos que editan los videos de LN+. Pero la curva del avance en la capacidad de cómputo accesible para uso doméstico se ha ido aplanando lentamente. Y dudo mucho que sólo sea culpa de la ley de Moore.

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