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Fiestas en Punta del Este: mitos y verdades de la "Ibiza latinoamericana"

Locaciones diferentes y nuevos códigos; cómo impactan las redes sociales y cuánto salen los eventos más exclusivos

Martes 10 de enero de 2017 • 19:39
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LA NACION
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Los veraneantes en Punta del Este deben saber esto: sus amigos piensan que están de fiesta de manera permanente. La noche esteña se ha popularizado tanto a nivel global, que resulta casi imposible librarse de ese mito. Hay razones sólidas para entender este fenómeno: sólo en la noche de Año Nuevo hubo al menos siete megafiestas en toda la ciudad. Hay boliches abiertos de lunes a lunes. Hay bares sin límite horario. Y sobra arena y campo como locación para fiestas privadas que, es cierto, se multiplican cada noche.

El despliegue de producción que se vio en el arranque de esta temporada de verano indica que el público dispuesto a divertirse está intacto. El costo de levantar eventos grandes (de más de mil personas) es alto: se calcula entre 30 y 50 mil dólares por una locación, conseguir los permisos implica una alta suma de impuestos y requisitos de habilitación (un 22% de cada entrada se lo lleva la DGI y un 16,4% la Asociación de Autores, 100 dólares por cada efectivo de seguridad de los que se necesitan 100 y 100 dólares cada baño químico, ambulancias, bomberos, entre otras exigencias), ambientación, luces, artistas, invitados, presskit, fotógrafos y producción audiovisual representan un total de cerca de 150 mil dólares como inversión para generar una fiesta digna. Es que la vara está muy alta: las fiestas en Punta son premium y el consumidor ostenta un paladar digno de sommelier.

Cómo son las fiestas en Punta del Este
Cómo son las fiestas en Punta del Este. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

Salir de noche es igualmente costoso. Si en Ibiza el boliche más emblemático cobra alrededor de 30 dólares y el evento más convocante 40, Punta exige bolsillos más abultados: las fiestas electrónicas cuestan entre 60 y 100 dólares, los boliches más conocidos superan los 50, y los festivales de música, entre 30 y 50.

El ocaso de la mega rave

Noche en Punta del Este
Noche en Punta del Este. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

Hubo tiempos en los que la aspiración de la juventud esteña era acceder a una fiesta renombrada, donde la música electrónica golpeaba fuerte y parecía no tener fin: los megaeventos de fin de año del empresario canadiense JP Bailey, donde uno podía cruzarse con Ronnie Wood o alguna supermodelo europea, las fiestas de Laith Pharaon (hijo del magnate saudí Gaith Pharaon) en su imponente chacra La Noor, donde se dejaron ver celebrities como Bar Refaeli o Isa Goulart, la fiesta de blanco que otrora convocaba cerca de mil personas, e incluso el PESF (Punta del Este Summer Festival), que en sus primeras ediciones superaba las 10 mil personas.

Hoy todo eso es parte del pasado, o al menos se ha matizado de manera contundente. Los veraneantes ya no se dejan atrapar por el "deber ser" nocturno que viene asociado al mote de "Ibiza latinoamericana" con que se bautizó a Punta del Este. La respuesta es una tendencia a la diversión al aire libre, a la búsqueda de la belleza, de un entorno confortable y agradable, con amigos. "Se busca que el lugar también convoque. El restaurante La Caracola en José Ignacio, la Fundación Achugarry, los viñedos de Finca Narbona, la casa de piedra de Rincón del Indio, Casapueblo o el restaurante de playa La Susana, todos tienen ese plus de naturaleza y arquitectura, que crean la experiencia desde el lugar", explican Phil Deroy y Gaby Prada, de Socialité PR, que este verano estuvo a cargo de la comunicación de algunos de los eventos más exitosos.

Música al atardecer
Música al atardecer. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

En los últimos años, pero este 2017 con más fuerza, se hizo evidente un corrimiento de la movida hacia el atardecer: el sunset se instaló como concepto de fiesta relajada, y son muchos los que prefieren esa salida vespertina, que puede terminar a la medianoche o, como tarde, a las 2 de la madrugada. "Preferimos el after beach, una fiesta al atardecer, ir a lugares relajados en vez de al boliche", dice Valentina, de 22, que vino con su familia pero tiene muchas amigas acá. Esta temporada las grandes apuestas y novedades estuvieron dirigidas a este público: Corona Sunsets arrancó a mediados de diciembre con el montaje de un predio en la arena: 400 personas durante casi 20 días trabajaron para crear un ambiente de festival ideal para un destino de playa, y que tomó como estandarte el control del impacto ambiental: cuatro días después del evento, la playa quedó mejor que antes. Que la fiesta sea ecofriendly fue un plus para que la voz se corriera y se agotaran rápido las entradas. Se bailó desde las 17 hasta la medianoche. Y eso fue la salida de viernes de gran parte de las 3500 personas que se dieron cita.

Los íconos de las mega raves también tuvieron que adaptarse a estos cambios: Laith Pharaon cortó por lo sano, y lejos de su chacra, celebró su fiesta para unos pocos invitados exclusivos (Valeria Mazza y Alejandro Gravier, entre ellos) en La Caracola, el restaurante que se ubica en una isla camino a la Laguna Garzón. Un amigo íntimo ofició de DJ espontáneo: nada más ni nada menos que el famoso productor musical y padre de grandes hits de la música house Erick Morillo. El PESF también se modificó: contra las seis mil personas que bailaron al ritmo de las hermanas Nervo el verano pasado, este año el festival fue en una carpa ambientada en el bosque, para 3000 personas. "Buscamos hacer algo más exclusivo, con artística electrónica. Creemos que el cliente que está en el Este quiere más fiesta que festival de música. Es una cuestión social no tanto un consumo melómano. Hacemos una fiesta más social que se amplifica mucho vía redes sociales. Es mucho mayor lo que pasa por afuera que lo que pasa en el evento en sí. Van 3000 personas pero la repercusión hace que el evento llegue a un millón y medio", explica Raquel Haymes, gerenta de comunicaciones de Movistar.

Foodtrucks para combinar música y alta gastronomía en el festival Highlights
Foodtrucks para combinar música y alta gastronomía en el festival Highlights. Foto: LA NACION / Sebastián Rodeiro

La productora de grandes fiestas Unlock buscó los mejores entornos para coincidir con esta tendencia: Casapueblo y el Parque de Esculturas (Fundación Achugarry), al atardecer, Narbona a la noche. Al concepto de fiesta le sumó locaciones bellas, buena gastronomía y relax. El festival Highlights, que tuvo lugar el fin de semana pasado, convocó cerca de 1500 personas a una tarde de música, yoga, juegos para chicos y feria con los mejores foodtrucks. A la caída del sol, Jorge Drexler cantó sus éxitos para un público que yacía plácidamente en el pasto. "No nos interesa cumplir con la obligación de 'salir de fiesta'. Elegimos hacer lo que nos gusta, y Punta del Este es tan lindo que hay que disfrutarlo", aclara José, desde la puerta de La Casita, en Manantiales, un lugar que se inauguró este año y que engloba a la perfección todo este debate: se trata de una casa que funciona como tienda de decoración y arte durante el día, y de noche ubica mesas en un patio precioso para todo el que quiera sentarse. La barra está abierta, hay buena música, y no se paga entrada. El objetivo es reunirse, ver amigos, mirar el cielo estrellado cuando las nubes lo permitan y disfrutar sin más presiones.

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