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Cuba enfrenta la encrucijada de un futuro incierto

A la isla le resultará difícil tomar del modelo occidental sólo el mercado y descartar las libertades políticas

Loris Zanatta

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PARA LA NACION
Miércoles 11 de enero de 2017
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BOLONIA.- ¿Qué pasará en Cuba ahora que ha muerto Fidel Castro? Al hacer predicciones sobre Cuba se han quemado muchos y la respuesta correcta hasta el momento ha sido solamente una: nada. Con Fidel Castro o sin él, Cuba no va a cambiar. A lo mejor hará unos pocos ajustes al maquillaje, como los que su hermano Raúl ha estado haciendo desde hace algún tiempo. Fidel lo dijo durante toda su vida: "Las ideas de un hombre pueden desaparecer con él -solía decir-; lo que jamás puede ocurrir es que las ideas encarnadas en el alma y en el corazón de un pueblo mueran". A la sobriedad prefería el énfasis apocalíptico, se sabe, y tenía una discreta opinión de sí mismo, suficiente para no dudar un instante de ser una misma cosa con el pueblo cubano; y ¡ay de aquel que lo contradijera!

¿Quién sabe si será así ahora que Fidel ha muerto? Después de todo, hacía tiempo que había dejado el poder y no se ve por qué su desaparición debería crear temblores. Al mismo tiempo es inevitable que la muerte de un líder así, un fundador de religiones más que un jefe político, un rey más que un presidente, abra escenarios impredecibles. Puede ser que funcione el famoso dicho: muerto un papa, se hace otro; y Cuba tiene ya su nuevo papa, apenas menos viejo que el anterior. Pero también puede ser que al desaparecer quien fue santo o demonio, se destape la olla a punto de hervir. Ahora que no existe más el riesgo de incurrir en su ira y su carisma, podría crearse espacio una nueva generación de dirigentes; ahora que una sociedad civil más robusta e independiente crece como resultado de la apertura económica, su voz podría desafiar el miedo. De hecho, hace mucho que el régimen cubano sobrevive sin grandes metas, aparte de la de perpetuarse.

Sobre el futuro de Cuba pende una palabra: transición. Pero es una palabra de la que el régimen cubano no quiere oír hablar. Hay algo cómico o cínico en esto. "No volveremos al capitalismo", truena Raúl Castro. Sin embargo, es evidente que es justamente por la vía capitalista ya tomada por China y Vietnam como busca conducir a Cuba, después de que el estatismo sumió en la pobreza a uno de los países más prósperos de América latina. "No volveremos a la democracia", debería decir, al ser obvio su miedo a que la apertura del país saque de las manos del partido el timón de mando. Del odiado modelo occidental, Castro quiere aprovechar el mercado que produce riqueza esquivando las libertades individuales y el pluralismo político que impondrían límites a su poder. Y si algunos no están de acuerdo, que se las arreglen: seguirán siendo llamados gusanos; sobre ellos cae implacable la represión. "Nadie ha sido torturado en Cuba", gritaba Fidel, ovacionado por sus devotos. Mientras tanto, "el pueblo enardecido" movilizado por el régimen cumplía "actos de repudio" contra quienes se atrevieran a discrepar: golpizas, humillaciones, acosos en estilo fascista contra gente indefensa; actos que nunca merecieron la condena de muchos famosos militantes de los derechos humanos.

Si la transición es un tabú, es lógico pensar que sólo queden las alternativas extremas: el colapso o el statu quo. El primero parece poco probable, por ahora. Sin embargo el mundo se mueve rápido en torno a Cuba, y la inacción es imposible. Cuba no es Vietnam: pertenece al mundo occidental, es parte de su historia; le resultará difícil tomar el mercado y descartar las libertades. El pleno retorno de Cuba en la comunidad de América latina, por ejemplo, se diría un triunfo de Castro: cedieron, habrán pensado en La Habana, nos aceptaron como somos. Pero esta inclusión hará cada vez más estridente la anomalía cubana en un área que converge hacia la democracia, donde nadie ha pensado o podido emular el sistema de partido único. Si hasta hoy no se ha percibido ningún cambio hacia el régimen cubano, se debe a que en América latina han prevalecido gobiernos que simpatizaban con él. Pero la situación está cambiando: el chavismo agoniza y el triunfo de gobiernos insensibles a la fascinación de Castro amenaza con reducir la tolerancia hacia su régimen no democrático.

Claro que el régimen cubano tiene raíces profundas y potentes herramientas. El partido y el aparato de seguridad en torno al cual orbita la sociedad de la isla no muestran grietas. Las palancas de las que depende la vida de los cubanos permanecen en su mano: el trabajo, la vivienda, la escuela, la salud, la alimentación, la información. La red de organizaciones de masas que enmarca a todos los cubanos cumple con eficacia y sin ninguna piedad su función totalitaria: incluye los leales, expulsa a los disidentes. La fuga de la isla ofrece finalmente al régimen una valiosa válvula de seguridad. Pero, más allá de estos factores, hay dos salvavidas que a Raúl Castro le permitirían dar aliento al régimen. Uno se encuentra en el Vaticano y es el papa Francisco; el otro se llama Donald Trump y pronto entrará en la Casa Blanca. ¿En qué sentido? Trump ya ha expresado intenciones bélicas. Dice que quiere terminar el deshielo con Cuba porque no facilitó ninguna liberalización. Trump, en síntesis, quiere causar el colapso del régimen volviendo a la fórmula que siempre fracasó; como los presidentes que antes de él se estrellaron contra la misma roca, parece incapaz de comprender que los ataques de Estados Unidos cimentaron la trinidad castrista: líder, nación, pueblo.

Veremos si Trump querrá o podrá concretar sus intenciones. De hacerlo, probablemente inhibiría los cambios en Cuba. No sólo eso: rompería el hilo del deshielo que ha acercado a los Estados Unidos y la Santa Sede. Peor: obligaría a América latina a salir en defensa de su hermano atacado y la privaría así de los argumentos para exigirle apertura. El Papa se encontraría entonces ante el escenario que mejor se ajusta a su visión del mundo: la confrontación entre el Occidente secular y la identidad cristiana de América latina, que en Cuba considera haberse mantenido más intacta por su aislamiento de la contaminación occidental. Cuba y su régimen se presentarían una vez más como símbolos y como víctimas: un papel que no se merecen y que los ha salvado muchas veces. Para los Estados Unidos sería un rotundo gol en contra; para Castro, un soplo gigante de oxígeno; para la democracia y para la libertad, un luto más.

Por suerte, sin embargo, la historia no está escrita; está por escribirse. Todo está atado y bien atado, solía decir Francisco Franco en vista de su muerte. Todo estaba tan atado que cuando murió, España inició la transición a la democracia. Cuándo y cómo esto sucederá en Cuba, si es que sucede, no se sabe. El propio Fidel había asegurado: "No vamos a ser gobernantes eternos", antes de gobernar toda su vida. Pero la impresión es que la brecha entre una isla que ya cambió mucho bajo el impulso de la apertura al mundo y su sistema anacrónico que organiza como un cuartel a la sociedad entera se ha vuelto un abismo. La pregunta es si va a evolucionar o a caer. Porque nada es eterno: no lo fue Fidel Castro, no lo va a ser su sistema.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

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