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Apología de la desconexión

Volverse invisible como nueva utopía. Mientras celulares y redes sociales imponen la presión de la conexión permanente, se multiplica el activismo de la tecno-independencia, una nueva configuración de la privacidad en la sociedad digital

Domingo 15 de enero de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Pablo Harymbat

En los papeles, el plan era simple. Hoy diríamos "quirúrgico": sólo debía entrar, dispararle a Guillermo de Orange y desaparecer. Pero la suerte no acompañó a Juan de Jáuregui aquel día de 1582. Con sólo veinte años, ese tímido vizcaíno había sido convencido por su jefe, el comerciante Gaspar de Añastro, y por 2877 coronas proporcionadas por el rey español Felipe II, de asesinar en Amberes al conde de Nassau, alias el Taciturno, descrito como la "peste del conjunto de la cristiandad y un enemigo de la humanidad".

Como todo fanático religioso, el joven estaba convencido no sólo de que con su proeza se ganaría el cielo. También creía, alentado por su patrón y los amuletos que le había proporcionado -cruces y velas verdes-, que se volvería invisible inmediatamente después, y así escaparía con facilidad.

El domingo 18 de marzo de aquel año, a la salida de un comedor, Jáuregui abordó a Guillermo de Orange. Sacó su pistola y apuntó al medio de la cabeza. Pero, para su desgracia, el arma le estalló en la mano como una granada. Y peor: no desapareció. El séquito del duque no tardó en reaccionar y atravesó al joven con sus espadas. Su cadáver fue colgado públicamente en una plaza.

Algunas fuentes discrepan en detalles. Hay testimonios, por ejemplo, que aseguran que Jáuregui se presentó totalmente desnudo aquel día, ya que el hechizo que supuestamente lo protegía y lo haría desaparecer no servía para la ropa.

Más que un ardid de ilusionistas e imitadores de David Copperfield, la idea de la invisibilidad tiene raíces profundas en la cultura occidental. De La Ilíada de Homero y La República de Platón al cristianismo primitivo, la hechicería y el folklore medieval, pasando por las hermandades invisibles, las sesiones de linterna mágica, la fotografía de hadas, el ilusionismo victoriano, El hombre invisible de H. G. Wells, El Hobbit de Tolkien y la serie de Harry Potter, el erotismo de lo invisible permea la historia como secreto, como poder maravilloso o desafío moral. "Es un sueño tan antiguo como el de volar -escribe el inglés Philip Ball en su fascinante El peligroso encanto de lo invisible (Turner)-. La invisibilidad brinda acceso a sitios liminales, matizados de deseo, fascinación y posibilidad. Nos transforma y nos traslada a otro reino."

Aún hoy, en una época moldeada por la ciencia y la técnica y que permanentemente busca exfoliar los restos de pensamiento mágico, este poderoso afán de pasar desapercibido subsiste. Está en las performances del artista chino Liu Bolin, las "capas de invisibilidad" del ingeniero electrónico Susumu Tachi y también en cada atisbo, deseo fugaz o fantasía distópica de abstraerse del tejido digital de una sociedad hiperconectada, extenuante, en la que todo se ve y todos somos vistos.

La tecno-independencia

El 1 de enero pasado no sólo debutó 2017, el año internacional del turismo sostenible para el desarrollo según las Naciones Unidas. En Francia, después de meses de discusiones, entró en vigor la llamada Ley El Khomri, una reforma laboral que incluye el droit à la déconnexion, o sea, el derecho a desconectarse fuera del horario de trabajo. De ahora en más, los trabajadores de compañías con más de 50 empleados no estarán obligados a chequear y responder mails al regresar a sus casas. "La frontera entre la vida profesional y personal se ha vuelto muy tenue", expresó la ministra de trabajo Myriam El Khomri.

Dice el artículo 25: "El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación si está mal administrado o regulado puede tener un impacto en la salud de los trabajadores". Pero esta modificación no sólo es una medida para reducir el estrés. Se trata de un paso más hacia una declaración de la independencia tecnológica, ya impulsada por la promulgación del derecho al olvido en Internet.

En las publicidades, en la gramática tácita con la que nos envuelven y encandilan, redes sociales y celulares prometen felicidad sin consecuencias, libertad, el acceso al mundo bajo nuestro pulgar. El primer eslogan publicitario de Microsoft fue: "¿Adónde quieres ir hoy?". Facebook pregunta: "¿Qué tienes en mente?". "¿Qué está pasando?", interroga Twitter, mientras la lucecita verde del celular que indica un nuevo mensaje de WhatsApp no deja de parpadear.

Pero al mismo tiempo y sin que nos demos cuenta, las redes sociales extienden silenciosamente una cadena que se infiltra bajo nuestra piel: imponen la obligación de estar permanentemente ahí, conectados, disponibles. La promesa de comunicación ilimitada se volvió un certificado de control. Hay que tuitear, opinar de todo aunque no tengamos argumentos, "whatsappear", "instagramear" y mostrar cuán maravillosa es nuestra vida (editada). Es lo que varios filósofos y sociólogos llaman la "coacción de la comunicación".

"El 'me gusta' es el amén digital -dice en su libro Psicopolítica el coreano Byung-Chul Han-. El smartphone no sólo es un eficiente aparato de vigilancia, sino también un confesionario móvil. Facebook es nuestra iglesia global. La hipercomunicación digital destruye el silencio que necesita el alma para reflexionar y para ser ella misma."

No sólo todos somos directores técnicos, también todos nos creemos capacitados para opinar de aquello que desfila en nuestras pantallas, aunque no tengamos argumentos y aunque nadie haya solicitado nuestro punto de vista. Desde qué ciencia se debería hacer en el país hasta con quién se acuesta el último actor o actriz de moda.

Como recordaba Umberto Eco en uno de los ensayos que componen De la estupidez a la locura, vivimos en una época en la que el bien principal es la visibilidad: "Porque el ser humano, para saber quién es, necesita la mirada del otro, y cuanto más le ama y le admira el otro, más se reconoce (o cree reconocerse) -escribió el filósofo italiano antes de morir en febrero de 2016-; y si en vez de un solo otro son cien o mil, o diez mil, mucho mejor, se siente completamente realizado".

En nuestra sociedad de la indignación y del escándalo, esta obligación de decir y mostrar(se) se vuelve en ciertos casos una patología. Opera como el motor del troll que, desde el anonimato o la distancia que impone la comunicación digital, piensa que su vómito de odio -en forma de comentarios, tuits, shitstorms, fenómenos genuinos de la comunicación digital- no tiene consecuencias.

Pero más allá de estos casos, ¿hay posibilidad de dar un paso al costado, de no estar ahí? ¿Qué sucede si no estamos, si nos apartamos al menos por un día, un mes, en vacaciones, del mundo online, de las redes sociales? ¿Existimos?

En este nuevo ambiente en el que habitamos, la desconexión puede ser entendida como resistencia, como nueva configuración de la privacidad en la sociedad digital. "Ya casi no hay conexiones humanas no mediadas de alguna u otra manera por lo digital. El sujeto se mueve en redes y se espera que aumenten sus contactos, que mejore su conectividad -dice el sociólogo suizo Urs Stäheli de paso por Buenos Aires, invitado recientemente por el Goethe-Institut-. La desconexión así es vista más como un error del sistema, como algo negativo, un problema. El ethos de estar conectado genera su propio régimen disciplinario. Estar conectado dejó de ser una decisión personal para convertirse en un mandato producto de una presión social. Y el que no cumple se vuelve un renegado, un outsider, un border, alguien peligroso porque no puede ser rastreado, un ermitaño. Como el Unabomber."

Desaparecer completamente

La trepidante expansión y naturalización de Internet en los últimos veinte años tuvo sus próceres -su santísima trinidad: Gates, Jobs, Zuckerberg-, pero también sus víctimas. Para que la Red hiciera mover al mundo, las distinciones online/offline y virtual/real tuvieron que morir. No sólo como dimensiones técnicas de la existencia sino también como categorías psicológicas, estados de ser. Hubo una época -lejana, olvidada- en la que las puertas de Internet se abrían de par en par al proveer una contraseña y también luego de la emisión de un grito: aquel chirrido cargado de agonía de los viejos módems dial-up, conocido por aquellos que recordamos un mundo (y una vida) sin redes sociales, Wikipedia, Skype y celulares. Ahora, en cambio, vivimos en un contínuum, un flujo ininterrumpido en el que átomos se engarzan con bits. Nuestra construcción o máscara digital forma parte de nuestra identidad. Los carteles de salida de la Red están cada vez más ocultos.

De este aprisionamiento se ven ya sus consecuencias, sus heridas internas: profundización de la nomofobia -el miedo irracional de olvidarse el celular-, aumento de trastornos de adicción a Internet, síndrome de la vibración fantasma, irritabilidad, alteraciones del sueño, síntomas de "info-obesidad", narcisismo y exhibicionismo digital, fatiga de la conexión. En nuestra sociedad del rendimiento y del cansancio -como dice Byung-Chul Han- no hay espacio para el aburrimiento, para la contemplación. "El exceso de información, de transparencia y de rendimiento nos ha conducido a un tiempo incapaz de callar ni de concluir ningún proceso", dice este profesor de la Universidad de las Artes de Berlín.

"Desde que los humanos estamos en el planeta, hemos inventado métodos para escapar del presente -recuerda la psicoterapeuta Nancy Colier, autora de The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World-. Lo que cambió en nuestra era tecnológica es que nuestro escape es comunal y considerado una manera razonable de vivir. La tecnología es nuestra nueva droga. Estamos digitalmente borrachos. Para liberarnos de nuestro adictivo uso de la tecnología, primero debemos reconocer que la estamos usando sin conciencia."

El derecho a estar solo

Un estudio global realizado por el Centro Internacional para Medios de Comunicación y Asuntos Públicos y la Academia de Salzburgo sobre Medios de Comunicación y Cambio Global expuso que la mayoría de los mil universitarios consultados en diez países considera que los celulares se han convertido literalmente en parte de sus cuerpos. "Por lo tanto, prescindir de ellos los hizo sentirse como si hubiesen perdido parte de sí mismos", advierte el documento del The World Unplugged Project (https://theworldunplugged.wordpress.com/).

El documental Screenagers: Growing Up in the Digital Age, de Delaney Ruston, es otra de las producciones que retrata la ansiedad y adicción tecnológica, en este caso entre adolescentes; el malestar que desde hace algún tiempo impulsa movimientos de desintoxicación digital parcial, como el organizado por la ONG estadounidense Reboot. Desde 2010, miles de personas alrededor del mundo se comprometen con el "Sabbath Manifesto" -www.sabbathmanifesto.org-, esto es, apagar el celular y la computadora durante 24 horas y conectarnos con nuestros seres queridos, salir al aire libre y disfrutar del silencio. En sintonía con el llamado "slow movement" -slow food y slow living-, el Día de la Abstinencia Digital (o National Day of Unplugging) este año cae el 3 de marzo.

"Vivimos en un momento extraordinario en la historia humana -dicen los organizadores de otro movimiento similar en su llamado The Digital Detox Manifesto (http://digitaldetox.org)-. Estamos globalmente más conectados que nunca, pero la vida en la era digital está lejos de ser ideal. El impacto psicológico, social y cultural negativo es real. La presión cultural para chequear constantemente los mensajes y mantenernos al día con las noticias a menudo nos abruma y frustra sin dejarnos tiempo para respirar. Las cosas deben cambiar."

Bodas unplugged, programas intensivos de desintoxicación digital en Japón, China y Corea, tours analógicos en Noruega son algunas de las expresiones de este despertar desconectivista al que algunos han denominado el "nuevo naturalismo". Como el movimiento apóstata, la desconexión es una reacción, un síntoma cargado de nostalgia. "En menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión", dice el sociólogo Francis Jauréguiberry, y asegura que esta situación provoca una división entre tecno-pobres -los que no pueden eludir la necesidad de responder mails, tuitear, etcétera- y tecno-ricos, aquellos capaces de mantener distancia.

Pasar desapercibidos, volvernos transparentes en una época de visibilidad total nos conecta con antiguas leyendas y mitos y con aquellos individuos que durante siglos han buscado ya sea a través de conjuros mágicos o artes esotéricas, artilugios y ropajes, la capacidad de desaparecer. Aunque en esta ocasión no para sacar ventaja -en La Ilíada, Zeus envuelve a Hera en una nube dorada para poder acostarse con ella sobre el monte Ida sin que los demás dioses los espíen-, sino como un conducto para hacer cumplir un derecho por el que aún vale la pena combatir. Ya lo dijeron los juristas Samuel Warren y Louis Brandeis en 1890: "El derecho a la privacidad es el derecho a estar solo, a no ser molestado".

Salvo que uno cometa un suicidio tecnológico, cierre todo y se vaya a vivir a una cueva en el desierto, la desconexión total parece imposible. Para el sociólogo Urs Stäheli no se trata de ser un ludita extremo. Más bien, aún ve esperanzas detrás del esfuerzo de conseguir lo que llama "islas de no conectividad": volverse momentáneamente invisible, abrir espacios de esporádica desconexión y calma para, por fin, lograr conectarse con uno mismo.

Algunos datos

. En la línea de los movimientos "slow", el Sabbath Manifesto se lanzó en 2010, de la mano de un grupo de artistas, cineastas, escritores y profesionales que promueven el Día de la Abstinencia Digital una vez por año. Entre sus principios están "Evitar la tecnología, "conectarse con los seres queridos", "nutrir la salud", "salir", "evitar el comercio", "encontrar el silencio". En la misma línea existe The Digital Detox Manifesto, cuyo lema es "desconectar para reconectar"."La tecnología es nuestra nueva droga.

. Estamos digitalmente borrachos", escribe la psicoterapeuta Nancy Colier en el libro The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World.

. El premiado documental Screenagers: Growing Up in the Digital Age, de Delaney Ruston, muestra la trastienda de la vida familiar en la que un niño promedio pasa 6 horas y media por día mirando pantallas.

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