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Salven a las bacterias

En la Puna, una bióloga argentina creó una suerte de Arca de Noé para preservar microorganismos que constituyen la forma de vida más antigua del planeta

María Eugenia Farías y su equipo investigan en Laguna Grande, Catamarca, en aguas más saladas que las de los océanos y con altos niveles de arsénico
María Eugenia Farías y su equipo investigan en Laguna Grande, Catamarca, en aguas más saladas que las de los océanos y con altos niveles de arsénico. Foto: LA NACION / Eugenia Kais
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PARA LA NACION
Domingo 15 de enero de 2017
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"Encontré algo en la laguna Socompa y vengo a pedirles ayuda."

El Cacique y los 100 vecinos de Tolar Grande escucharon con atención lo que esta intrigante mujer rubia de ojos verdes, casi amarillos, venía a contarles.

María Eugenia Farías había preparado bien sus palabras. Con la precisión de una bióloga pero con la sensibilidad de una amiga, les reveló lo que aún no le había dicho ni a sus colegas. Les habló sobre las piedras vivas, repletas de bacterias y otros microorganismos, que había encontrado en una laguna cercana a ese lugar. Les contó que esas piedras fueron las primeras habitantes del planeta, que existían hacía tres mil millones de años, que habían sido las responsables de originar condiciones aptas para la vida en la Tierra y que sin dudas, podrían volver a hacerlo de ser necesario. Les pidió ayuda para salvarlas.

El equipo está compuesto por algunos de los becarios más brillantes del Conicet, que estudian el ecosistema de la Puna
El equipo está compuesto por algunos de los becarios más brillantes del Conicet, que estudian el ecosistema de la Puna. Foto: LA NACION / Eugenia Kais

Esa tarde, en un pueblo a ocho horas de la Capital de Salta sin cloacas ni Internet, y casi siempre sin luz, pasó algo poco usual: la ciencia más pura y dura se abrazó con la cosmovisión precolombina. A Eugenia no le costó que le creyeran. Sin entender de bacterias ni de eras geológicas, los habitantes de la zona sabían hace siglos que sus suelos, piedras y montañas estaban vivos, que su tierra era sagrada y merecía una protección especial. Ahora tenían una nueva aliada, una con excusas más creíbles para el mundo racional que la existencia de algo abstracto llamado Pachamama. Sólo le pidieron una cosa: que antes de comenzar a entrar a sus lagunas, le pidiera permiso a esa fuerza. A través del ritual de la Pachamama guiado por el cacique, Eugenia quedó autorizada espiritualmente para ingresar a una de las zonas más hostiles, misteriosas e inexploradas del mundo: la Puna. Inmediatamente después, contra reloj, esta investigadora del Conicet de 40 años se lanzó a construir su más grande aporte a la ciencia: un Arca de Noé de bacterias y microorganismos nunca antes registrados, que podría ayudarnos a entender orígenes de la vida en la Tierra, y más allá.

Todo había comenzado ocho meses antes con un gran sentimiento de desasosiego, con una fuerte corazonada. Estaba en plena expedición con científicos de la NASA, en la fumarola del volcán Socompa, cuando sintió que era hora de partir. Aunque había pasado meses preparándose para realizar la misión y sólo faltaba un día para la fecha de regreso programada, sintió que tenía que descender y así lo hizo, sola. Había llegado a ese lugar convocada por la agencia espacial norteamericana gracias a su creciente reputación: era una de las pocas biólogas en el mundo que estudiaba la microbiología ambiental de la Puna, la región del planeta que, hoy se sabe, conserva las condiciones de vida más primitivas y, también, las más parecidas a Marte. Transcurría 2009 y, por entonces, Eugenia ya había pasado al menos siete años en esta extraña parte de la Tierra, hostil y desértica, rastreando y extrayendo de las lagunas muestras de microorganismos resistentes a la enorme radiación solar, para comprender sus mecanismos de adaptación. Durante esos años había aprendido a convertirse en una mujer de la Puna, conocía muchos de sus caminos, sus mañas y su gente. El llamado de la NASA no la había sorprendido del todo: el Observatorio Espacial más grande del mundo, ALMA, estaba en plena construcción en la misma zona, y la comunidad científica internacional miraba con intriga estas latitudes. A Eugenia, esta expedición le había exigido llevar sus propios niveles de adaptación un paso más allá. Aunque estaba entrenada para resistir el ambiente, la ausencia de oxígeno, la intensidad de su sol y sus vientos, esta vez debía trabajar a más de seis mil metros de altura, con un equipo compuesto por hombres de excelencia científica que eran, además, expertos andinistas. Lo había logrado a través de un minucioso entrenamiento aeróbico diario, implementado un poco en plenas vacaciones con sus tres hijos, en Tafí del Valle, y un poco en la yunga tucumana, cerca del barrio que la vio crecer. La participación de Eugenia en la campaña había facilitado al equipo el descubrimiento de microsistemas nunca antes estudiados. La misión había sido un éxito. ¿Por qué tenía entonces, esa urgencia de partir? Se despidió del equipo, subió a la camioneta que le había sido asignada y arrancó hacia el pie del Socompa. No lo sabía entonces, pero su vida empezaba a cambiar.

EL DESEO DE VOLVER

Tenía 19 años la primera vez que pisó la Puna. Fue en Jujuy, en un viaje de mochilera con compañeros de la facultad. Hicieron dedo y un grupo de guardaparques los llevó a que conocieran la laguna Pozuelos. Sus compañeros se asombraron, pero ella se enamoró, a través de ése, de todos los misteriosos espejos de agua en medio del desierto. Quince años después, cuando le propusieron la repatriación desde Madrid, ciudad a la que tuvo que exiliarse luego de que Domingo Cavallo enviara a los científicos "a lavar los platos", puso una sola condición: aunque sabía que la convocaban para que trabajara en el canal Beagle, ella quería volver a la Puna. Y ahí estaba.

No existen precedentes de exploradoras científicas en esta parte del planeta. "La Arabia Saudita de América latina", como la definen los medios extranjeros, no dispone de rutas, ni siquiera de huellas que las marquen, y como es de esperarse, no hay posibilidad de acceder a líneas de teléfono o datos para utilizar GPS. Transportarse en esta geografía requiere fuerza física, es difícil y arriesgado, pero fundamentalmente es caro, en especial para un científico argentino. El tiempo es dinero y ningún investigador local puede darse el lujo de perderlo. Por eso, mientras descendía, Eugenia comprendió que tenía oro entre sus manos: un día libre, calma y una camioneta para ella. Su intuición se las había arreglado para darle algo fundamental en cualquier proceso científico y creativo: la posibilidad de pasear, mirar y sentir su objeto de estudio. Con la mente libre, al día siguiente bordeó la laguna Socompa a pie y volvió admirar el extraño paisaje que un cataclismo volcánico, ocurrido 5250 años antes de Cristo, había moldeado para siempre. Fue entonces cuando, en una esquina de esa laguna, empezó a sentir un olor especial, un olor nauseabundo que su olfato entrenado reconoció de inmediato como parte de un proceso químico relacionado al azufre, elemento característico de la zona. Si ese proceso se estaba dando, entonces había microorganismos vivos trabajando. Los buscó. Le pareció que el hedor salía de las piedras. Intrigada, decidió usar algunos instrumentos que había dejado en su camioneta para recortarlas y observar su interior. Una carne gelatinosa, aterciopelada y repleta de filamentos de un color sorprendentemente rosa se reveló ante sus ojos anonadados. Vio un ecosistema que desarrollaba su vida en calma. Su conformación en capas, lo que identificó como signos de estratificación, la hicieron entender muy pronto la situación. Sabía exactamente de qué se trataba. Ahí sola, en el medio del desierto, Eugenia comprendió la enorme dimensión de su suerte: de haber llegado algunas semanas antes o después, no podría haberlos visto, hubieran estado tapados por el agua. De haber soplado el furioso viento usual de la zona, nunca podría haberlas olido tampoco. De haberse dado todo de otra manera, nunca habría descubierto lo que ahora sabía. Eso que tenía entre sus manos era la evidencia de vida más antigua que se conoce en el planeta, el ecosistema más primitivo registrado en la Tierra, los encargados de convertir el dióxido de carbono en oxígeno luego del impacto del Big Bang. Era un estromatolito. Y estaba vivo.

TRES EXTINCIONES PLANETARIAS

Hace 3800 millones de años, la Tierra era un lugar complicado. No había capa de ozono, los rayos violetas mataban toda forma de vida y tampoco había oxígeno. El cielo estaba cargado de electricidad y había una inmensa actividad volcánica. Las aguas eran mucho más salinas que todos nuestros océanos juntos y estaban, además, repletas de metales. En ese mundo hostil, los estromatolitos no sólo se las ingeniaron para emerger y sobrevivir, también para quedarse con todo. Se fueron conformando como resultado de la asociación de diferentes partículas de vida que se agruparon en forma de colonias, debajo de piedras y el fondo de los océanos, para escapar de la terrible radiación solar. Con el tiempo fueron generando diversos mecanismos de adaptación. Uno de ellos les permitió comenzar a respirar el dióxido de carbono y liberarlo convertido en oxígeno. Eso que hicieron es lo que hoy conocemos como fotosíntesis, y es lo que permitió que la Tierra se oxigenara y mutara por completo. No es exagerado afirmar que los estromatolitos hicieron posible las formas de vida que hoy conocemos, incluso la nuestra. Y no lo hicieron solo una vez, sino tres: soportaron tres extinciones planetarias. Cada vez que el mundo murió, los estromatolitos sobrevivieron y resetearon todo para volver a crear condiciones propicias para la vida. Los científicos piensan que con su ayuda podríamos dar con los secretos para combatir el calentamiento global o para rehabilitar los campos arruinados por cultivos abusivos o por pesticidas. Pero lo que volvía al descubrimiento de Eugenia aún más impresionante es que hasta ahora, los pocos estromatolitos que se habían encontrado en el mundo, habían sido hallados al nivel del mar y en climas cálidos en ciertas partes de Bahamas, México, Australia y Estados Unidos, entre pocos otros. Descubrirlos en las condiciones que la Puna les ofrece era un hallazgo que reafirmaba algunas teorías consolidadas pero que alimentaba otras sumamente inquietantes. Si en la Puna, que es tan parecida al mundo primitivo y a Marte, habitan estos primeros seres vivos de la Tierra, ¿acaso los primeros habitantes podrían haber venido de Marte? Los estromatolitos son organismos extremófilos, lo que significa que pueden sobrevivir en condiciones extremas. Esto incluye viajes espaciales. Considerando que en la NASA existen registros de meteoritos con rastros de actividad orgánica provenientes de Marte, ¿es descabellado pensar que la vida pudiera haber llegado desde ahí? "No. Y ahora mucho menos", responde Eugenia.

Cuando empezaste a hablar con las comunidades originarias no tenías pruebas definitivas de que lo que habías encontrado eran estromatolitos.

No -admite, mientras mira las montañas desde la camioneta que ahora nos protege del terrible viento que azota afuera. Estamos frente a los misteriosos ojos de agua del salar de Antofalla, en Catamarca, en una de sus expediciones, y Eugenia recuerda el comienzo de todo como un sueño-. Después de descubrirlos, volví a la camioneta en shock. Atravesé varios kilómetros sin saber qué hacer. A las pocas horas ya tenía que comenzar a tomar decisiones. Estaba segura de lo que había encontrado, pero no tenía los medios para demostrarlo. Estudiar los estromatolitos requería de un dinero del que no disponía y que iba a tomar mucho tiempo para conseguir. En 2009, el proceso para secuenciar el ADN no estaba disponible en la Argentina, y la primera opción para conseguirlo era revelar la información a un grupo extranjero. Yo no estoy de acuerdo con eso, significa abrir información que puede ser importante para el país. No quería caer en la trampa de cambiar oro por vidrio. Decidí guardar el secreto hasta saber cómo seguir. No es nada fácil saber en quién confiar por estos lados.

Durante ocho meses mantuvo silencio. Durante ese lapso, no hubo un día en el que no pensara en esas piedras. Una mañana, inesperadamente, todo se precipitó. Aquella mañana leyó la noticia de que una gigantesca corporación minera preveía la construcción de acueductos que atravesarían la laguna Socompa en poco tiempo. Iban a sacar el agua y a reemplazarla meses más tarde con otra, de características completamente diferentes, que matarían a sus estromatolitos en cuestión de días. El corazón se le aceleró. Inmediatamente comenzó a sentir el tic tac del reloj y decidió pedir ayuda. Supo que el mejor consejo se lo podría dar Teresa Manera de Bianco, una paleontóloga que había descubierto enormes huellas de dinosaurios en una localidad cercana a Bahía Blanca. Durante veinte años, esta mujer de las ciencias se las había ingeniado para proteger las enormes pisadas sin ningún tipo de ayuda del Estado, que se mostraba absolutamente desinteresado en preservar semejante patrimonio. Eugenia se sinceró ante ella. La respuesta fue exigente. "Como científico, cuando uno hace un descubrimiento así, tiene que hacerse cargo ante la sociedad, ahora es tu misión", le respondió. También le indicó los siguientes pasos. Tenía que hablar con las comunidades de la zona. Necesitaba aliados, gente que cuidara de los estromatolitos. Y por si la extracción de agua era imparable, debía además, conseguir la forma de extraer muestras y mantenerlas vivas. Fue entonces cuando a Eugenia se le ocurrió crear un Arca de Noé de microorganismos, un lugar que conservara estas especies y les permitiera, además, reproducirse, en caso de que las políticas ambientales permitieran que los fósiles vivos más antiguos del mundo murieran.

Su secreto dejó de serlo en cuestión de meses. Mientras los vecinos cuidaban de los estromatolitos, la noticia se esparcía primero por los pueblos, luego por los medios locales y finalmente por los nacionales. Cuando fue publicada en Nature, la revista de divulgación científica más importante del mundo, el Senado de la Nación mostró interés. Tal como lo deseaba, Eugenia logró secuenciar el primer ADN en Argentina, y los análisis confirmaban sus sospechas. El proyecto de extracción de agua de la laguna Socompa tuvo que frenarse. En 2011, ella logró lo que, asegura, es, junto con sus hijos, el mayor orgullo de su vida: que Socompa y los ojos de mar de Tolar Grande fuesen declarada área protegida por la presencia de bacterias. Actualmente participa de un proyecto junto con científicos de la NASA para que los estromatolitos sean declarados Patrimonio de la Humanidad. Claro que, aunque han habido muchos avances, seis años después los pueblos de la zona aún esperan el más importante: que dentro de los requisitos para las habilitaciones mineras se contemple la preservación de los microorganismos, algo que comenzó a hacerse en Chile, pero de lo que no parece haber indicios en nuestro país. Se trata de un punto muy importante, ya que en su censo de bacterias, Eugenia ha descubierto la presencia de estromatolitos en otros lugares de esta zona en la no queda un milímetro sin concesionar a la explotación minera.

Hoy, siete años después del secreto que dejó de serlo, estamos en el Peñón, una de las entradas a la impactante Puna catamarqueña. Eugenia consiguió uno de los presupuestos de ciencia más grandes del país y, gracias a eso, por primera vez ascenderá al equipo de jóvenes científicos, becarios del Conicet, que viene preparando hace tiempo. Tienen entre 27 y 35 años, y mientras esperan que comience la jornada se divierten con una coincidencia: en la televisión satelital, anoche, estaban dando Jurassic Park. Son algunas de las cabezas más brillantes de la ciencia latinoamericana. El único hombre del grupo, el chileno Luis Saona, tiene 27 años y ya participó de una expedición a la Antártica en busca de microorganismos que podrían ayudar en la lucha contra el cáncer. La conexión con Marte, dice, es lo que más lo atrae del proyecto. Esta vez, no vienen a estudiar únicamente bacterias, en pocas horas se estarán desplazando con botas de goma por lagunas repletas de arsénico para dar también con insectos, como es el caso de Gretel Rodríguez Garay, para investigar la cadena alimenticia de los flamencos como hará Maria Florencia Colla, y para extraer muestras para analizar procesos biogeoquímicos, labor de Agustina Lencina y Mariana Soria.

Arriba, el paisaje parece el delirio febril de un surrealista. El viento es tan fuerte que puede arrancar las puertas de las camionetas con facilidad, los golpes del sol hacen sangrar los labios y basta con comenzar a hablar para agitarse y sentir nauseas. Los becarios están felices, porque al menos La Puna los dejó entrar: todavía no se saben las razones pero, aun con toda la preparación, hay gente que no lo logra. Eugenia en cambio, parece haber hecho un pacto de protección con estas tierras. La última parada es en Ojos del Campo, en Antofalla, Catamarca. Se trata de tres misteriosos pozos de agua interconectados que, incluso así, lucen cada uno de un color diferente. Uno es azul, otro negro y el más espectacular, dorado. Como pasa con muchos otros pozos del desierto, la leyenda local asegura que quienes se aproximan demasiado, mueren. Eugenia sonríe, se calza las botas y entra. Se ha atrevido incluso a bucearlos. Y nada de muerte. Ella sale cada vez más viva.

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