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El surf como una parábola de la vida

Juana Libedinsky

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LA NACION
Sábado 14 de enero de 2017
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Nieva en las calles de la Gran Manzana, aunque lo peor es el viento que clava lo que parecen dagas de hielo en las mejillas. Pero a mi hijo de cinco años, recién bajado del avión y ya en la puerta del jardín de infantes, lo único que le importa es mostrar a sus compañeros y maestras los movimientos que aprendió sobre una tabla de surf en las vacaciones. Los otros chicos claramente tienen entusiastas comentarios para hacer al respecto, y sus propios movimientos sobre las olas para recrear, aunque las madres estén rogando que acabe el espontáneo show callejero y todos puedan quedar rápidamente bajo techo.

Pero es que aún totalmente fuera de temporada aquí, el surf es el gran tema de los últimos meses. El libro que ganó el Pulitzer –y que leyó Barack Obama en sus vacaciones– es Mis años salvajes, las memorias de William Finnegan, un periodista del New Yorker que pasó su vida persiguiendo olas y que tuvo posiblemente las mejores críticas del año (Moby Dick con ola en vez de ballena, fue resumido).

El libro es obviamente sobre el deporte y la búsqueda de esa elusiva ola perfecta, pero una de las tantas cosas que lo hizo especial y que resonó tanto aquí es porque no se escapa de la realidad social de las playas en los alejados puntos del planeta donde el autor y sus amigos terminan. En lo que posiblemente fue la parte más citada, Finnegan cuenta que perseguir las olas con total dedicación en su juventud se sentía una forma dinámica y ascética de rechazar el deber y la búsqueda de logros convencionales. “Al mismo tiempo el ser chicos americanos blancos y ricos en lugares muy pobres donde mucha gente, especialmente los jóvenes, abiertamente mostraban cómo hubieran deseado la vida de confort y oportunidades a la cual, al menos por el momento, le habíamos dado la espalda, nunca iba a estar OK”, reconoce.

A la par de esto, en las universidades aquí, una materia cada vez más popular se llama “Surfonomics”. Aborda un aspecto del surf que está, para muchos, menos apreciado de lo que debiera y que es el beneficio económico general que trae a las playas. Se estima que la industria del surf, incluyendo ropa, tablas y viajes especializados, mueve unos 10 mil millones de dólares anuales en el mundo.

En una escala mucho menor, de lo que mi hijo estaba tan entusiasmado en su regreso a clase era de sus aventuras en las clases de surf en Hopupu, la escuelita de José Ignacio, que esta temporada cumple 20 años. Manejada desde siempre por la familia Zalles, no sólo es emocionante el trato que le dan a los alumnos más chiquitos y cómo los ayudan a perder el miedo. Tienen, asimismo, un programa de becas para los hijos de trabajadores y pobladores de la zona, que han tenido así su primer contacto con el surf y el medio acuático.

Viviendo en la Gran Manzana todo el tiempo uno escucha de esfuerzos de integración de distintos sectores económicos que siempre anuncian con bombos y platillos. Poder contar de la manera más discreta, pero efectiva, cómo hace años se integran turistas y habitantes locales al mismo deporte en las playas que uno visita fue, sin duda, un pequeño orgullo.

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