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¡Vamos, Cristina!

Domingo 15 de enero de 2017
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"El premio es un estímulo para seguir trabajando." (De Carolina Cristina, investigadora del Conicet.)

Tengo una amiga de apellido Juan. Otra "desapellidada" como yo. ¡La alegría que tenía esa mujer cuando se enteró de que en el Reino Unido habían premiado a una científica argentina por sus avances en la búsqueda de tratamientos para tumores de hipófisis! Me llamó la atención que una persona tan hipocondríaca como ella se enganchara con ese tema, pero no tardé mucho en entender por qué. La especialista del Conicet, tan merecidamente reconocida, se llama Carolina Cristina. O sea, también tiene un nombre por apellido, lo que a los ojos de mi amiga vendría a funcionar como algo muy parecido a una reivindicación de los que andamos por la vida teniendo que aclarar nuestra identidad.

"Dígame el apellido", le pidió la empleada del Registro Civil al padre del que sería un médico prestigioso. "Esteban", le respondió. "¿Y el apellido?", repreguntó la mujer. "Esteban", le reiteraron. Conclusión: el bebe pasó a llamarse Esteban Esteban en el documento de identidad.

Podrá parecerle poca cosa a los que cuentan con un apellido con formato de tal, pero a los que no, la cuestión se nos torna densa. Tarjetas de crédito con los nombres puestos en cualquier orden, la aparición de la letra M donde debe ir la F, en referencia al sexo; correspondencia que vuelve al destinatario porque al tal Jorge, Andrés o Martín supuestamente se olvidaron de escribirles los apellidos en el sobre...

Hace poco, una columna de Carlos Pagni, no sin picardía, citaba a la senadora nacional ultrakirchnerista María Labado y al diputado bonaerense Manuel Mosca, de Pro. Uno no elige los apellidos con que llega al mundo y, mucho menos, puede prevenirse de cargadas futuras. ¿O acaso no habrán padecido en su infancia y mucho más acá algún tipo de escarnio los diputados nacionales Gilberto Alegre y Sergio Wisky, o el porteño Roberto Quattromano, sólo por citar unos pocos ejemplos? Los "desapellidados" como quien esto escribe queremos llevarles un poco de paz. Es mejor tener un apellido contundente que no tenerlo, diría mi amiga Juan exagerando la nota.

Esta situación me recuerda una experiencia vivida hace muchos años en Córdoba donde, como periodista, me tocó viajar junto a un empresario y a un fotógrafo. Al registrarnos en el hotel, el conserje nos pidió que nos identificáramos: "Graciela Guadalupe, Roberto Antonio y Jorge Rosa", le dijimos. A lo que el hombre retrucó: "¿Me están cargando?, ¿nadie tiene apellido?"

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