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"Aprendí a amar sin esperar nada a cambio"

Lunes 16 de enero de 2017
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Un día fui a buscar a mi hija Azul a la casa de una compañerita del colegio y me encontré a la mamá con un bebe en brazos que no era suyo. Y ahí me contó que en la parroquia del Espíritu Santo funcionaba el Grupo Nazareth que trabaja con familias que reciben a chicos en tránsito.

Enseguida fui a averiguar y me explicaron que eran una organización social que asiste a chicos judicializados. Lo hablé con mi familia -mi marido, Sebastián, y mis hijos, Franco (19), Azul (14) y Lucas (12)-. Les gustó la idea, nos hicieron una entrevista y quedamos.

Era 2010, yo no estaba trabajando, sólo estudiando Licenciatura en Turismo y tenía toda la tarde libre así que quería arrancar lo antes posible. Tres meses después me llamaron para decirme que había un bebe de cuatro meses con sarna porque había estado abandonado en un contenedor. Dijimos que sí. Yo lo estaba esperando con mucho amor. En cuanto me vio, me tiró los brazos y me puse a llorar.

Fue todo muy natural. Como si nunca hubiera dejado de haber un bebe en la casa. Mi hija me ayudaba con todo y el gordo estaba todo el día a upa.

Estuvo ocho meses con nosotros y después lo adoptaron unos papás que hacía 10 años estaban esperando. Cumplió cinco años en septiembre y fuimos con mi familia al festejo.

Lo más lindo de esta apuesta es que uno descubre la capacidad de querer a un hijo ajeno como propio. No hace ninguna diferencia. Es el mismo amor. Llorás cuando está enfermo, te preocupás si le pasa algo.

Después tuvimos a una beba de 45 días con sífilis durante 11 meses y a un bebe de 18 días que se quedó un año y medio. Pasó las Fiestas y las vacaciones con nosotros. Ahí dejé la facultad para poder estar con él todo el tiempo. Para mí era un hijo más. Lo único que no hice fue parirlo y darle la teta.

Algo increíble de ver es el amor que mis hijos sienten por ellos, cómo crecen juntos. Cuando se van la que más sufro soy yo, como si me faltara una parte de mi cuerpo. Pero el resto de mi familia lo toma como un acto de amor.

Aprendí a amar sin esperar nada a cambio. Es una muy linda experiencia, agotadora por momentos, pero con una recompensa inmensa. Porque entendés que el amor se multiplica, no se divide.

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