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Suprimir las bolsas plásticas: un cambio cultural

Sorprende la resistencia a modificar conductas que no hacen otra cosa que perjudicar el ambiente, es decir, nuestro propio presente y futuro

Miércoles 18 de enero de 2017
Las bolsas arrojadas en las calles tapan los sumideros, dañan?la flora y fauna acuáticas y provocan inundaciones
Las bolsas arrojadas en las calles tapan los sumideros, dañan?la flora y fauna acuáticas y provocan inundaciones. Foto: Archivo
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Desde el primer día del año en curso, a los porteños y a quienes diariamente circulan por la ciudad de Buenos Aires les tocó modificar el hábito de utilizar bolsas de plástico en los supermercados. No es un cambio de materiales, se trata de un cambio de paradigma. Sin embargo, pese a que la abrumadora mayoría de las personas celebró o aceptó la medida, cuyo objetivo es minimizar las consecuencias negativas que generan las bolsas de polietileno en la naturaleza y la infraestructura de la ciudad, algunas cadenas de supermercados insisten en continuar ofreciendo otras cuestionables variantes.

La medida posee numerosos antecedentes nacionales e internacionales. En nuestro país, las provincias de Córdoba, Chubut y Río Negro y las ciudades de Neuquén, Ushuaia, Comodoro Rivadavia, Trenque Lauquen y Rosario -entre otras- ya han prohibido el uso de las bolsas plásticas en supermercados y en comercios minoristas. En California y en varios países de la Unión Europea también se han prohibido debido al serio problema ambiental que generan.

La resolución 341/16 de la Agencia de Protección Ambiental porteña, que prohíbe las bolsas en los supermercados, hipermercados y autoservicios, tiene por objetivo "promover el uso de bolsas larga vida, reutilizables y reciclables en la ciudad autónoma de Buenos Aires". Y por eso prohibió la entrega de bolsas plásticas livianas, tipo camiseta, que se suministraban hasta fines de 2016 en el ámbito del distrito.

Lejos de acompañar el necesario cambio de conducta que requiere el entorno, algunos comercios introdujeron nuevas bolsas, de mayor espesor, que requieren casi el triple de plástico para su fabricación. Se trata de un producto aún más perjudicial para el ambiente, que refuerza su impacto sobre los sumideros y redes pluviales de la ciudad. Debe destacarse que si bien existen ciertos tipos de plásticos que a menudo se consideran biodegradables por proceder de recursos renovables, los mencionados no poseen necesariamente esa condición. Para poder ser considerado biodegradable, un material debe descomponerse por la acción de agentes biológicos, como el sol, el agua, las bacterias, las plantas o los animales. Incluso, puede afirmarse que las tasas actuales de reciclaje de bolsas de plástico son muy bajas: alrededor del 5%.

Es bien conocido que las bolsas obstruyen los sumideros y afectan la flora y la fauna acuáticas: un tercio de los residuos recolectados durante la limpieza de los arroyos entubados está conformado por bolsas plásticas y la experiencia demuestra que en momentos de lluvia esos residuos provocan anegamientos.

Sorprende la resistencia al cambio de hábitos. Incluso, parece una contradicción caracterizar los negocios como "verdes" cuando ni siquiera promueven una modificación de una conducta que reclaman la ciudad y sus habitantes. El fundamento de la norma no ha sido crear un nuevo negocio para fabricar bolsas más resistentes -y, por ende, más costosas-, sino promover una transformación indispensable: un desarrollo económico que proteja la ciudad, su calidad de vida, y que contribuya al mejor futuro de las próximas generaciones. Mucho más que un cambio legislativo, se trata de un cambio cultural y ético.

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