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Misteriosos cuadros con historia

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PARA LA NACION
Domingo 22 de enero de 2017
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La historia de un museo está hecha de buenas intenciones, negocios, política y ansias de figuración. El día de Navidad de 1896 se inauguró el Museo Nacional de Bellas Artes en las salas del Bon Marché (hoy Galerías Pacífico). Han pasado ciento veinte años y unas semanas de ese hecho fundamental para la cultura argentina. La institución lo conmemora con una pequeña exposición, curada por Ángel Navarro, donde se exhiben algunas de las obras que integraban el conjunto inicial.

Al principio, el museo, fundado y dirigido por Eduardo Schiaffino, sólo tenía 163 obras que procedían sobre todo de dos colecciones privadas: la de Adriano E. Rossi y la de José Prudencio de Guerrico. Rossi era hijo de inmigrantes italianos. Según cuenta Marcelo Pacheco en su excelente libro Coleccionismo artístico en Buenos Aires, la fortuna de los Rossi provenía de la industria del aceite. El coleccionista compraba sus cuadros en sus viajes a Europa y también en la casa Fusoni, de Buenos Aires. Legó 81 obras al MNBA y su albacea testamentario fue Bartolomé Mitre. Uno de sus pintores preferidos era Ignacio Manzoni, un italiano que había estudiado en la Academia de Brera, en Milán. Manzoni llegó a la Argentina, ya formado, en 1852. Pintaba cuadros religiosos, paisajes, desnudos, batallas. Rossi le compró más de cuarenta cuadros. En la muestra actual, sólo se ve uno de sus paisajes.

De la donación Guerrico se exponen dos obras de Prilidiano Pueyrredon con una historia muy particular. La primera, cronológicamente, es un estudio al óleo para el célebre retrato de Manuelita Rosas en que se la ve ataviada con un vestido rojo muy intenso. Ese trabajo le fue encargado a Prilidiano en 1851. Manuelita tenía 34 años. En el estudio, el vestido es de un rosa claro. Al lado de ese pequeño retrato, esbozo de la obra pictórica, se ve otro Pueyrredon, pintado en 1859: El asesinato de Maza, que representa la escena en que los mazorqueros matan al presidente de la Legislatura en su escritorio; en la puerta de la oficina, en un extremo del cuadro, en un último plano, casi oculto, está Juan Manuel de Rosas. Entre la apoteosis de Manuelita y el Rosas criminal habían pasado ocho años. Hoy, rara vez, los hechos de sangre dan origen a una obra plástica. Aunque Alberto Greco y Antonio Saura hicieron sendos collages y dibujos con motivo del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Más recientemente, nadie tuvo, creo, la idea de representar, entre otros asesinatos, por ejemplo el de José Ignacio Rucci y me pregunto si, en el caso de que sea dilucidada la muerte de Alberto Nisman, alguien se atrevería a convertir ese hecho en un cuadro.

Es interesante saber cómo llegaron las dos obras mencionadas de Pueyrredón al MNBA. Una vez más, la fuente es Marcelo Pacheco, que se basó en un relato de Eduardo Schiaffino, aunque Pacheco tiene sus dudas sobre la precisión de esa crónica. Antes de la inauguración, Guerrico citó a Schiaffino a su casa y le ofreció donar dos copias de cuadros europeos. Schiaffino, desilusionado, las rechazó porque, dijo, no quería hacer un museo de copias, sino de originales. Pero mientras hablaba con Guerrico había aprovechado para echar una ojeada a la sala y así descubrió el estudio de Manuelita y El asesinato de Maza, de Pueyrredón, y Velorio del angelito y Paisaje de la cordillera, de Ernest Charton. Sin vueltas, le propuso a Guerrico cambiar las dos copias por esos originales y el coleccionista aceptó, pero después de ese reemplazo, la relación entre Schiaffino y Guerrico no fue la misma. Guerrico estuvo ausente en los actos de inauguración y Schiaffino lo excluyó de la historia institucional.

Una de las curiosidades de la muestra es el diploma de inauguración del museo, una acuarela sobre papel de Augusto Ballerini, en la que se lee el poema "Toast", de Rubén Darío, dedicado a Schiaffino. Las dos primeras estrofas dan una idea precisa del resto y de la época:

Que el champaña de hoy refleje en su onda

La blanca maravilla que en el gran Louvre impera

La emperatriz de mármol cuya mirada ahonda

El armonioso enigma que es ritmo de la esfera;

El bello hermafrodita de cadera redonda

Y del sublime Sandro la núbil Primavera

Y sonriente, en el triunfo de su gracia hechicera

La perla de Leonardo, la mágica Gioconda.

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