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Comida y películas, esa extraña pareja

Domingo 22 de enero de 2017

"¿Alguna vez vieron comer a Bogart?", pregunta el director indie Theodore Collatos en un artículo subido recientemente al sitio especializado en audiovisuales Fandor (https://www.fandor.com). En un plato de alimento hay subsistencia, sugiere Collatos, pero también hay cultura, política, geografía. Y en un mundo donde el culto gourmet (traducido en producciones televisivas, libros, eventos y sofisticados circuitos de consumo) convive con la indecible devastación del hambre, el realizador norteamericano decidió, por decirlo de algún modo, tomar el "toro alimenticio" por las astas. Las astas cinéfilas.

"En las producciones cinematográficas habituales la comida está ausente", señala, al mismo tiempo que invita a sorprenderse tanto como se sorprende él ante semejante vacío en el cine contemporáneo y clásico (por eso la mención a ese ícono del film noir que fue Humphrey Bogart). ¿Por qué -sigue el razonamiento de Collatos-, si nos resulta imposible concebir un film que no dedique esfuerzos a detalles de vestuario, escenografía, entorno natural o hallazgos interpretativos, no nos llama la atención que el alimento sea un ítem más bien marginal? Por lo pronto, este realizador parece querer suplir con su propia obra la carestía fílmico-alimenticia: actualmente se encuentra en plena posproducción del film Tormenting the Hen (algo así como "Atormentando a la gallina"). Y propone repensar el vínculo de los nutrientes -eso que, atravesado por la cultura, recibe el nombre de "comida"- con la puesta en escena cinematográfica.

¿Qué estaría sumando o restando la presencia del alimento (y las acciones ligadas a su consumo) en el relato fílmico? Didáctico, Collatos enumera películas donde el "factor comida" fue decisivo: del pollo que corre por su vida entre las callejuelas de una favela en Ciudad de Dios (Fernando Meirelles) al erotismo de Henry y June (Philip Kaufman) la ironía de El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel) o la evidente celebración de La fiesta de Babette (Gabriel Axel)y Big Night (Campbell Scott y Stanley Tucci). El listado, que incluye unas cuantas películas más y ni siquiera elude la temática caníbal, es efectivo. Pero no menciona al que quizá sea el caso más resonante: La gran comilona, el film de Marco Ferreri que escandalizó al público de principios de los años 70 con desbordada carga de Eros y Tanatos. Con una excusa narrativa no tan ingenua (un grupo de amigos se reúne en una casa, donde deciden comer hasta morir), el director italiano conjugó audacia visual y conceptual, sexualidad y alimento; absurdo, goce y provocación. Una marca probablemente difícil de superar.

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