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La respuesta sopla en el Memorándum

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 21 de enero de 2017
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Todos tenemos una hipótesis acerca de la muerte violenta del fiscal Alberto Nisman . Aun así, a dos años del hecho, en el centro de esa muerte hay un agujero negro al que todavía no se ha podido acceder. Pensar en lo que puede haber ocurrido en la soledad de su departamento de Puerto Madero produce escalofrío. Desde que la causa pasó al fuero federal por decisión de la Corte Suprema, todo apunta a confirmar la conclusión que cualquier observador más o menos atento sacaría a partir de las actitudes de los involucrados en la investigación del fiscal: a Nisman lo callaron por el peso de la denuncia que estaba a punto de presentar en el Congreso. Como después se vio, hubo una conjura para evitar a toda costa que se hurgara en lo que esconde el Memorándum de Entendimiento que el gobierno de Cristina Kirchner firmó con Irán.

Hay avances, entonces, pero todavía no se ha llegado a la verdad de los hechos. Eso nos obliga a ser prudentes en la enunciación de nuestras presunciones. Sin embargo, podemos estar seguros de algunas cosas.

En primer lugar, resulta claro que la muerte del fiscal ocurre dentro del caso más grave entre todas las causas gravísimas por corrupción que se le siguen en la Justicia a la ex presidenta y a muchos de sus funcionarios más cercanos. Una cosa es el robo sistemático de las arcas del Estado y otra distinta es ser acusado de traicionar a la patria y a la memoria de quienes murieron en el todavía impune atentado a la AMIA.

Pero hay algo más. Se trata de un caso desmesurado no sólo por su gravedad moral e institucional, sino también porque cifra como ninguno el juego perverso que desplegó el kirchnerismo desde el poder: la gran batalla de la mentira contra la verdad. Una lucha que ahora cambió de signo. Esa tensión insostenible entre relato y realidad que tanto rédito le dio a la ex presidenta mientras gobernaba, hoy la complica. Sucede que en este caso, como en los otros, las palabras van por un lado y los hechos por el otro. Sin el poder y sin el discurso, el kirchnerismo quedó atrapado en su propio juego.

Para el gobierno anterior, la mentira significó la impunidad. Todo indica que la verdad (una verdad insoportable, que se quiso acallar antes de que se amplificara en la caja de resonancia del Congreso) le costó la muerte al fiscal. Su trágico final quizá pueda explicarse, al menos en parte, en el inexplicable Memorándum firmado con Irán. La desesperación con la que el kirchnerismo intentó que la Justicia enterrara ese documento en el fondo de un cajón permite inferir que se trata de un elemento incriminatorio.

Lo describió Sandra Arroyo Salgado, ex esposa del fiscal: tras la muerte de Nisman, el kirchnerismo en el gobierno operó como un verdadero grupo de tareas para descalificar tanto el buen nombre del responsable de la investigación como la seriedad de su trabajo. La hipótesis del suicidio sustrajo la muerte de un fiscal de la República en ejercicio de sus funciones de la justicia federal y mantuvo la investigación en manos de la fiscal Fein, que la dejó con más interrogantes de los que tenía al principio y sin las pruebas frescas que acaso hubieran ayudado a esclarecer lo que ocurrió.

Mientras, los artilleros de Cristina disparaban munición gruesa contra la figura del fiscal muerto, dando a entender que se había pegado un tiro abrumado por las inconsistencias de su trabajo y los desórdenes de una vida desquiciada. El Memorándum por el que unos días antes había denunciado por encubrimiento a la presidenta y a varios de sus colaboradores era, según calificaba el kirchnerismo a coro, "un mamarracho". Si así lo creían, ¿por qué desde aquel lunes fatídico de 2015 el kirchnerismo hizo lo imposible para que ese documento no se ventilara en los tribunales? Justicia Legítima, con la procuradora general a la cabeza, resisitió todo lo que pudo con artimañas vergonzantes. ¿Qué distancia media entre eso y la asunción tácita de una inadmisible culpabilidad? Pero a los intentos de cerrar la investigación por parte de los jueces Rafecas, Ballestero y Freiler se impuso la valentía de los fiscales Pollicita, Moldes, Rívolo, Sáenz y Taiano, cuya persistencia hizo posible la decisión de la Cámara de Casación Penal, que en los últimos días del año pasado por fin ordenó investigar la denuncia que le costó la muerte a Nisman.

Pero volvamos a principios de 2015. En este caso (en realidad, son dos íntimamente relacionados, la denuncia contra la ex presidenta y la muerte del fiscal) se jugaba entonces la continuidad de un proyecto de poder y de impunidad que se había creído eterno y había actuado en consecuencia, desconociendo todo límite. Quien se mostraba desquiciado no era Nisman, sino el propio gobierno. A tal punto que se podía esperar de él los gestos más extremos. Su propia desmesura alimentaba sospechas impronunciables. Y es aquí donde, sin certezas por ahora, nos asomamos a la boca del agujero negro que todavía existe en el centro de este caso que condensa como ningún otro la lucha sorda entre la mentira y la verdad que marcó los 12 años del kirchnerismo en el poder. Por supuesto, esa lucha no ha cesado. Persiste aún y marcará, según se resuelva, el destino que nos daremos como país.

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el sábado 4 de febrero

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