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Un país cuya historia se hizo a caballo

No abundan los próceres de a pie, siempre los concebimos enancados en su pingo correspondiente

Sábado 18 de diciembre de 1999

Se puede decir que gran parte de la historia de la civilización se ha recorrido a caballo y, hasta se podría afirmar con facilidad que, bajo la figura de todo líder o personaje ha habido un lomo que condujo al destino de su amo. Patoruzú no habría sido el que aún es sin la legendaria figura de su brioso Pampero.

El capitán general Justo José de Urquiza, apasionado por los caballos, tenía un parejero oscuro con ganada fama de "velocísimo" y lo suficientemente apto para "volear una garza en el salto". Se comentaba que por él, "Ricardo III ofrecería más de tres reinos". El oscuro de Urquiza gozaba del extraño privilegio de poder entrar libremente en las habitaciones de la estancia San José.

Don Manuel Belgrano cabalgaba un rosillo y con preferencia lo utilizaba en los enfrentamientos.

El caballo de José de San Martín, herido en la batalla de San Lorenzo, era "un bayo blanco cola cortada al corvejón", con el cual cargaba a la cabeza de sus Granaderos. Se estima que Rozas poseía una tropilla de 75 caballos entrenados para toda labor, que respondían a su amo nombrando simplemente su pelaje.

El caballo moro de Facundo Quiroga llevó "enancada" una curiosa leyenda. Al moro se le atribuía dotes de "brujo", que, sumada a su velocidad y desempeño en la batalla, lo convertía en un pingo codiciado. El famoso animal se presentó díscolo para dejarse enfrenar el día en que el caudillo sufrió su derrota. No permitía que lo cabalgase. Cuentan que el general tomó entonces otro caballo, desoyendo el mensaje de su flete. Enarboló su lanza de ébano y cargó al frente de sus hombres tigre con muy mal resultado. Volvió en busca de su moro para huir, pero tampoco esta vez se dejó montar por su amo. El moro finalmente quedó en manos del brigadier López y la posesión del caballo produjo un alejamiento entre ambos caudillos. López no lo quiso devolver y Quiroga, como buen gaucho, no quiso desprenderse de su amado animal. Solicitó su devolución a través de la mediación de Tomás Manuel de Anchorena.

En una carta fechada en enero de 1832, Facundo Quiroga le agradecía su intención para que el caballo volviese a su dueño. La detención del caballo, según se creía, determinó la tragedia de Barranca Yaco. Una descendiente de Marcelo Gamboa afirma que su antecesor fue "el jurisconsulto que defendió a los hermanos Reynafé o Queenfe (sospechados de haber asesinado al caudillo) y fue posteriormente obligado por Rozas a pasearse en un burro celeste alrededor de la plaza principal", confirma Delia Julia Gamboa y lamenta haber perdido la copia del decreto.

Alejandro Schang Viton

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