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La era que desafía el espíritu crítico

Domingo 29 de enero de 2017
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Donald Trump se volverá realmente peligroso el día en que deje de sorprendernos. Ocurrirá a la larga que sus discursos patrioteros, su bombardeo de decretos, sus amenazas vía Twitter, su desprecio por los datos, sus tics narcisistas se perciban como la forma en que se gobierna en un mundo como éste.

Los demagogos de su clase se desviven por naturalizar una anomalía. Derriban barreras, identifican las prácticas democráticas con un ardid de los enemigos del Pueblo, rearman el campo de juego de la política para que encaje con sus ansias de impunidad. En esa operación resulta vital la administración de la mentira. Eso que el gobierno Trump llama "hechos alternativos". Lo mismo que los británicos espantados por el movimiento pro-Brexit bautizaron "posverdad". O el "relato" con el que el kirchnerismo ensayó durante años sus versiones ilusorias de la realidad argentina.

Son sinónimos. Enunciados ordenados pero engañosos, construidos sobre la base de datos exagerados o inventados y cuyo objetivo es alimentar los prejuicios de una parte de la población. Los rasgos se repiten en Trump, en los xenófobos europeos o en Cristina Kirchner, más allá de aparentes fronteras ideológicas. La liviandad con que manipulan los hechos, la declaración de guerra a los periodistas que se niegan a ser cómplices, el fervor divisivo, la ausencia de empatía.

Las diferencias son de magnitud. La angustia que causaba oír a Aníbal Fernández decir que en la Argentina había menos pobres que en Alemania se podía atenuar con el consuelo de que había allá fuera un mundo racional que tarde o temprano acabaría por contagiarnos. Ver la mentira homenajeada en la Casa Blanca parece algo más amenazante. El riesgo de contagio ahora es en el sentido opuesto y de alcance global. Cualquiera lo puede intentar. Es fácil: hay que tomar un dato cuantificable, manosearlo, cargarlo de elementos subjetivos, reempaquetarlo. Funciona en fórmulas básicas, como aquello que clamaban los kirchneristas acerca de que la inseguridad era apenas una sensación (mientras escondían las estadísticas del crimen). O más elaboradas, como ocurre en el macrismo cuando dice que sí, que la inseguridad existe, pero es culpa de los menores y los extranjeros (aunque ningún estudio lo corrobore).

La era Trump nace como un desafío al espíritu crítico. ¿Tendrá la humanidad reflejos para atravesarla sin sucumbir? Tal vez sea una señal esperanzadora que 1984, de Orwell, haya trepado en la última semana a las listas internacionales de best sellers. La distopía reaparece como farsa. Del mundo de Gran Hermano a otro que se rige por la lógica chapucera del Indec de Moreno.

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