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Optimismo vs. pesimismo. La encrucijada global

Mientras el mundo ingresa en la "era Trump", crece la polémica (por estos días fue el eje de una discusión virtual en el Club Político Argentino): ¿la humanidad nunca vivió mejor o estamos ante una crisis de dimensiones históricas?
Pablo Stefanoni
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29 de enero de 2017  

Fuente: LA NACION - Crédito: Alejandro Agdamus

En los últimos tiempos, en la prensa global se viene registrando una paradoja: pese a que los datos indicarían que los seres humanos nunca vivimos mejor, una sensación de pesimismo se expande por el mundo, sobre todo el más desarrollado. Y este pesimismo va de la mano de la crisis de la democracia representativa precisamente en los países donde ese sistema fue fundado: el Norte global.

La mayoría de las personas posiblemente sonrían ante la tesis central del libro Los ángeles que llevamos dentro (2012) -del psicólogo experimental Steven Pinker- acerca de que nuestra época es menos violenta, menos cruel y más pacífica que cualquier período anterior de la existencia humana. Y posiblemente ampliaría su sonrisa al leer las respuestas de este científico en un artículo del diario El País titulado "Las paradojas del progreso: datos para el optimismo". "La gente a lo largo y ancho del mundo es más rica, goza de mayor salud, es más libre, tiene mayor educación, es más pacífica y goza de mayor igualdad que nunca antes", dice Pinker. Es cierto que, desde una perspectiva histórica, los datos están de su parte. Y más aún cuando menciona la "revolución de los derechos", la repugnancia por la violencia infligida a las minorías, las mujeres, los niños, los homosexuales y los animales a lo largo del último medio siglo. Así, respecto de la esperanza de vida, mortalidad infantil, riqueza de las personas, pobreza extrema, analfabetismo, igualdad de género, el capitalismo parecería mejor que cualquier otro sistema previo. Y esto se profundiza si consideramos en el análisis a dos gigantes demográficos: China e India. En el mismo sentido, un artículo del economista francés Nicolas Bouzou en el diario francés Le Figaro convoca a enfrentar el "chaleco de plomo depresivo, antiliberal y nacionalista". Allí envía a quienes piensan que el mundo está peor a "documentarse o tratarse la depresión". La imagen elegida por el editor para ilustrar la nota es sintomática: un robot con una sonrisa en su "rostro".

Pero sea como fuere, el malestar en el mundo global está ahí. "La Tercera Guerra Mundial está en camino, dice un sondeo en los países occidentales", tituló hace poco el diario británico Independent. Las respuestas para explicar el malestar, en el citado artículo de El País, van desde "somos más críticos que en el pasado o estamos más informados" ("los desastres y las tragedias no son algo nuevo, pero los celulares y las cámaras sí lo son") hasta "miramos sólo a Occidente", pasando por la nostalgia de un pasado que siempre fue mejor. Para los "optimistas", la desigualdad no es muy importante, sino la reducción de la pobreza. "La desigualdad se suele medir sólo en dinero, pero hay más ángulos. Bill Gates es diez millones de veces más rico que tú, ¿pero su vida es diez millones de veces mejor que la tuya? No lo creo", dice Johan Norberg autor de En defensa del capitalismo global. Sin embargo, la desigualdad viene siendo el motor de las protestas "contra el 1%" y la base de los lenguajes críticos actuales en Occidente, ya que allí hay un problema fundamental: las fuertes desigualdades ponen en cuestión la propia democracia.

El "maridaje" entre liberalismo y democracia no es intrínseco. Y la democracia requiere de un cierto entorno igualitario (no sólo económico) y el hecho de que los ricos no puedan decidir por encima del resto. Pero, además, el "proceso de civilización" lleva consigo la posibilidad de regresiones, incluso violentas, procesos de "descivilización", y eso es lo que hoy está sobre la mesa. Esta des-civilización puede operar, no sólo como puro colapso, sino también como descivilizaciones cotidianas. Es cierto que los populistas de derecha mienten -ya se habla de la post-verdad en relación con el fenómeno de Trump- o que gran parte de la izquierda a menudo siente nostalgia por lo que "nunca, jamás, sucedió". Y hoy, frente a la idea de que todo pasado fue mejor, aparece una defensa del capitalismo actual en el sentido de que el mundo "jamás fue tan bueno". Pero si uno de los objetivos del "proceso de la civilización" es lograr certidumbres respecto del futuro, ahí el sistema actual hizo agua.

Futuro imperfecto

A fin de cuentas, la desaparición de las utopías tiene sus costos. "La idea de otra sociedad se ha vuelto imposible de pensar -dice François Furet en El pasado de una ilusión- y por lo demás nadie ofrece sobre este tema, en el mundo de hoy, ni siquiera un esbozo de un concepto nuevo. De modo que henos aquí, condenados a vivir en el mundo en que vivimos." Pero -completa Furet- "semejante condición resulta demasiado severa y demasiado contraria a la idiosincrasia de las sociedades modernas para que pueda durar. La democracia genera, por el solo hecho de existir, la necesidad de un mundo posterior a la burguesía y el capital, en que pudiese florecer una verdadera comunidad humana". Hoy enfrentamos una paradoja: son los populistas de derecha quienes amplían la participación electoral seduciendo a los abstencionistas.

En un artículo titulado "Memoria y esperanzas de la izquierda", publicado en la Review, el historiador italiano Enzo Traverso, escribe que las derrotas y los fracasos de las revoluciones del siglo XX siguen actuando con un peso apabullante que paraliza la imaginación utópica. Asistimos entonces a un eclipse general de las utopías. Las esperanzas de emancipación y los sueños prometeicos mutaron en distopías de pesadillas futuras ,hechas de catástrofes ecológicas y sociales? El término "Antropoceno" -acuñado por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen en 2000 para señalar los efectos irreversibles de las actividades humanas en los ecosistemas y el clima del planeta, que habría reemplazo al Holoceno- rinde cuenta de las preocupaciones hacia un futuro ambiental incierto, lleno de imágenes apocalípticas, pero que no concita una acción global decidida para enfrentarlo.

En ese marco, el presente absorbe y disuelve el pasado y el futuro. Un nuevo tipo de "desencantamiento" del mundo se vincularía hoy con la falta de alternativas. La paradoja es que asistimos a un auge de la "memoria", en el cual el pasado se presenta como un paisaje traumático y catastrófico hecho de guerras, totalitarismos y genocidios y el futuro sólo puede ser predicho en términos de catástrofe. Así tenemos "una izquierda melancólica amputada de su principio de esperanza". Pero tampoco, podemos agregar, el liberalismo puede mantener el optimismo del "fin de la historia" de antaño o del progreso indefinido.

En este contexto, el teórico de la cultura Mark Fisher, recientemente fallecido, habla de "realismo capitalista" en un libro que lleva ese nombre, en el sentido de que no sólo el capitalismo sería el único sistema económico viable sino que, además, es imposible incluso imaginarle una alternativa. Da como ejemplo la película apocalíptica Niños del hombre (2006, basada en una novela de 1992). Es el mundo en 2027. No nacen bebés desde hace casi dos décadas. El planeta está en ruinas salvo el Reino Unido, por lo que masas de inmigrantes ilegales buscan santuario allí, donde el gobierno impone opresivas leyes de inmigración sobre los refugiados, que son encerrados en jaulas en plena calle. No hay distopía totalitaria, pero tampoco democracia; sólo una suerte de decadencia general de lo existente y restos del pasado que ya no significan nada, como un Guernica de Picasso en una de las escenas: no hay memoria que pueda "leerlo". Fisher hace unas observaciones que valen para el contexto actual: señala que en el film la catástrofe no es inminente ni es algo que ya haya ocurrido; por el contrario, se la vive mientras transcurre; el desastre no tiene un momento puntual; las causas de la catástrofe nadie las sabe. ¿Acaso no ocurre algo parecido con las crisis actuales y una economía "financiarizada", con sus instrumentos especulativos incomprensibles para el 99% de los ciudadanos e "irregulables" para los Estados? Como escribió Tony Judt en su libro Algo va mal, "ya no sabemos cómo hablar sobre lo que está mal, y mucho menos intentar solucionarlo".

Las utopías tecnológicas parecen no llenar el vacío y además están cargadas de miedos. El documental sobre Internet del veterano cineasta alemán Werner Herzog Lo and Behold deja ver parte de los temores a la vulnerabilidad que implicaría, por ejemplo, un colapso de la Red por algún fenómeno cósmico, como una tormenta solar, que podría implicar una especie de crisis civilizatoria. Con la llamada "Internet de las cosas" perdemos a su vez gran parte de nuestro control, hoy en manos de científicos con sus propios proyectos, a menudo desconectados del control democrático (los políticos, por otra parte, ¿cuánto saben de lo que legislan sobre estos temas?). En ningún momento del documental los científicos abordan el vínculo entre progreso técnico y felicidad (o bienestar humano). Incluso la conquista de Marte, con Internet incluido, aparece como una especie de reaseguro civilizatorio en caso de crisis. Sólo una cosmóloga advierte que sería mejor cuidar este mundo que buscar alternativas de migración interespacial. Posiblemente lo que se quebró para siempre es la idea de que el progreso tecnológico traerá más felicidad.

Ver el contexto

Internet sin duda cambió el mundo, y en muchos sentidos para bien. Pero también contribuyó, junto a muchos otros cambios tecnológicos y societales, a la "sociedad del rendimiento" que, según el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, reemplazó a la "sociedad disciplinaria". Y si cada época tiene sus "enfermedades emblemáticas", el siglo XXI, desde un punto de vista patológico -sostiene Han- no será ni bacterial ni viral, sino neuronal. El bienestar y el malestar no pueden depender sólo de comparaciones históricas lineales. Y la percepción de justicia o injusticia es contextual y depende de muchos elementos del presente.

Y en el presente hay buenas razones para el malestar. Que los negros en Estados Unidos hayan tenido que poner en pie un movimiento llamado "Las vidas negras importan" -frente a los cotidianos asesinatos policiales-no se puede opacar con estadísticas sobre la vida tribal en África; que los jóvenes europeos crean que van a vivir peor que sus padres parece más que autosugestión colectiva de los nuevos millennials. Temer volar con una bomba en una feria navideña -aunque las probabilidades sean bajas- no deja de ser un buen insumo para los "populistas de derecha".

"Muy rápidamente diría que el pesimismo sobre los logros se alimenta de una especie de sospecha sobre su sostenibilidad, solidez y amplitud global. Las sociedades ?de bienestar' están incubando su segundo gran ajuste estructural desde los años 70", explica a la nacion el antropólogo Pablo Semán. "No sabemos cuántas generaciones más, en Europa, podrán tener la educación, el trabajo, la salud y las jubilaciones que hoy forman parte de la descripción optimista. Tal vez no perduren en una batalla en la que las posiciones del capital son cada vez más agresivas y sin mediaciones."

"La historia vuelve a ser ese túnel en que el ser humano se lanza, a ciegas, sin saber adónde lo conducirán sus acciones", escribió Furet. En ese marco, los análisis históricos nos sirven para escapar de la nostalgia, pero las precariedades del presente son una fuerza poderosa que alimenta nuevos inconformismos sociales, aunque, a diferencia de lo que se creía en el pasado, no tengan "los vientos de la historia" a su favor.

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