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Un país grande, no un país líder

En tiempos de rediseño de reglas internacionales, los liderazgos políticos son claves para mantener el equilibrio global

PARA LA NACION
Lunes 30 de enero de 2017
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La coyuntura económica internacional está marcada por la incertidumbre. Y ese recelo tiene origen político ya que son los factores políticos los que tienen la facultad de alterar las reglas de juego de la economía global, como es el caso de los cambios que se esperan luego de la asunción de Trump y los pasos que debe dar el Reino Unido en función del voto por el Brexit. Esto genera un gran desasosiego en los países emergentes como el nuestro debido a que la primera señal de la Fed de pasar a la etapa de incremento de tasas de interés podría tornar más escasos los flujos de capital hacia estas economías, donde las inversiones se necesitan como el agua.

Hoy podría pensarse que este clima incierto, al menos en Estados Unidos, no ha sido suficiente para instalar un ambiente de pesimismo, ya que se cree que la política de Trump será expansiva. Sin embargo, muchos analistas coinciden en ser escépticos por dos razones fundamentales. La primera es que la política fiscal y el proteccionismo pueden ser expansivos a corto plazo, pero para sostener el crecimiento es necesario mucho más que eso. La segunda es que no puede ocurrir que Estados Unidos se haga proteccionista sin que surja la amenaza cierta de retaliación por parte de otras potencias económicas, en particular de China.

"Ajústense los cinturones", recomendó hace pocos días Paul Krugman, al referirse a los postulados proteccionistas de Trump y a la reacción que sus decisiones despertarán en otros países. "Habrá represalias grandes -advirtió el premio Nobel-. Cuando se trata de comercio, Estados Unidos no es una gran superpotencia, China también es un jugador enorme y la Unión Europea es todavía más grande."

Este nuevo escenario obligaría a redefinir las reglas actuales de la globalización. Y es difícil ser optimista sobre la facilidad y la armonía con que tal redefinición de reglas podría ocurrir, dado el tiempo que tomó desarrollar las normas vigentes, que de todas formas distan de ser óptimas. Un desorden del comercio internacional puede pagarse muy caro. Recordemos que en 1930, cuando se implementó la ley de aranceles en Estados Unidos, su comercio se redujo en alrededor del 40%.

En contextos en que por distintas razones debe haber un rediseño de reglas internacionales, los liderazgos políticos son claves para, por un lado, proponer las reformas y las nuevas reglas de juego y, por otro, coordinar los procesos internacionales de reforma. Y es aquí, precisamente, donde aparece la incertidumbre que caracteriza la economía global actual. En primer lugar, con Trump, los Estados Unidos se están comportando como un país grande, no como un país líder. Esto es así cuando Trump se involucra directamente en desviar inversiones del sector automotor desde México hacia Estados Unidos. El efecto será crear más empleo en Detroit, pero también incrementar los precios de los vehículos para los consumidores en Estados Unidos y agravar el problema del empleo en México. Ambos hechos claramente no ayudarán ni a mejorar los salarios reales ni a solucionar el problema de los inmigrantes ilegales. Estados Unidos tiene todo el derecho de defender sus intereses nacionales. Pero justamente por ser la economía más grande e innovadora, en su propio interés debe advertir que sus decisiones ejercen un impacto directo sobre el equilibrio global, y si la secuela es perjudicial para la economía mundial, lo será a la larga también para Estados Unidos.

En segundo lugar, en el caso de Europa, tampoco aparecen las ideas o los políticos para un liderazgo global. Aunque haya optado por el Brexit, para vender sus productos dentro de la UE el Reino Unido debería adaptarse también a las normas de la UE. Esto significaría que el Reino Unido tendría que cumplir normas en cuya elaboración no tendrá injerencia. Así, en un mundo interdependiente, una decisión que en principio pareciera favorecer al país -como el Brexit- termina siendo perjudicial. Para vivir en un mundo global y captar los beneficios de la globalización hay que adaptarse a las reglas de ese mundo. Por ahora, el Reino Unido le está dando más importancia al control de la inmigración -algo que gana al salir de la UE- que al acceso a los mercados. En esto, la estrategia coincide con la de Trump. Una opción que puede ser buena para ganar elecciones y popularidad, pero que es complicada para sostener el crecimiento.

Naturalmente, un país como Estados Unidos tiene una mayor capacidad de influir sobre las reglas globales. Pero eso no implica que las normas puedan hacerse a la medida del país más grande. Implica que ese país por su propio peso puede ejercer un rol de liderazgo y contribuir de manera activa en el diseño y la implementación de reglas. En este sentido, los puntos que generan incertidumbre son esencialmente dos: si la administración Trump pasará de proponer políticas para un país grande a proponer políticas dignas de un país líder y, si ello ocurre, cuándo trabajará en pos de un orden global reformado.

Dentro de este contexto, la buena noticia es que nuestro país ha implementado una serie de iniciativas que denotan que existe plena conciencia respecto de esta incertidumbre global. Entre estas medidas se destacan la gestión activa en la colocación de 20.000 millones de dólares. Esto tiene sentido si se espera que la situación financiera empeore para los países emergentes durante el año. Financiar el déficit fiscal es clave para mantener con vida el enfoque gradualista. Por otra parte, los cambios en Hacienda generan la expectativa de un mayor orden macroeconómico, algo que es necesario para que las ventanillas de financiamiento externo sigan abiertas a tasas razonables.

El otro eje clave es la preocupación por mejorar la competitividad en un mundo que parece avanzar hacia un mayor proteccionismo y en el cual será más difícil insertarse. La buena noticia en este sentido es la firma del convenio para la explotación de Vaca Muerta. Más allá de los detalles, la importancia política del acuerdo reside en que muestra el camino para unir la búsqueda de la competitividad con la economía política. En la Argentina, las negociaciones entre empresas y sindicatos se limitan casi por completo a discutir salarios y condiciones de trabajo. La cuestión de cómo cooperar para incrementar la productividad suele quedar fuera de la mesa de diálogo.

El convenio sobre Vaca Muerta es novedoso justamente porque la cuestión de cómo incrementar las inversiones, el empleo y la productividad estuvo en el centro desde el principio y, además, participaron sectores que tienen mucho poder en la puja distributiva: los sindicatos, las provincias y las empresas. El Estado nacional jugó un rol de coordinación y facilitación que es lo que se espera de una burocracia eficiente.

La Argentina está dando pasos para estar mejor preparada ante una coyuntura global con una gran cuota de incertidumbre. Y eso es clave ya que, históricamente, una de las deficiencias de la política económica nacional ha sido no tomar suficientemente en cuenta que una economía pequeña como la nuestra no tiene otra opción que adaptarse a las condiciones internacionales. El enigma hoy es cuáles serán los pasos que dará Estados Unidos, si los de un país grande o los de un país líder.

Director de Abeceb; ex secretario de Industria, Comercio y Minería

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