Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Un ingreso universal que compense la pobreza y el desempleo

Probar un programa piloto al estilo de los de Finlandia o Canadá despejaría dudas y permitiría prepararse para el futuro

Eduardo Levy Yeyati

SEGUIR
PARA LA NACION@elyblog
Miércoles 01 de febrero de 2017
0

"Debemos crear empleo y debemos crear ingreso. El pueblo debe convertirse en consumidor de una manera o de otra. La solución de la pobreza es abolirla directamente mediante el ingreso garantizado." Esto decía Martin Luther King, en su último libro, Adónde vamos: ¿caos o comunidad? (razonando, como Henry George antes que él, que el trabajo que hace progresar a la humanidad no es el que se hace para satisfacer necesidades básicas).

King no fue el primero en pedir un ingreso universal; entre sus precursores se cuentan el califa Abu Bakr, suegro de Mahoma; el pensador utópico Thomas More; el revolucionario estadounidense Thomas Paine (versionando el seguro social de su amigo el marqués de Condorcet); o el filósofo libertario y Nobel de Literatura Bertrand Russell.

Más cerca en el tiempo, en 1968 economistas progresistas como Paul Samuelson, James Tobin y John Kenneth Galbraith hicieron circular una carta abierta al Congreso de los Estados Unidos pidiendo un ingreso garantizado, que firmaron conservadores como Friedrich Hayek y Milton Friedman y más de mil economistas, lo que llevó al presidente republicano Richard Nixon a enviar en 1969 su malogrado Plan de Asistencia Familiar.

Hoy son varios los pilotos que experimentan con variantes del ingreso universal. Desde el sector público, el más sonado sin dudas es el de Finlandia, donde 2000 personas sin trabajo recibirán 600 dólares por mes, pero en la India planean extender el plan piloto de 2010 en el estado de Madhya Pradesh, en la provincia canadiense de Ontario anunciaron que repetirán el experimento Mincome de Manitoba de los años 70 y en la holandesa Utrecht 250 beneficiarios de planes recibirán 1100 dólares por mes por dos años. Y desde el sector privado, de la mano de ONG y emprendedores, se anunciaron planes piloto en Kenia y Uganda, y en Oakland, California.

El ingreso universal tiene promotores políticos por izquierda y derecha. El líder laborista británico Jeremy Corbyn, el probable ganador de la interna del socialismo francés Benoît Hamon y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se expresaron a favor de explorar activamente la idea.

También tiene sus críticos por derecha e izquierda. Para empezar, la propuesta cuesta dinero. Es cierto que el progreso tecnológico, al sustituir trabajo y aumentar la productividad, volverá más ricos a los dueños de la tecnología y que parte de esta riqueza podría, a través de impuestos, solventar el ingreso universal. Pero un exceso de impuestos podría ahogar la inversión y el progreso, y un déficit de recursos podría desfinanciar el sistema, como ya lo hizo con las jubilaciones. La complejidad de esta ecuación fiscal no debe subestimarse.

Por otro lado, el ingreso universal es una idea en busca de diseño. De hecho, suelen mencionarse, muchas veces de manera intercambiable y confusa, tres variedades muy distintas en sus alcances y efectos. La variedad clásica es el ingreso básico incondicional. La variedad "conservadora" es el impuesto negativo al ingreso de Friedman, incondicional como el ingreso básico pero progresivo, es decir, mayor para que el que menos gana: el Estado paga el impuesto a los que no superan un umbral mínimo de ingresos y cobra el impuesto a quienes superan un umbral máximo. La tercera variedad es un suplemento salarial que garantice un piso de ingresos a las personas con ingresos: de nuevo, el Estado paga más a los que menos tienen, pero lo hace sólo a los que ya tienen un trabajo rentado.

Es fácil ver cómo el diseño del ingreso universal plantea al menos dos delicados problemas morales.

Primer problema moral: ¿debería pagarse sólo a los que tienen un empleo registrado, como complemento y premio al esfuerzo, o a todos, incluso a los que no tienen ninguna intención de trabajar? En el primer caso, quedarían afuera los muchos trabajadores informales que no pueden verificar sus ingresos. Y también los voluntarios de los comedores barriales, los poetas y músicos y artistas y deportistas vocacionales. (Después de todo, ¿de qué hablamos cuando hablamos de trabajo en el siglo XXI?)

Segundo problema moral: ¿debería recibir más el que menos tiene, todos lo mismo o más quien más trabaja? El primer caso, más progresivo, es bueno para la equidad, pero potencialmente malo para el trabajo. El segundo, el clásico, paga lo mismo a Bill Gates y al indigente. El tercero, el suplemento salarial, es ideal para compensar la caída de horas trabajadas por sustitución tecnológica (todos trabajamos menos horas para que trabaje más gente y completamos el salario con un suplemento por cuenta del Estado) pero es potencialmente malo para el trabajo y muy malo para quien no tiene un trabajo registrado.

Además, cualquier evaluación debe tomar en cuenta el punto de partida. El caso argentino, por ejemplo, es una combinación de transferencias fiscales a hogares de bajos ingresos (como la asignación universal por hijo) y una versión de facto de la garantía laboral (el enfoque que promueve que el Estado garantice empleo a los que no lo consiguen en el sector privado en períodos recesivos).

En este contexto, un ingreso básico clásico que mejorase las transferencias actuales sin duplicarlas probablemente elevaría la propensión al trabajo rentado, pero por sus costos no podría reemplazar la garantía laboral del empleo público. Del mismo modo, el suplemento laboral sería eficiente para completar nuestra red de protección social, alentando el trabajo sin modificar los programas existentes, pero sería inviable en un país con cerca de 10% de desempleo y un tercio de trabajadores informales.

Como se ve, el problema no es para nada trivial: sus muchas dimensiones exceden los modestos límites de un problema económico. De hecho, si tuviera que expresar mi preferencia personal, no podría hacerlo; dado que ésta es una idea que necesita años de maduración, para pensar su diseño necesitaría imaginar la sociedad de la Argentina de 2030.

Pero esto no implica que haya que esperar a 2030 para actuar.

Muchas de las preguntas sin respuesta de este debate tienen que ver con la reacción del beneficiario. ¿Cómo cambian sus elecciones laborales y de formación, su relación con su familia, con sus hijos? ¿Cómo se siente, psicológica y físicamente, con un beneficio que no elimina la opción del trabajo, pero amplía su menú de opciones? ¿Cómo varía todo esto con la edad, la educación, el punto de partida del beneficiario; con su cultura y la de su entorno?

¿El ingreso universal compite con el trabajo? ¿Reduce la marginalidad y la pobreza? ¿Estimula el estudio y la movilidad social o la compra de televisores y tabletas? Son todas preguntas que podrían empezar a dilucidarse si hiciéramos nuestro experimento piloto, en línea con los que se piensan en Finlandia o Canadá.

¿Por qué hacer un plan piloto en la Argentina, ahora? Porque no es muy costoso; porque si bien el desempleo tecnológico hoy no parece una amenaza urgente, puede llegar a serlo pronto; porque los desafíos gemelos de la pobreza y el desempleo dominarán la agenda del desarrollo en los próximos años; porque, para avanzar, este debate necesita información que hoy no tenemos. En fin, porque las políticas para el largo plazo llevan tiempo y se siembran en el presente.

Economista y escritor

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas