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Regresar al cielo. El sueño espacial volvió: ¿qué nuevos relatos genera?

Iniciativas privadas a manos de millonarios que intuyen un negocio a lo lejos, actores internacionales entre los que asoman China e India y la visión de un planeta Tierra exhausto que cifra su supervivencia en la colonización del universo: los motores de una era galáctica distinta se encienden con una aspiración, la de la especie multiplanetaria

Domingo 05 de febrero de 2017
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PARA LA NACION
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Foto: Juan Colombato

En una plataforma flotante en el océano Pacífico, un obelisco espacial desafía las fronteras de aquello que entendemos como bello. El cohete reutilizable Falcon 9 regresa, vuelve a estar entre nosotros luego de palpar el cielo. Acompañado por un coro de gritos y una lluvia de aplausos de empleados en clara sobredosis de excitación, desciende con la gracilidad de un ángel caído de acero. La máquina-estrella de la compañía SpaceX es colosal, alta como un edificio de quince pisos, blanca. Como diría el historiador David Nye, tecno-sublime: aquel sentimiento cuasi religioso de asombro y maravilla despertado ante desarrollos tecnológicos impresionantes. Una reacción similar a la que emerge ante espectáculos de la naturaleza como las cataratas del Iguazú, el glaciar Perito Moreno, el Gran Cañón o construcciones como Machu Picchu y la Gran Pirámide de Guiza.

Desde que la humanidad se convirtió en una especie espacial el 4 de octubre de 1957 al grito de Poyejali! (¡Vámonos!) de Yuri Gagarin, cada lanzamiento -desde Cabo Cañaveral, los cosmódromos de Baikonur, Jiuquan o Kourou (Guayana)- deja su huella en la memoria de los testigos. Cada vuelo al más allá tuerce la percepción del tiempo y del espacio entre los sobrevivientes de aquel fervor que supo ser global. Como una tribu con códigos privados y secretos, entusiastas y aficionados -herederos del movimiento cosmista ruso de mediados del siglo XX- hacen lo imposible, de madrugada, mañana o noche, para hallar en la Web aquello que ya ni los noticieros ni la televisión en general se molestan en mostrar: nuevos episodios de la mayor aventura de la humanidad, la exploración del espacio. Somos la primera generación de la historia en asistir a la conquista del universo y somos al mismo tiempo la primera en darle la espalda.

Desde tiempos remotos y olvidados, cada cultura vio en el cielo lo que quiso y pudo ver. Los antiguos egipcios concebían al universo como una caja. Para los mayas las estrellas eran los "ojos de la noche". Astrónomos hindúes pensaban al sol como un útero dorado. Y los antiguos habitantes del Chaco -los mocovíes y los tobas- percibieron en la Vía Láctea un enorme ñandú celestial. Como un test de Rorschach, cada pueblo plasmó allá arriba la angustia ante lo desconocido que sentían acá abajo inventando cosmologías, formas de interpretar lo que observaban.

Parece mucho pero es poco: nos tomó sólo diez mil años para pasar de la Edad de Piedra a la Edad de las Estrellas. En el siglo XX, invadimos el espacio y el espacio invadió nuestra imaginación: como frontera final, como terreno a conquistar, como pista de una carrera política, ideológica, cultural.

Sólo había que eyectarse al espacio, experimentar el abismo, caer hacia el cielo. Y embriagarse de vértigo.

Si el hombre ideal del siglo XVIII fue Robinson Crusoe, el hombre (y mujer) ideal del siglo XX, en cambio, fue el astronauta, el pionero del mañana. Por un breve lapso, su figura ocupó el lugar del ídolo total, el superhombre (y supermujer) terrestre. "Siempre me ha parecido sorprendente que uno de los mayores logros del milenio, la llegada de Neil Armstrong a la Luna, un triunfo de valor y tecnología, no haya tenido prácticamente ninguna influencia en el mundo en general -escribió desilusionado J. G. Ballard-. Neil Armstrong puede que sea el único ser humano de nuestro tiempo en ser recordado dentro de 50.000 años pero para nosotros su logro significa prácticamente nada."

La Era Espacial, que iba a durar cientos o miles de años, culminó en un par de décadas. La chispa de la fascinación se extinguió; el músculo del asombro languideció. El universo dejó de ser aquel punto de fuga de la imaginación. Con sus hazañas y dos grandes tragedias, el transbordador -el Columbia, el Challenger, el Discovery, el Atlantis y el Endeavour- demostró el poder y velocidad del desencanto. Condensó el triunfo de la imaginación técnica y un sentimiento de realidad perdida. Lo extraordinario se había vuelto rutina. Al sueño espacial lo aniquiló el control remoto.

El fin de la infancia

En la oficina 357 del Science Center de la Universidad de Harvard, se fusionan pasado, presente y futuro en las paredes. Antiguas publicidades de astronautas conviven con pósteres vintage de propaganda espacial rusa, estantes con libros como El mito de la máquina de Lewis Mumford y muñecos de Star Trek. "La ficción terminó siendo más atractiva que la misma realidad. Las películas de sci-fi situadas en el espacio y que se pueden disfrutar en tu propia casa o en el cine cercano resultaron experiencias mucho más inmediatas para ciertos espectadores que aquellas experiencias distantes cometidas por astronautas desconocidos -me dice el historiador de la ciencia Matthew Hersch y autor de Inventing the American Astronaut-. Dos mensajes de marketing simultáneos y contradictorios le costaron caro a la NASA en los años 80: los viajes espaciales eran excitantes y, a la vez, eran rutinarios y cualquier persona podía hacerlos. Los transbordadores espaciales fueron vendidos como una aerolínea, como cargueros. A la gente le suele gustar una aventura cuando hay cierto peligro. Nadie se sienta al lado de una autopista a ver los autos pasar. Pero miles van a ver carreras de autos como Nascar o Fórmula 1 para sentir la emoción del riesgo."

La llegada a la Luna fue excitante porque Estados Unidos tenía un competidor enfrente. Sin la competencia de la Unión Soviética, ir a la Luna perdió todo atractivo para los televidentes. El futuro había arribado muy rápido. La ciencia ficción había llegado ahí antes.

Con la contaminación lumínica y nuestros ojos anclados en las pantallas, abandonamos aquella tentación proveniente del origen de la humanidad. Durante varias décadas dejamos de practicar el revolucionario acto de mirar hacia arriba.

Hasta ahora. Una nueva carrera de a poco vuelve a configurar el asombro espacial. Ya no es entre regímenes e ideologías políticas sino privada, un juego entre millonarios que huelen un negocio a lo lejos. Con sus vuelos experimentales y sus sueños desaforados, el multifacético Elon Musk -de SpaceX-, Jeff Bezos -fundador de Amazon y Blue Origin- y Richard Branson -Virgin Galactic- buscan llegar más alto, más rápido y antes.

La nueva carrera tampoco tiene un cariz binacional. China, India, los países del bloque europeo y la eternamente presente y pionera Rusia también tienden la vista hacia las profundidades del espacio, el nuevo océano cósmico. Sin discursos populistas de presidentes, ha comenzado la Segunda Era Espacial.

Cosmos Sapiens

Desde hace milenios las personas han mirado el cielo nocturno y se han preguntado por nuestro sitio en el universo. Como recuerda el astrofísico Neil deGrasse Tyson en Crónicas espaciales, los seres humanos, contrario a otros animales, nos sentimos perfectamente cómodos durmiendo de espaldas, lo cual nos ha permitido mirar el inabarcable cielo nocturno mientras nos quedamos dormidos y así poder soñar sobre nuestro sitio en el cosmos y preguntarnos qué falta por descubrir en los mundos más allá.

No fue sino hasta el siglo XVII que alguien pensó seriamente en la posibilidad de explorarlo. "Con seriedad y buenas bases afirmo que es posible confeccionar un carruaje volador en el que el hombre pueda sentarse y darle tal impulso como para que lo lance por el aire -especulaba en 1638 John Wilkins, obispo de Chester y miembro fundador de la Royal Society, en El descubrimiento de un mundo en la Luna-. Así, no obstante todas las aparentes imposibilidades, es muy posible la invención de una manera de viajar a la Luna."

Desde entonces, pasaron 378 años y el ímpetu sigue intacto. Lo demostró en septiembre pasado el innovador supremo de nuestra época, el Tony Stark de carne y hueso, el sudafricano Elon Musk cuando se apoderó del gran escenario del Congreso Internacional Aeronáutico en Guadalajara, México, y reveló su plan para colonizar Marte: "Hay dos direcciones. O nos quedamos en la Tierra y eventualmente nos extinguimos. O nos convertimos en una especie multiplanetaria".

La narrativa nacionalista que envolvía hasta ahora la exploración espacial fue remplazada por un relato más desesperante: el del éxodo. "Creemos que Marte fue alguna vez como la Tierra -continuó el también fundador de la compañía de autos eléctricos Tesla-. Si logramos calentarlo, conseguiremos una atmósfera y océanos. Colonizarlo. Fundaremos ciudades, comenzando en 2024, y luego estableceremos estaciones en lunas como Europa, Titán, Encélado desde las que podríamos ir a cualquier lugar del sistema solar."

Anuncios grandilocuentes de este tipo apelan al llamado del cosmos, aquel instinto moldeado por la selección natural que lleva dormido décadas desde la partida de las sondas interplanetarias Voyager, y que en los últimos años ha vuelto a palpitar con cada hallazgo de un nuevo planeta extrasolar -ya van 3571- y cada viaje espacial humano -más de 530 personas tuvieron el privilegio de ver a la Tierra desde afuera-, pese a la indiferencia generalizada.

Los retratos marcianos hechos por los robots Spirit, Opportunity y Curiosity; las fotos del majestuoso Saturno tomadas por la sonda Cassini, que sacan el aliento; la llegada de la New Horizons por primera vez al esquivo y degradado Plutón y la misión Dawn al también planeta enano Ceres; la hazaña de la misión europea Rosetta y el robot Philae en el cometa 67P y el ambicioso programa espacial chino -que ya cuenta con una nueva estación espacial llamada Tiangong-2 y planes para volver a la Luna- encienden los motores de esta nueva era. Nos tientan para seguir, para dejar de ser observadores pasivos, ir más allá del vacío espacial, pese a la hostilidad de un universo indiferente. Ya no para saciar nuestra curiosidad sino para salvar a nuestra especie.

Uno y el universo

"El descubrimiento nunca es por el descubrimiento per se sino por el bien de la supervivencia humana -dice el personaje Al Harrison (Kevin Costner), en la película recientemente estrenada Talentos ocultos, sobre las hasta ahora poco reconocidas matemáticas afroamericanas de la NASA que hicieron posible la carrera espacial-. Siempre vendrá con un riesgo. Tenemos que saber qué hay ahí afuera. Tenemos que tocar las estrellas."

Así como la primera Era Espacial fue impulsada por películas como 2001: Odisea del espacio, Solaris, Naves misteriosas, Destination Moon, Elegidos para la gloria y los videos educacionales de Disney Man in Space, Man and the Moon y Mars and Beyond (con la participación estelar del ingeniero espacial Werner Von Braun), este segundo capítulo de la especie humana cuenta con títulos como Alerta solar, Moon, Love, Europa Report, Gravedad, Interstelar, Misión rescate, Approaching the Unknown, la miniserie Mars de NatGeo, Passengers, Arrival, The Space Between Us,, películas animadas como la japonesa Royal Space Force: The Wings of Honnêamise y cortos del estilo de Wanderers que renuevan nuestra capacidad de asombro y el romanticismo del viaje espacial. Alimentan un sueño colectivo y alientan la adopción de la llamada perspectiva cósmica, es decir, aquella que nos revela nuestra insignificancia, nuestra verdadera dirección postal: habitantes de un planeta minúsculo y azul, que gira alrededor de un sol no muy especial en el "Brazo de Orión" de un mar de cientos de miles de millones de estrellas -la Vía Láctea-, en una zona periférica de un supercúmulo galáctico conocido como Laniakea, rodeado de vacíos gigantes similares a burbujas, murallas de filamentos y telarañas cósmicas cuyo límite último es poéticamente denominado "el final de la grandeza", dentro de uno de los muchos universos que se suponen que existen.

La Segunda Era Espacial exige que volvamos a ser lo que siempre fuimos: nómadas. Como decía el gran sacerdote del cosmos, Carl Sagan, en Un pálido punto azul, durante el 90% del tiempo que nuestra especie deambuló por la Tierra, nos negamos a asentarnos en un lugar. Sin embargo, en los últimos diez mil años -un bostezo en nuestra biografía- abandonamos esa forma de ser, fuimos en contra de nuestra esencia, nos encarcelamos en países y ciudades. Tras cuatrocientas generaciones, el sedentarismo, la agricultura y la domesticación de los animales extendieron la expectativa de vida pero al mismo tiempo nos condenaron a vivir con una permanente insatisfacción. La salida de África, las migraciones de Siberia a Alaska hace 11.500 años, las travesías en canoa de los argonautas indonesios en el Pacífico y demás exploraciones -de vikingos, españoles y portugueses, de noruegos y suecos al polo norte y sur- fueron a su modo consecuencia de aquel sentimiento de ausencia, una inquietud, el deseo de saber que hay más allá de donde llega nuestra vista.

Puede que tome cien o doscientos años y salir de nuestro actual estado de infancia tecnológica. Para los antiguos griegos y romanos, el mundo conocido se conformaba de Europa y ciertas secciones de Asia y África, rodeadas de un océano infranqueable. Aventurarse a traspasar aquellos límites tomó un largo tiempo y batallar con quienes lo veían como ridículo e imposible. Pero eventualmente el viejo mundo fue al encuentro de uno nuevo.

Ahora hay que embarcar una vez más. "Nuestra genética oculta nos impulsa hacia arriba, nos eleva hacia afuera -decía Ray Bradbury, el poeta estelar-. No podemos resistirnos al impulso de dejar una pisada en Marte, como lo hicimos en la Luna. El medio ambiente celestial pide a gritos ser conocido. Tenemos que ignorar los susurros de la caverna que nos dicen: "Quédense".. Tenemos que escuchar a las estrellas que nos dicen: "Vengan'".

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