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Aquella primera vez

No se veían topless en la costa atlántica, pero las mallas de dos piezas causaban un escándalo hoy risueño

Viernes 03 de febrero de 2017

Fue en enero o febrero. Seguro, fue en el verano de 1952, en Mar del Plata, y el escándalo en la playa, abrumadoramente mayor que el de estos días en Necochea por tres topless que enardecieron las redes. Tiempos aquellos en que Perón venía de aplastar la revolución de Benjamín Menéndez, general nacionalista, y de triunfar, con la holgura del 11 de noviembre de 1951, en las segundas elecciones presidenciales a las que se presentaba.

En la segura compañía de un manso y avejentado correntino, Hortensio Quijano, ex alvearista, Perón había vencido a la fórmula radical Balbín-Frondizi. No todo era fiesta para él. Al comienzo del estío el general sobrellevaba problemas de grave hondura. No podía calmarlos con haber mandado a la cárcel a militares golpistas y aplastado en las urnas, en escrutinio terminante, a dos de los grandes políticos argentinos del siglo XX.

El gigantesco aparato propagandístico del régimen se hallaba preparado para artimañas de todo tipo. Incluso de las peores, pero no para ocultar el acelerado deterioro de salud de Eva Perón, la segunda mujer y figura decisiva en el encumbramiento y primer gobierno del general. El mayor de los secretos de Estado de la época se develaba, en hogares, fábricas y oficinas, por un rumoreo incesante. Todos hablaban, cierto que en voz baja, bajísima, sobre una evidencia imposible de transfigurar en las imágenes fotográficas profusas de sí mismo del oficialismo, y en las que se proyectaban desde la flamante televisión, inaugurada un año antes. A tal punto se extremó la voluntad por preservar el secreto médico y político, hasta con la propia enferma, de lo que en verdad sucedía, que el profesor norteamericano George Pack, el médico que la había operado, comentó al oncólogo Abel Canónico, uno de los profesionales presentes en el acto quirúrgico, cuando retornaban en avión a Chicago: "Fue la primera vez, y será la última, que intervenga sin haber intercambiado con el paciente una sola palabra, ni antes ni después de la operación". Así me lo refirió Canónico.

En ese verano de 1952, con todas las razones para sopesar en soledad el inmenso impacto político y social que proyectaría a breve plazo la inevitable muerte de Eva, Perón preparaba un giro espectacular en su política económica. El trigo resultante de paupérrimas cosechas sería menos para "la mesa de los argentinos", según compadrearía el kirchnerismo, que para la mesa del mundo, ávido como empezaba a inquietarse el general por recuperar divisas al cabo de años de alegre dispendio. Esa apretada generalizada de cinturón la recuerdo por el oscuro y desabrido pan de mijo que comería, enclaustrado en un colegio pupilo, a lo largo de aquel año, y creo que del siguiente también.

El verano de 1952 era en Mar del Plata una flor en puro esplendor. Un verano abierto, como resumidero bullicioso de grandes y acelerados cambios en la vida social de los argentinos, al nuevo espíritu de la época. Comenzaba a modificarse para siempre la fisonomía definida del viejo balneario y emergía otro, más ecléctico, con la construcción numerosa de edificios de propiedad horizontal, que favorecía la ley de inmuebles de 1949, y con el turismo gremial, que fue comprando uno a uno los hoteles más empingorotados, los que habían marcado, junto con mansiones célebres, el estilo marplatense del pasado. Fue en enero o febrero, como decía, que explotó en Mar del Plata el hecho inolvidable, a 65 años de distancia, para quienes lo vivimos, entre arrebatos de la temprana adolescencia.

Estábamos en la arena un mediodía jugando al truco, chiquilines de 14 y 15 años, bajo una de las carpas de lo que llamábamos "la parte de los barcitos". Esa en que la Bristol se extendía, más allá del Casino Central y del Hotel Provincial, hacia el Torreón. Oficiaba de anfitrión en aquella comodidad playera, con casilla anexa para cambiarnos, Horacio Casares. Sería a breve plazo uno de los dos publicistas, curiosamente de igual nombre y apellido, de reconocido prestigio e influencia en el mercado.

Un griterío proveniente de la orilla detuvo en seco el truco-retruco de la partida. Abandonamos el mazo y, muchachos al fin, disparamos entusiasmados hacia el centro de la batahola que despuntaba. Lo primero que oí con nitidez fue un vulgar improperio, hoy casi en desuso por prevalencia de descalificativos más atrevidos y rotundos: "¡Chanchas, chanchas!", se desencajaba una matrona entrada en años y más en kilos, mientras arrojaba baldes de arena a las destinatarias del iracundo mensaje.

Me entreveré en el tumulto. Alcancé a observar en acción resuelta a una legión de mujeres, de edad variada, y a chicos que imitaban como titíes, tirando agua y arena con lo que había a mano, el desafuero de la matrona. Los hombres adultos se mantenían a distancia. Apostaban a un claro, y seguramente sabio, en-esta-no-me-meto: acaso lo hacían con la conciencia histórica anticipada de que en menos de cinco décadas las cuestiones de género se empinarían hasta la altura de las grandes cuestiones de Estado. Sucedía lo que nunca había sucedido. Sucedía que una multitud de mujeres sentía estragado el honor del género, inferido a pleno sol un pistoletazo a los cartabones impuestos por las buenas costumbres y las convenciones heredadas de padres y de abuelos, y hollada la dignidad del espacio público, que compartían pacíficamente entre todas. Reaccionaban, como quien quería poner a salvo los restos de un mundo en derrumbe, por la afrenta de dos mujeres que caminaban, de una playa a otra, ¡en malla (perdón) de dos piezas! Aquellas dos mujeres debieron haberse visto más solas que nunca entre ese gentío enardecido. Ni una sola voz, ni un gesto aislado en su defensa.

No he dicho que llevaran bikinis. El más atrevido diseñador hubiera estado lejos de soñar, en la Argentina de 1952, en tan escueta vestimenta, con la que Brigitte Bardot afianzaría años después su fama. Siempre juré para mí que aquellos trajes de baño de dos piezas de color negro, paradójicos blancos del escándalo, eran de una cobertura tan vasta, tan completa, tan recatada, si se me permite, y de tan abundante tela como la que habría insumido confeccionar las prendas más íntimas de la matrona, y de todas las matronas de entonces, que se desgañitaba en el conmovedor alarido de "¡chanchas, chanchas!", menos perplejo y más airado que El grito célebre de Munch.

En uno de los círculos de hombres, a los que atrajo sobre la arena el acontecimiento, prosperó con naturalidad la tesis de que aquellas dos pobres mujeres, nunca supe bien si sorprendidas o no por lo que acaecía alrededor, debían ser dos bataclanas, y de yapa, dupla que haría esa misma noche el doblete clásico: teatro primero y cabaret después. Los más asertivos señalaban, como confirmación inapelable de la conjetura, el aspecto de cafishios abacanados de los gentlemen que les oficiaban de escolta. El incendio se apagó al llegar el cuartero de viandantes más mentado de la temporada a la altura del viejo espigón de cemento: efectivos de la Prefectura Marítima ordenaron a las bataclanas retirarse ya mismo de la playa. Invocaron sin vacilar la "alteración del orden público" producida. Nadie se animaba por esos años, en apelación de tamaño fallo, a filosofar con agentes públicos sobre la naturaleza constitucional de los derechos inmarcesibles de las personas.

Las partidas de truco se reanudaron como si nada bajo la carpa de los Casares, pero matizadas durante varios días con la creatividad que suelen suscitar fenómenos populares inolvidables, como el que aquí se narra. Estimuló la imaginación en nuestro grupo, de chicas y chicos, la presencia de una muchacha sueca que solía acompañarnos, pero de la que poco o nada sabíamos. Era unos tres años mayor que nosotros, lo que a esa edad separa como un siglo, y disponía de una cierta temeridad que los varones admirábamos, tal vez con exceso, pero proporcionado a las diferencias de veteranía en favor de aquélla. Prosperó de tal modo la versión apócrifa de que también la muchacha sueca había ido a la playa con traje de baño de dos piezas. Detenida por la Prefectura, e informada de que sólo cabía estar allí con traje de una sola pieza, habría contestado: "Y bien, ¿cuál de las dos partes me saco?".

La historia se conoce tanto por la gastronomía (Jean-Francois Revel) y la vestimenta (Claude Stresser-Péan) como por las guerras. El general estaba absorbido, ay, por otra clase de disquisiciones cuando 1952 alboreaba. En cuanto a la sueca, cuyo pelo se hamacaba con el color del trigal cuando se entrega, me he preguntado con el tiempo qué habrá sido de su prometedora vida. Pero más todavía me he preguntado qué habrá de ser del encantamiento y asombro que producen las novedades sobre el comportamiento humano cuando se haya abatido el último límite, la última de las barreras establecidas.

Como la que se desplomó de golpe ante mis ojos de adolescente azorado aquella primera vez.

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