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Jukebox, una enciclopedia (segunda entrega)

Domingo 05 de febrero de 2017
PARA LA NACION
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Robot (del checo, robotnik, "trabajador forzado"): Sueño con el aterrizaje de un vehículo proveniente del cielo transportando un bicho esférico que se comunica conmigo en una lengua encriptada. Me dice que en su planeta, los empleados estatales son eunucos para evitar que la atracción sexual los distraiga de las tareas repetitivas. Le contesto que sin aparato reproductor, en este planeta no trabajaría nadie, ya que la única razón de cualquier emprendimiento es la inquietud sexual. Le explico el yugo de la creencia en la eternidad, si no del individuo, al menos de la especie. Y que quisimos creer que fuimos creados por un artesano extraplanetario y por automatismo imitativo construimos artefactos, parimos gente, construimos obras de arte, todo eso. Me pregunta qué es una obra de arte. Le contesto que es una máquina de pensar y de sentir. Entiende que el arte es una especie de robot.

Aparatos: Hay eruditos literatos, musicales, históricos, cinéfilos, científicos, políglotas. El primer erudito hoarder con el que me topé, algo así como una anticipación viviente de lo que luego sería Internet, era un miembro de mi familia llamado tío Armando, víctima perfecta de nuestra crueldad infantil. Representaba lo que con cariño se denomina un "aparato", mezcla de Bartleby, Rain man y Funes: timidez, voz nasal, inocencia y algo de autismo genial. Conocía de memoria la totalidad (sin exagerar) del repertorio operístico grabado desde los tiempos de Edison. Uno ponía a girar pasta, vinilo o plástico, y él, con tan sólo escuchar un par de segundos ya recitaba con voz monótona: compositor, título, intérpretes, año de grabación, compañía grabadora. Era infalible, una especie de insondable archivo orgánico. Con mis hermanos planeamos secuestrarlo y explotarlo para ganar dinero en Odol Pregunta pero su tartamudez era poco televisiva. Era un hombre bueno e inofensivo. Lo encontraron inanimado en el subte sin los 600 pesos de la jubilación y así se esfumó para siempre su infinita memoria analógica.

El mundo digital nos regala el espejismo de creernos todos eruditos. Pero la distancia entre un verdadero erudito y un wikípedo es sideral, ya que la inteligencia reside en lo instantáneo de la asociación y no puede esperar a que juguetes inalámbricos respondan desde Cupertino.

Ahora bien: ¿estamos todavía dispuestos a exclamar un "oh" perruno cada vez que alguien recita fechas, nombres, citas y gossips de personajes semidesconocidos, sabiendo que seguramente miró de refilón un wikimachete? O peor: ¿qué efecto digital (información, photoshop, 3D) todavía nos asombra, sabiendo que todo es posible, desde la sonrisa de un político hasta las piruetas de James Bond?

Creo que el arte, si pretende tener alguna trascendencia más allá de la sorpresa efímera, tendrá que ofrecer todo y sólo lo que lo digital no puede y no sabe ofrecer. Independizarse. Está en los artistas entender y descubrir dónde está ese "todo" y ese "sólo", pero estoy convencido de que el porvenir del arte está en el camino que las máquinas no saben y no sabrán nunca tomar.

El autor es compositor

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