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Todorov, un profeta contra el mesianismo

El intelectual, fallecido hace días, ejerció el pensamiento como una tarea de supervivencia colectiva
Tomás Borovinsky
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12 de febrero de 2017  

Sobreviviente del siglo XX, exiliado de la Bulgaria comunista, Tzvetan Todorov -que falleció el martes pasado , a los 77 años- se fue a estudiar a París sólo por un año, como relata en su libro El hombre desplazado, y terminó fijando residencia definitiva en Francia. Y si bien es académicamente reconocido por sus aportes a la crítica y la historia, en los últimos años ejerció el oficio de intelectual público, desatando aquí y allá debates y controversias de todo tipo.

Literalmente aquí y allá. En su visita a Buenos Aires en el año 2010 fue invitado a recorrer uno de los cientos de ex centros clandestinos de detención del terrorismo de Estado, la ex ESMA y el Parque de la Memoria, y levantó una polvareda importante. Señaló que no había suficientes referencias a la violencia política del período 1973-1976 y que extrañaba la falta de crítica a los métodos y los ideales de los grupos de la izquierda armada. Hasta aventuraba preguntarse qué hubiera pasado si éstos hubieran tomado el poder. En su crítica, la alusión a Pol Pot, líder del régimen comunista camboyano en auge a fines de los años setenta, no se hizo esperar. La reacción tampoco.

Foto: Marta Pérez / EFE
Foto: Marta Pérez / EFE

Pero esta observación no debiera sorprender demasiado: Todorov fue el autor de La experiencia totalitaria y siempre estuvo en guardia frente a todo germen totalitario potencial. Era un estudioso, y un crítico, de lo que él enmarcaba dentro de las formas mesiánicas de la política.

En esta línea, por momentos coincidiendo y superponiéndose con las posiciones de otros pensadores contemporáneos interesantes como John Gray, apuntaba contra todos los mesianismos políticos: los de la izquierda radical y los tecnocrático-neoliberales.

Todorov hallaba un hilo inquebrantable entre ciertos aspectos de las utopías comunistas y liberales. En su libro Los enemigos íntimos de la democracia denuncia las ideologías políticas que confían en las direcciones preestablecidas y en las metas históricas como garantías y excusas para la acción política. Todorov encontraba un afán mesiánico en la pulsión aceleradora común entre ciertas ideologías políticas modernas y estaba siempre alerta contra las promesas de instaurar de un tirón el paraíso en la tierra.

Utopías a cualquier costo

Todorov veía la historia política contemporánea como una serie de oleadas mesiánicas que se iban sucediendo unas tras otras. Desde la semilla revolucionaria francesa que expande a toda Europa el universalismo de la Revolución, pasando por la segunda oleada con el proyecto comunista que pretende exportar al mundo la utopía igualitaria a cualquier costo, hasta el proyecto neoconservador -y liberal hawk- que quiso "imponer la democracia mediante las bombas" a principios del siglo XXI.

Admirador de hombres tan disímiles como el pensador liberal Raymond Aron y como el gran crítico Edward Said, Todorov sabía rescatar elementos heterogéneos de distintos sistemas de pensamiento. Decía del primero que era el "comentarista político más lúcido" de la Francia del siglo XX, de quien recupera el concepto de "religión secular" para pensar las fuerzas políticas modernas. Y rescataba al segundo, al que dedica el libro El miedo a los bárbaros, como un autor que con su obra y su vida contribuyó al acercamiento entre las diferentes culturas.

Todorov no dejó tema importante del debate público mundial sin tocar: del terrorismo a la guerra, pasando por Fukushima. Frente al atentado de las Torres Gemelas de septiembre de 2001, rápido de reflejos, se opuso a la interpretación del acontecimiento en clave "choque de civilizaciones" y puso la mirada inmediata en los efectos mesiánicos de la reacción occidental sobre el resto del mundo.

También señaló los efectos paradójicos de la pretensión de internacionalizar la democracia y los derechos humanos por la fuerza. La caída de las tiranías de Irak, Libia y Siria implicaron la desaparición de tres tapones que detenían la proliferación del terrorismo en la región. Porque en muchas de estas intervenciones, dijo Todorov, "la buena voluntad choca contra una dimensión trágica de la historia".

Además, se vistió de profeta, como tantos otros que divisaron lo que se venía, se dedicó a señalar "algunos aspectos inquietantes" de la vida democrática contemporánea y puso la mira en los peligros que acechan la democracia desde adentro, como el individualismo extremo y la xenofobia. Apuntó a la irrupción del racismo y el tan mentado populismo (tapa del número de la Foreign Affairs que cerró 2016) como amenazas reales para Europa, Estados Unidos y el mundo, en momentos en que el triunfo del Brexit, Trump y quizás Le Pen podían parecer ciencia ficción.

Todorov pasó de esperanzarse con la conquista de la libertad tras la caída del Muro de Berlín a lamentarse por el destrato de los Estados europeos hacia su propia población que, en parte, terminó generando un malestar y una indignación que, como un bumerang, atentan contra la democracia y la vida colectiva desde adentro. Porque el más letal enemigo de la democracia no es exterior: es un enemigo íntimo. Occidente se muerde la cola y se devora a sí mismo. Pero lo último que se pierde es la esperanza y Todorov era un verdadero creyente en las capacidades del hombre para mejorar el mundo.

Todos somos hijos de la Ilustración, aunque la ataquemos y la critiquemos, señaló Todorov. Pero por sobre todo porque los enemigos de la Ilustración, así como también los enemigos de la democracia, demostraron ser mucho más resistentes de lo que imaginaban ilustrados y demócratas. La autoridad arbitraria, el fanatismo y el oscurantismo son, en palabras del pensador búlgaro, "como cabezas de hidra que vuelven a brotar una vez cortadas".

Por eso Todorov dedicó su vida, con sus aciertos, errores y polémicas, a la labor cotidiana de entender, alertar e invitar a los demás a ejercer el oficio del pensamiento. Porque el acto de pensar, cuando se lo toma en serio, no es un fin en si mismo: es una herramienta vital para la supervivencia colectiva.

El autor es doctor en Ciencias Sociales (UBA), investigador y docente universitario

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