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¿Qué le pasa al cerebro cuando leemos?

La lectura es un placer formativo y terapéutico, dice la neurociencia, y muestra que la ficción puede incluso cambiar el funcionamiento neuronal

Domingo 12 de febrero de 2017
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PARA LA NACION
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Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus.

"Algunas personas te dirán que los libros ya no son necesarios ahora que tenemos Internet. No les creas. Los libros nos ayudan a conocer a otra gente, cómo funciona el mundo, y en el proceso conocernos a nosotros mismos de una manera que no tiene nada que ver con lo que leemos en ellos, y todo que ver con la curiosidad, integridad e inquietudes que nosotros traemos", explica María Popova, la curadora del magnífico sitio web Brain Pickings, dedicado precisamente a rescatar libros, escritores y viejos manuscritos.

Más allá de los debates en torno a los nuevos medios y su influencia en nuestros hábitos de consumo (de la TV a la Web), o de la evolución misma del objeto libro, desde distintas disciplinas cada vez se presta más atención al efecto psicológico y neurológico que tienen los libros. Ya sea que hablemos del impacto del storytelling en la formación de nuestra cosmovisión y la propia narrativa a las propuestas relativamente nuevas como la biblioterapia que apelan a la utilización curativa de la lectura, existe todo un espinel interesante de visiones al respecto.

El filósofo Alain de Botton es uno de los tantos que aborda la temática, alternando preguntas existenciales vinculadas a la utilidad del arte para el individuo con cuestiones más puntuales como para qué sirve la literatura en un sentido más práctico (como explica este video de la ONG The School of Life). Además de generadores de empatía, bienestar y compañía, según De Botton, los libros también son perfectos "simuladores de realidad" en la medida en que nos permiten testear situaciones y aprender sin necesidad de la experiencia directa.

El poder de la narración

La cantidad de notas y estudios dedicados a indagar en los efectos de las historias en los últimos años es abrumadora. "Las historias de vida no sólo reflejan personalidad; son personalidad", explica Dan McAdams, profesor de psicología de la Universidad Northwestern, en un artículo de The Atlantic sobre el poder de los relatos sobre nuestra identidad, y cómo llegamos a ser lo que somos. Desde la psicología de la narrativa se plantea que nuestras historias de vida son más que páginas imaginarias de Wikipedia que citan datos específicos en un orden cronológico, sino series de vivencias que vamos hilvanando, integrando, separando y volviendo a unir en la búsqueda de sentido. El modo en que lo hacemos, las cosas omitimos y que incluimos, moldean nuestra persona; querer contarla es una pulsión natural en tanto se considera somos "animales narrativos", acostumbrados a comunicarnos a través de relatos.

En la misma línea, una nota reciente de Aeon Magazine explica la utilidad de las metáforas: consideraciones estéticas a un lado, no sólo se supone que una buena construcción literaria debe ayudarnos a entender mejor la realidad o a cambiar nuestra perspectiva, sino que también nos habla de quiénes somos.

Por eso, la incidencia de las historias no ha de ser tomada a la ligera, en especial cuando ciertos relatos se embeben en nuestra cultura volviéndose mandatos en torno a los cuales, para bien y para mal, muchos estructuran sus propias vidas. Aquellos "guiones" instalados colectivamente que sin darnos cuenta nos sentimos compelidos a seguir, y que generan una estigmatización de todo aquel que no se atiene a estas narrativas estándar.

Cambios neuronales

Ahora, ¿qué sucede en el cerebro cuando leemos? Resulta que no sólo podemos suponer el impacto profundo de una historia, sino que también podemos "verlo". Mediante imágenes por resonancia magnética, científicos de las universidades de Princeton y California observaron cómo reaccionaba el cerebro de voluntarios mientras escuchaban un cuento. En el emisor y el receptor se activaban áreas que regulaban la decodificación de los sentimientos ajenos y la sensibilidad moral.

Desde el descubrimiento de las neuronas espejo (aquellas que se activan cuando ejecutamos una acción y cuando observamos esa misma acción realizada por otro), la llamada "neurociencia de la empatía" se ha vuelto un campo de estudio en alza. Un trabajo publicado en 2011 en el Annual Review of Psychology mostraba de qué manera la gente que leía acerca de una experiencia exhibía actividad neuronal similar a la generada al experimentar en carne propia estas vivencias.

"Cuando nos topamos en la lectura con un pasaje de acción se activan áreas encargadas del procesamiento del lenguaje a la vez que se activa la corteza motora, la misma área que se activaría si estuviéramos viviendo la escena. Si la lectura nos atrapa hay cambios reales en la estructura cerebral que pueden medirse, y esa modificación se mantiene por cinco días, aún cuando hemos terminado el libro en cuestión", ratifica Marian Durao, psicóloga de la Fundación UADE y especialista en el tema. Por eso la lectura promueve la empatía.

Si bien para algunos estas hipótesis son demasiado complejas para ser corroboradas por resonancias magnéticas o discursos bienintencionados respecto de que la lectura se traduzca en un comportamiento más altruista, existen beneficios directos que se desprenden del hábito. Hay evidencia que señala que desde un punto de vista neurobiológico, leer tiene similitudes con el acto de meditar, con los mismos beneficios para la salud que los de la relajación profunda. Asimismo, los lectores regulares duermen mejor, tienen niveles de estrés menores, mejor autoestima y menos depresión que aquellos que no leen.

"Cuando adquirimos nuevos conocimientos a través de la lectura el cerebro cambia su estructura. Se fortalecen las conexiones neuronales (la famosa neuroplasticidad). Al entrenar el cerebro a través de la lectura ponemos en acción a una velocidad tremenda, complejos procesos semánticos, ortográficos y fonológicos. Hay muchas diferencias entre los cerebros de las personas alfabetizadas de aquellas que no lo están", continúa Durao, no sin advertir que los libros también pueden convertirse en refugio para no enfrentar tomas de decisiones o crisis.

Por otro lado, la neurocientífica Mary Immordino-Yang descubrió que a mayor nivel de identificación con los personajes o las situaciones de una narración, mayor es el incentivo para actuar sobre eso. Ante la pregunta de si puede un libro hacernos cambiar aspectos de nuestra persona, aunque con más instinto que evidencia científica, la escritora Alice Munro parecía responderse positivamente al afirmar que "sin importar si tiene un final feliz o triste, cada historia te mueve de forma que te sentís un persona diferente cuando terminás".

Ficción o no ficción

Yendo todavía un paso más lejos, ¿es posible pensar que los diferentes tipos de narrativas pueden influirnos de un modo distinto? ¿Nos afecta de igual manera una biografía, una novela o un poema? ¿Qué nos pasa cuando leemos ficción?

En el libro Such Stuff as Dreams: The Psychology of Fiction, de Keith Oatley (2011), se explica un poco más acerca de la psicología de la ficción, y cómo se ha empezado a demostrar que la identificación con personajes ficticios puede alterar el comportamiento social, tener impacto emocional y promover cambios en nuestra conducta. Diversos trabajos postulan que leer novelas supone una ventaja por sobre otros géneros. Según un paper de 2013 publicado en Science, aquellos que leen ficción literaria en vez de ficción popular o no ficción obtienen mejores resultados en tests de percepción social y en el llamado espectro del "theory of mind" (la habilidad para anticipar lo que otros pueden estar pensando/sintiendo).

Si concebimos la potencialidad de los libros no sólo como conductores de ideas sino también como herramientas para pensarnos y moldear nuestra personalidad, es posible preguntarnos por la intencionalidad y los objetivos del que escribe; un interrogante que tal vez todo escritor se haya hecho al menos una vez: ¿puede un escritor tener influencia directa en sus lectores?

En esto parecía estar pensando el filósofo Alain de Botton cuando empezó a investigar y financiar la "biblioterapia" desde la School of Life. Ella Berthoud y Susan Elderkin son dos practicantes de larga data de la "affective bibliotherapy", que comenzaron prescribiéndose mutuamente libros para aliviar sus malestares, y que apelando a los poderes restaurativos de la ficción en el 2007 abrieron un espacio para atender pacientes.

Diversas vertientes de la psicología, médicos y hasta trabajadores sociales emplean hoy cotidianamente la literatura. Existe toda una red de biblioterapeutas entrenados por la dupla Berthoud-Elderkin, quienes también son autoras de The Novel Cure: An A-Z of Literary Remedies (2013), una guía escrita en el estilo de un diccionario médico que receta lecturas para diversos malestares.

Sobre esta disciplina, Durao explica, que la biblioterapia guiada y orientada puede tener efectividad en el tratamiento de síntomas depresivos en adultos mayores. "La lectura y escritura producen efectos benéficos. Esto se apoya en el hecho de que son procesos cognitivos que a través de los personajes y las narrativas ayudan a la comprensión del acontecer de la vida, de las emociones y angustias."

Resta ver hasta dónde influyen los libros en nosotros -o nosotros en el proceso de la lectura, según plantea Popova- y qué interpretaciones extraer de los hallazgos del "neuroboom". Mientras tanto, para los amantes de la lectura, sus beneficios no necesitan mayores pruebas científicas.

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