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El hombre que divide a Palm Beach

Donald Trump, que posee una residencia en la Florida, causa polémica también entre la aristocracia blanca norteamericana en uno de sus enclaves más selectos

Domingo 19 de febrero de 2017
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LA NACION
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JUPITER ISLAND, FLORIDA

Unos días atrás mi marido se metió a nadar muy profundo en el mar. Un tiburón toro (los que más atacan a humanos, e incluso, según algunas teorías, en los que realmente se basó la famosa película de Steven Spielberg), comenzó a moverse en círculos alrededor de él. Un bañero que lo vio se metió corriendo al mar para rescatarlo con una tabla de surf muy larga sobre la que ambos volvieron remando. Al llegar a la orilla el episodio causó sensación, sobre todo cuando el bañero reconoció que rara vez había visto un animal de tal tamaño.

Unos amigos que nos acompañaban, veteranos del club de playa donde estábamos invitados –posiblemente uno de los más emblemáticos de la old money, quiet money, las viejas familias industriales de bajísimo perfil de Estados Unidos– minimizaron el asunto. Vestidos en sus impecables tennis whites tras una mañana en las canchas a pasos del mar, y ya trago tropical en mano, señalaron al vecino balneario de Palm Beach, hacia donde se dirigían, por encima de nosotros, helicópteros militares. “Los únicos tiburones a los que hay que tenerles miedo están allí, y en la tierra”, subrayaron.

Según a quién se le pregunte, los “tiburones” de Palm Beach pueden ser personas o tribus urbanas (¿o vacacionistas?) bastante distintas. Para empezar, se encuentra allí cada invierno buena parte de Wall Street, jugando al golf los fines de semana para escapar del frío de Manhattan. Fue bien conocido cómo Bernie Madoff pudo seducir a muchas de sus víctimas con varios dígitos en sus cuentas bancarias básicamente entre hoyo y hoyo del Palm Beach Country Club, a pesar de que éstos no eran precisamente niños de pecho en las finanzas. Luego están las celebridades y las grandes fortunas con estilos de vida plagados de excentricidades (durante la reciente visita de esta cronista a estas playas, en una de las mansiones a pasos del agua le festejaban el cumpleaños al perro de la casa y todo el exterior mediterráneo había sido reconvertido en una fantasía canina inflable y brillante; cuando se inquirió al respecto, más o menos enviaron al pitbull).

Luego está la vieja guardia retirada en sus clubes de golf y playa, que pueden resultar terriblemente elitistas. Y también puede haber tiburoncitos “junior”: basta pasar por la vecina Wellington donde concursan algunas de las adolescentes hipercompetitivas de los colegios privados de Nueva York, quienes vuelan a Palm Beach cada jueves con sus exitosos padres decididos a que en su familia acumulen triunfos en esto también. Y aunque Palm Beach es apenas una isla de doce millas de largo, hay varios grupos más de los cuales es fácil formarse un estereotipo muy parecido al de la vida en Nueva York.

Porque, después de todo, Palm Beach en temporada tiene mucho del microcosmos de la Gran Manzana y es un reflejo de sus habitantes. Y ni que hablar ahora que, siempre que pueda hacerse una “escapada”, maneja desde allí los hilos del país el que tantos apuntarían como el Tiburón en Jefe: el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Ya en los días anteriores a la asunción se podía ver a los aspirantes a posiciones de poder en la nueva administración circular por la ciudad con una ansiedad y expectativa diferentes. “Aún cuando nadie dijera nada, había una electricidad muy visible en el ambiente. De pronto, el tranquilo balneario donde crecí claramente se había convertido en un centro de intriga política donde tanto estaba en juego”, dice Jennifer Ash Rudick, una de las hijas dilectas de estas playas y autora del libro Palm Beach Chic, la visión de una insider de lo mejor del diseño de esta isla.

Trump no es el primer presidente en tener una casa en Palm Beach: John F. Kennedy fue su antecesor, y algunas de las fotos más icónicas de los años de Camelot fueron tomadas precisamente en la ciudad de las playas con palmeras.

“Pero la presencia del presidente Trump va a ser mucho más importante –subraya a La Nación revista Antonio Fins, editor de Negocios del Palm Beach Post–. En parte porque, obviamente, nadie espera que Trump sea el típico presidente que del Salón Oval sólo va el jardín de rosas de la Casa Blanca como distracción. Pero, sobre todo, porque Trump tiene intereses inmobiliarios considerables aquí, urbanizaciones, clubes y canchas de golf, no sólo en la isla sino en el condado de Palm Beach y en el sur de la Florida, que no va a abandonar”.

A la cabeza de éstos, naturalmente, está Mar-a-Lago, la espectacular mansión que Trump compró a los herederos de Marjorie Merriwather Post en 1992 y transformó en un club con nueve hoyos de golf, tenis y playa, y donde Trump sigue sintiéndose en casa. “Es un jugador más grande que los Kennedy. Está más conectado con Palm Beach que cualquier otro presidente de la historia norteamericana y, con la atención mediática que genera, va a poner a Palm Beach –que siempre estuvo tan por detrás de Miami– realmente en el mapa internacional del turismo”, subraya Fins.

La mansión del presidente Trump es una de las más importantes de Palm Beach, pero también una de las más polémicas desde la llegada del magnate, en los años 80
La mansión del presidente Trump es una de las más importantes de Palm Beach, pero también una de las más polémicas desde la llegada del magnate, en los años 80.

Palm Beach no cambió demasiado cuando Kennedy era presidente, pero se estima que el efecto Trump será mucho mayor. Por ejemplo, como señalaban los tenistas de Jupiter Island al verlos sobrevolar camino a Palm Beach, la isla ya tuvo que permitir el acceso de helicópteros para que el presidencial, denominado Marine One, pudiera aterrizar, y por primera vez también debieron autorizar la construcción de un helipuerto. Y éste está lejos de ser el primer elemento controversial que el presidente tiene en este enclave de ultrapoderosos de la Florida.

Ya en su discurso inaugural, los tres principales puntos que destacó resonaron fuertemente en estas playas. Primero, el antiestablishment: a lo largo de sus tres décadas en Palm Beach, Trump ha sistemáticamente desafiado las formas más rancias de la isla y sus habitantes. Segundo, el patriotismo: una de las principales luchas de Trump contra el condado es por la enorme bandera que instaló en Mar-a-Lago (en Estados Unidos, sobre todo en la Costa Este, una banderita norteamericana es de rigor, pero la de Trump, con tamaño totalmente fuera de proporción, es considerada por los vecinos como “una bandera de concesionario de autos”). Y, finalmente, el peso del Estado. Trump ha iniciado al menos tres grandes juicios argumentando que un tramo de la ruta de vuelo del aeropuerto de Palm Beach le ha costado mínimamente cien millones de dólares de lucro cesante en Mar-a-Lago por las molestias que causa cuando la sobrevuelan los aviones.

Todos estos puntos enumera Fins, que es de los que consideran que si se quiere ver qué va a pasar en la presidencia de Trump no hace falta mirar mucho más allá de lo que hizo el Trump millonario en Palm Beach. Parecería estar, prolijamente, siguiendo la misma hoja de ruta.

Con documentos

Llegamos a Palm Beach bien armados... con documentos. Nos traen unos amigos que tienen una casa muy cerca de Mar-a-Lago, y, para evitar problemas y poder ingresar en las calles cercanas, imprimen unos papeles oficiales que prueban que son propietarios.

“Desde las elecciones nunca sabés cuándo van a cortar todo o hacer problemas”, explican. Agentes federales, protestas y medios de prensa de pronto pasaron a formar parte del decorado habitual cuando el presidente está de visita. “No hay duda de que Donald Trump va a ser muy bueno para el trabajo de los fotógrafos –subrayó Harry Benson, el gran retratista de famosos en estas playas, en un especial sobre Palm Beach en la revista Manhattan Quest–. No va a haber desempleo en nuestra profesión los fines de semana por los próximos cuatro años”.

Y esto no podía ser más evidente a finales de enero, cuando Mar-a-Lago, que también se alquila como extraordinario salón de fiestas, se preparaba para el Baile de la Cruz Roja. Es el único evento white tie de la temporada, pero esta vez no sólo reuniría ricos, famosos, miembros de distintos cuerpos diplomáticos y demás habituales. Como el espacio aéreo había sido restringido, todos suponían que Trump estaría allí, y se planeó una marcha de protesta sobre el puente de acceso a Palm Beach: muchos estaban indignados con que una organización de ayuda internacional estuviera haciendo su celebración de recaudación de fondos allí.

Pero lo que resulta casi un toque de realismo mágico latinoamericano y una muestra de que Palm Beach, aunque tenga tanto de Manhattan, tiene su propia magia única y tropical (aunque a diferencia de Miami el feeling de la ciudad es bien anglo), fue que en los medios se anunció que la marcha se detendría en un momento determinado sobre el puente. Según algunas versiones, esto era para que los manifestantes pudieran disfrutar desde esa posición de los fuegos artificiales que se dispararían sobre Mar-a-Lago.

Uno de los numerosos cuadros de Trump que llenan las paredes de la mansión
Uno de los numerosos cuadros de Trump que llenan las paredes de la mansión.

“A todo el mundo le gusta un buen show en el cielo nocturno –simplemente sonrió otra amiga de la zona ante la aparente contradicción–. Pero hay que recordar que la Cruz Roja firmó el alquiler para su baile mucho antes de las elecciones, cuando hacerlo allí no tenía tantas connotaciones políticas”. Ella es socia del club de playa y tenis que está justo frente a Mar-a-Lago, uno de los más afectados por el nuevo movimiento. Gran parte del establishment local se opuso férreamente a que Trump se estableciera allí, pero al mismo tiempo, de muchos de ellos dependen los bailes de caridad –y por supuesto el de la Cruz Roja–. Así que, tanto adentro como afuera de la fiesta, Trump era garantía de una mezcla interesante.

Una de las principales entradas a Palm Beach es a través del mencionado puente y las primeras imágenes que se ven de Mar-a-Lago parecen de un libro de cuentos. Es un palacete con tejas estilo hispano-morisco, con arcos venecianos que enmarcan el agua y una torre desde donde se tiene una inmejorable vista panorámica que va desde el océano Atlántico al lago Worth, que limitan a uno y otro lado la propiedad (y de allí su nombre). Cuando llegamos, en una suntuosa pérgola en la esquina sobre el agua se refrescaban tenistas, aquí también de blanco y también brindando.

Nuevas presencias: los fanáticos de Trump forman ahora parte de la fauna habitual de Palm Beach
Nuevas presencias: los fanáticos de Trump forman ahora parte de la fauna habitual de Palm Beach.

Hasta hace un par de meses, el precio para hacerse socio de Mar-a-Lago y disfrutar de sus salones y restaurante era de 100.000 dólares. Según se comenta aquí, si los administradores sabían que el aspirante poseía una casa muy cerca y estaba en el circuito social de la Gran Manzana, le ofrecían reducir o directamente eliminar el costo del ingreso. A unos amigos les ofrecieron acciones como parte de un pago que se les adeudaba en un negocio compartido con Trump. Pero ahora, todo eso se acabó: el precio del ingreso subió a 200.000 dólares. Ser socio de lo que ya fue rebautizado como la Winter White House (la Casa Blanca de invierno) implica acceso directo al presidente. Y es acceso directo en serio.

Mis amigos que estuvieron involucrados comercialmente con Trump son férreamente demócratas, pero jugadores de peso en el mundo de los negocios de Nueva York. Pero, por ejemplo, su nieta estaba en el comedor de Mar-a-Lago con unas amigas de la primaria y se acercó, muerta de risa, a pedirle una selfie a “the Donald” como un acto de rebeldía. Rápido de reflejos, a pesar de que tenía relaciones tensas con la familia, a la cual en seguida reconoció, Trump le dijo “Por supuesto señorita”, y posó con todas las chicas en el salón.

El interior de Mar-a-Lago es una fantasía “de americanos enamorados del esplendor europeo”, según la describió Town & Country. Está restaurado a todo lujo y nuestros amigos que fueron a recorrerla quedaron debidamente impresionados. No se hicieron socios, sin embargo, porque había cuadros de Trump por todas partes, lo que les parecía excesivo. Y, cultores de una vida deportiva muy discreta, encontraron que aunque entre los socios había muchos como ellos, también era el epicentro de los Trumpsters y las Trumpettes, grupos de fans a ultranza del presidente con una particular estética ostentosa que a ellos les resultaba muy ajena pero que ya está causando gran sensación en los medios.

A la historia de Trump con Mar-a Lago la cuenta él mismo en Trump: the art of the comeback. De paseo por Palm Beach, cierta vez le pidió a su chofer que lo llevara a ver qué era lo mejor que se podía comprar. Así desembarcó en los 17 acres de una mansión fantasmagórica y abandonada.

Poco antes de su muerte, en 1972, Marjorie Merriweather Post dejó Mar-a-Lago al gobierno de Estados Unidos con la intención, precisamente, de que fuera como una Casa Blanca de invierno para los presidentes. Pero Nixon prefirió la residencia de unos amigos en Key Biscayne y a Jimmy Carter, que había sido un granjero de Georgia, imaginarlo ahí era totalmente incongruente. Enfrentado al millón de dólares que costaba su mantenimiento e impuestos, Carter se la devolvió a la fundación Post, la cual la puso a la venta por 20 millones de dólares.

Pero no aparecían ofertas hasta que llegó Trump y la compró por ocho millones. ¿Cómo hizo? Al principio las herederas no querían venderle la propiedad. Entonces él puso una oferta de dos millones de dólares por un lote lindero sobre el mar valuado en 346.000 dólares y amenazó con construir allí una casa espantosa y tapar todas la vistas de Mar-a-Lago. El precio de Mar-a-Lago comenzó a bajar y finalmente las herederas tomaron la última oferta de Trump.

Cuando llegó un momento de ciertas dificultades económicas para el magnate, primero se dijo que iba a dividirlo en pequeñas mansiones, lo cual causó escándalo, y luego convertirlo en un club que fue un escándalo también. A esto siguió una larga contienda legal porque los vuelos al acercarse al aeropuerto de Palm Beach pasaban por encima a Mar-a-Lago, según Trump con planes de vuelo diseñados especialmente para perjudicarlo.

Aunque la mayor parte de los vecinos nunca quiso a Trump en Palm Beach, algunos apuestan a que la nueva atención que despierta el lugar eleve los precios
Aunque la mayor parte de los vecinos nunca quiso a Trump en Palm Beach, algunos apuestan a que la nueva atención que despierta el lugar eleve los precios.

Pero eso es el pasado: Mark Seal en la revista Vanity Fair, asegura que en Palm Beach está claro que Trump ganó. “Los vuelos comerciales ya no pueden sobrevolar si el presidente está la en residencia; puede desplegar una bandera de cualquier tamaño; su último juicio contra el condado fue abandonado”, enumera.

Pero Palm Beach ganó también.

Mucha atención mediática va a significar que más gente se va a enterar de lo precioso e impecable que es Palm Beach, y de sus hoteles, playas e increíbles restaurantes y boutiques de lujo. “Con eso –especula Fins–, los precios inmobiliarios deberían subir”. Dicho eso, reconoce que Trump es extremadamente controvertido, así que “muchas de las organizaciones que pueden aprovechar su fama, como la Cámara de Comercio y los grupos de promoción del turismo, están quedándose bastante callados, y dejando que sean los medios los que establezcan la conexión”.

Y está funcionando. Un ejemplo claro fue cuando Trump vino el 16 de diciembre a Palm Beach. Al día siguiente, sus asesores estaban en todos los programas políticos hablando en directo desde los jardines de Mar-a-Lago, en un día cálido con una gentil brisa que apenas sacudía, al fondo, las palmeras. Ese día, buena parte del país estaba sufriendo temperaturas bajo cero. “Fue una gran propaganda para el turismo de Palm Beach, sin que nadie haya tenido que correr el riesgo de aparecer dando un apoyo político”, sintetiza Fins.

Ya tiempo atrás, Harry Benson, después fotografiar por tantos años el glamour local, me había dicho que consideraba que Palm Beach está en su mejor momento. Y si a alguno le dan miedo los tiburones (los del mar, menos), todos coinciden en que las piscinas de la isla son insuperables.

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