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El cultivo de chirimoya augura buenos resultados en el país

Campo

Apuesta: los primeros intentos de producir la fruta en el Norte sentaron las bases del manejo técnico e impulsaron la proyección en gran escala.

Un manjar tradicional para los incas, la chirimoya (Annona cherimolia), es una de las frutas que probablemente reinen en las mesas del próximo milenio. Rústicas por fuera, con su forma redondeada y piel color verde yerba mate, encanta a la gente con el sabor de la jugosa pulpa blanquecina, semiácida, parecida a la del ananá.

Casi desconocida en el país, el cultivo de chirimoya aún no pegó un respingo, pero los expertos comentan que la fruta tiene nichos ecológicos específicos en la franja subtropical del norte del país.

Las investigaciones no marchan con la agilidad con que lo hace el tren bala, pero ya dieron los pasos iniciales. La primera empresa nacional que investigó sobre las posibilidades de producirla comercialmente fue Guayal, la firma de los hermanos Frías, dueños de uno de los dos principales establecimientos productores de palta que hay en la Argentina.

Aunque los empresarios comprobaron que la fruta no se adaptaba con facilidad a los suelos tucumanos, intentaron cultivarla en un vivero para especies exóticas, que habían armado en la plantación donde trabajan con las paltas en escala.

Durante varios años, los Frías realizaron pruebas y, en cierta manera, sus investigaciones a campo crearon la base para explorar el abecé del cultivo de la fruta que se daba sin esfuerzos en los altiplanos de Perú, en Ecuador y Chile. Una de las conclusiones de la gente de Guayal es que las chirimoyas rinden 30 veces más cuando se polinizan a mano, flor a flor.

Requerimientos

Clara Inés Olaya dice en su libro "Frutas de América" que se trata de un árbol fastidioso que requiere delicados cuidados. "Para crecer -comenta la escritora- busca quebradas o barrancas cruzadas por valles y zonas de precipitaciones escasas."

Según expresa el ingeniero agrónomo Henri Fernández, en un ar-tículo de la Gaceta Frutícola, los arbustos comienzan a dar frutos a los seis años y requieren suelos con buen drenaje, preferentemente de textura areno-arcilloso.

Buenos rendimientos se obtienen en tierras francas no alcalinas y en regiones con lluvias que van de 1000 a 1500 mm anuales y no sufren temperaturas extremas.

"A las plantas conviene protegerlas del frío durante los primeros años de vida, cubriéndolas o practicando cultivos intercalares con hortalizas o leguminosas que darán abono al suelo", aclara el investigador.

Más allá de tratarse de un producto delicado, incluso para transportar -Ricardo Frías sostiene que sólo pueden hacérselo en avión-, como su sabor está ganando adeptos en diferentes partes del mundo vale la pena probar.

En la actualidad están intentando cultivarlas en Jujuy y Salta -tanto en Israel como en el Estado de California han puesto a punto la tecnología de producción- y el tiempo dirá cuál es la región ideal para dar los frutos que cubrirán la demanda.

Claro que las chirimoyas "made in Argentina" no tendrán como único destino el abastecimiento local de productos frescos. También hay mercados externos y es factible deshidratar la pulpa e industrializarla para elaborar jugos, pastas, mermeladas y cremas heladas.

La posibilidad del valor agregado le da un plus de interés a la producción comercial de esta fruta de cáscara con pequeñas protuberancias, que los pueblos precolombinos imitaron una y otra vez -quizás en un intento por inmortalizarlas- en las vasijas de terracota de las culturas chimú, nazca y pachacamac. .

María Teresa Morresi
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