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Todo lo insólito se viraliza en las redes

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 25 de febrero de 2017

El diccionario aún no acuñó el infinitivo "viralizar" y sus conjugaciones. Cuando lo haga, es cuestión de poco tiempo, habrá consagrado una de las expresiones más usadas hoy por la gente y los medios de comunicación. Viralizar es furor. Podría decirse, reformulando la célebre frase de Marshall Berman, que todo lo insólito se viraliza en las redes. Resulta facilísimo hacerlo y sus resultados son espectaculares. Constituye el pasaje más eficaz a la efímera celebridad. Basta un celular inteligente, que grabe, fotografíe y filme con mínima fidelidad, para hacer circular por el ciberespacio el material recogido, apenas con un touch en la pantalla.

Esta metodología, recordarlo ya es un clisé, debilitó dramáticamente las barreras impuestas por la intimidad: cualquier acto privado puede subir a Twitter, Facebook o YouTube y hacerse público al instante. Los más recónditos secretos de cualquier individuo, con independencia de su voluntad, quedan expuestos a la multitud mediática. En una clasificación somera e impresionista podría decirse que los contenidos que se viralizan tienen cuatro fines: la denuncia, el exhibicionismo, el humor y la comunicación de sentimientos u opiniones. Lo que se vuelve viral puede ser un acto espontáneo o cuidadosamente preparado, responder a una banalidad o surgir de una situación dramática, ser producido en la cima de la sociedad o en sus márgenes.

En primer lugar, viralizar es un amplificador para denunciar. Un arma poderosa de las víctimas de todo tipo de abuso, mal- trato, corrupción o comportamiento asocial. El criminal o el trasgresor, concentrado en su delito o contravención, suele no percatarse de que es grabado y filmado por aquel al que somete. La inconducta privada se hace pública y concita la condena. Es el rostro dramático y probablemente más útil de la viralización para la sociedad. Su otra cara es insustancial y sirve a la diversión. Favorece la exposición incesante de cada partícula del cuerpo, de los detalles de la conducta personal y de los vínculos sociales. Gran medio de promoción del yo que asume, con presunción, el deseo de exhibirse para mantener vigencia o salir del anonimato. Por último, se viraliza el humor, en infinitas y creativas variantes que alivian la dura cotidianidad.

Los contenidos que se tornan virales incluyen también opiniones o sentimientos, siempre que sean breves y rápidos. A veces lindan con el humor, en otras ocasiones resultan un indicio de la desesperación. En algunos casos operan como síntomas del estado anímico de la sociedad o de alguno de sus estratos. Sin forzar la interpretación, podría incluirse en esa categoría a dos materiales que saturaron los medios estos días. Uno es un audio, que se difundió con el título "La loca de Mar Azul"; el otro, sin nombre preciso, es un video de una mujer que teme que su auto se sumerja en una laguna superficial. Estos contenidos tienen un elemento en común: expresan la exasperación y la angustia de dos mujeres de clase media ante hechos cotidianos, no necesariamente dramáticos. Bien podrían pertenecer a la saga almodovariana.

La "loca" de Mar Azul le protesta al propietario por el fallido alquiler de una cabaña. Todo salió mal, dentro y fuera de la vivienda: un robo, poco confort, un corte de luz, solo dos días de sol. Putea y se contorsiona en el mejor estilo del stand up. Entrevistada por una radio, la "loca" dice que ella no es actriz, sino una simple empleada de comercio, que nunca imaginó la celebridad de su catarsis. Cuando define su reacción, parece hablar en nombre de la sociedad argentina: estalló, se sacó. Perdió los estribos, como se decía antes, al cabo de unos días de furia. Ella, acaso sin proponérselo, se convirtió en el ícono de un fenómeno novedoso: la ansiedad viral.

Pero no fue la única protagonista. La señora del auto, que al atravesar una calle anegada después de una tormenta cree que su vehículo se hundirá, le grita desesperada a su hija adolescente que implore a Dios, pero la chica, que graba la escena con su smartphone, le contesta: "No sé rezar". El auto, para regocijo del fabricante, supera indemne la prueba. No pasó nada y pasó de todo: la hija recibe innumerables adhesiones en Twitter por exhibir al mundo los nervios místicos de su mamá y haberle respondido con desparpajo nihilista. Tal vez, quién sabe, su "no sé rezar" sea el síntoma de una clase media descorazonada que teme hundirse al regreso de unas vacaciones gasoleras, abandonada por el dios del consumo después de un año recesivo.

Viralizar contenidos, o volverse viral, es uno de los recursos de los "genios no originales", un concepto que el vanguardista Kenneth Goldsmith toma de la crítica Marjorie Perloff. Estos individuos, que rozan el plagio, renuncian a la invención, creando mediante la combinación de materiales ya existentes. La ansiedad es uno de esos elementos: una emoción milenaria, más antigua que su nombre y sus inciertas terapias. Lo genial es reproducirla a escala ilimitada con recursos tecnológicos sencillos. Y globalizarla como espejo, a veces cómico a veces trágico, de ese conglomerado sin límites nítidos ni convicciones firmes que es la sociedad contemporánea.

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