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Jukebox, vidas paralelas (tercera entrega)

PARA LA NACION
Domingo 26 de febrero de 2017
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Anti-dogma: Varèse adoptó esta definición de Brahms: "componer es organizar materiales acústicos heterogéneos".

Dogma: La forma en que la gente observa el mundo es tan variable como las diferencias de carácter. Para un biólogo, el observatorio ideal es el microscopio. Para los dogmáticos, no hay instrumento que capte la felicidad individual. La unidad de medida es la especie.

El año 2016 fue un cementerio de grandes nombres. Rescato dos para mi uso privado: el año empezó con la muerte de Boulez y terminó con la de Fidel, mellizos colosales separados al nacer y muertos a la misma edad. Ocupaban el mismo anaquel en mi bestiario personal. Ambos tuvieron talento ilimitado, fueron guerreros y políticos extraordinarios, ridiculizaron a sus adversarios e ignoraron la empatía para con el enemigo. No pestañaron a la hora de justificar lo que consideraban daños colaterales de la busca de la felicidad, las montañas de muertos del estalinismo o la promoción de la música de Elliott Carter. Su formación fue en escuelas jesuitas donde aprendieron la importancia de la autoridad -para admirarla, para derrocarla, para ejercerla- y la fidelidad ciega a un dogma, cualquiera que éste termine siendo. Ambos trabajaron incansablemente para convencer a una humanidad apática y perezosa por naturaleza de que una doctrina general es superior al goce individual. Ambos tuvieron imitadores patéticos y aplaudidores caninos y, aunque sus obras serán, como todo, tarde o temprano olvidadas, ambos gozarán del consuelo gratis de las plazas, los teatros y las entradas enciclopédicas a su nombre. Ambos tuvieron juventudes fogosas y deseos de cambiar el mundo y ambos, cada uno a su manera, lo lograron. No es que el mundo sea mucho más feliz ahora, pero sin duda no es el mismo que el que precedía a sus nacimientos.

Boulez se planteó terminar con el Romanticismo, ese que, según la juventud de posguerra, tuvo su punto culminante en Auschwitz. Dedicó sus mejores años a enterrar el pasatiempo musical de la élite burguesa de la preguerra y terminó escribiendo algo que ni siquiera es el pasatiempo de la nueva élite analfabeta. Castro dedicó su juventud a cazar dictadores octogenarios y terminó sus días como autócrata emérito, adorado por una juventud maravillosa ávida de asesinar octogenarios en flagrante abuso del juego de la silla hereditaria. Mientras tanto, el mundo sigue girando indiferente al griterío humano. El "pueblo", palabra central de todo buen diccionario fascista, sigue divirtiéndose con lo que se le canta, ahora en celulares armados en China, versión 3.0 de la fraternidad universal. Los tratados de maniqueísmo integral o dialéctico fueron reciclados en arte conceptual.

Boulez se llevó a la tumba la "música contemporánea", ese género hecho a la medida de su talento, nacido dogma y muerto ornamento. Castro parece haber sido cremado junto a su teoría del Bien, algo limada por la puesta en práctica. A los adoradores de ambos templos les queda el consuelo de un futuro aún más horrible que el que acaban de enterrar.

El autor es compositor

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