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Realismo de trazo grueso, sin anuncios ni autocrítica

LA NACION
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Néstor O. Scibona
Jueves 02 de marzo de 2017
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No fue la economía sino la necesidad de cambios el eje del mensaje de Mauricio Macri ante la Asamblea Legislativa, que incluyó una agenda de proyectos de ley para debatir en el Congreso en este año electoral, implícitamente endosados a la oposición peronista.

Aunque con trazos gruesos, el discurso presidencial fue más realista que en otras oportunidades. No hizo anuncios económicos ni autocrítica (salvo en el caso del Correo), pero tampoco habló esta vez de proyectos de inversión privada que demoran en tomar cuerpo y prefirió destacar los de inversión pública en infraestructura. Pero sí admitió que los cambios en marcha demandan tiempo y esfuerzo. No deja de ser un avance para un gobierno que suele enfatizar los beneficios de sus anuncios, pero da por sobreentendidos los plazos y costos para alcanzarlos.

A esto se suma el reconocimiento implícito de que, con minoría en las dos cámaras y a medida que avance el calendario electoral, al oficialismo le resultará difícil acordar muchas de las leyes que propone para 2017. Esto deja en los bloques opositores la decisión de aprobar o no un amplio abanico de proyectos políticos y económicos, que van desde la boleta única de votación electrónica, la evaluación de la calidad educativa, el cambio del régimen penal juvenil y nuevos instrumentos de lucha contra el narcotráfico hasta las leyes de emprendedores y de responsabilidad empresaria en casos de corrupción, así como la reforma de la ley de mercado de capitales.

Esta última había sido incluida en el temario de las frustradas sesiones extraordinarias, sólo reabiertas para aprobar el nuevo régimen de ART. Pero incluye una cuestión urgente antes del cierre del blanqueo a fin de mes: la desgravación impositiva para los fondos comunes de inversión cerrados que permita destinar fondos declarados (con una cuotaparte mínima de US$ 250.000) a proyectos productivos en distintos sectores.

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Si no hubiera quórum o número para votar estos proyectos, que implican cambios institucionales, la responsabilidad recaerá en la oposición antes que en el oficialismo, en un escenario político diferente al de 2016. Aquí el Presidente volvió a confrontar con el kirchnerismo, al referirse a "los que nunca quisieron el cambio y ni siquiera hacen autocrítica", así como a la corrupción en la obra pública.

Con un tono más emocional que ingenieril en varios pasajes, Macri optó en el terreno económico por un discurso conceptual que significó volver a las fuentes de su triunfo electoral en 2015. Apuntó, así, a recuperar apoyos en la opinión pública tras los errores propios de los últimos meses y a mejorar las expectativas enfatizando en la necesidad de cambios estructurales, por más que el resultado aún sea incierto.

Entre ellos incluyó dos que quedarán para después de las elecciones legislativas: un nuevo régimen de coparticipación federal de impuestos (pendiente desde hace 23 años) y la reforma tributaria para reducir o eliminar impuestos distorsivos a nivel nacional, provincial y municipal. Curiosamente, no mencionó a los gobernadores, ni a favor ni en contra, incluso cuando sobrevoló el conflicto docente. Evidentemente, el Senado también cuenta después de las elecciones de 2017.

Por otro lado, no habló de "pobreza cero" (un objetivo de largo plazo), pero combinó la situación económica con la social y enfatizó la prioridad para obras públicas que atenúen los déficits estructurales de educación, salud, agua potable, cloacas y hábitat en los sectores más vulnerables, así como la urbanización de villas, donde viven 12 millones de personas.

Dentro de las definiciones económicas, el Presidente apuntó al descenso de la inflación, que calificó de "tóxica", y avaló la meta del Banco Central de reducirla al 17% en 2017, tras haberla ubicado en el segundo semestre de 2016 en 8,9% anualizada. Incluso con una referencia a las próximas paritarias del sector privado: "Empresarios y trabajadores deberían tenerla en cuenta", dijo. "Ya probamos con la alta inflación en el pasado: hubo menos crecimiento y los salarios bajaron", añadió. Aquí debió haber incluido una referencia a la inflación de 40% y la caída de 2,3% del PBI en 2016. Más que como autocrítica, como derivación de las políticas cambiaria, monetaria y tarifaria que desplomaron el consumo, aunque evitaron el estallido de la crisis macroeconómica latente que Cristina Kirchner había dejado como hipoteca a su sucesor.

Macri sostuvo que la economía estará mejor en 2017 y que otro tanto ocurrirá en 2018 y 2019, aunque sin dar por terminada la actual recesión, como proclamó el ministro Dujovne tras el freno de la caída en el último trimestre de 2016. De ahí que no incluyó un pronóstico de crecimiento del PBI, que la mayoría de los analistas da por descontado, aunque sin coincidir en magnitud y homogeneidad. Sí resaltó el rol del sector agropecuario con la cosecha récord y el impacto de la mayor inversión pública en infraestructura.

También sostuvo que "la competitividad no se consigue con una devaluación ni a costa del empleo" y que para alcanzar ese objetivo deberá transitarse un camino largo y duradero, dentro del cual se necesita más crédito a más largo plazo y menores tasas; más infraestructura (autopistas, ferrocarriles de carga, aeropuertos) para bajar costos logísticos y avanzar en la seguridad energética "después de una década de despilfarro y corrupción".

Macri dejó para el final la necesidad de captar inversiones extranjeras directas para generar empleo e insertar las empresas argentinas en las cadenas globales de valor, a través de una mayor inserción y protagonismo argentino en el mundo. Un mundo que calificó como incierto, aunque exhortó a "ratificar nuestra vocación por el cambio y no escuchar a los que nos quieren hacer volver al pasado". Tal vez porque también es incierto el consenso interno, político y social para protagonizar el futuro.

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