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La necesidad de narrar el país de otra manera

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 04 de marzo de 2017

En El nombre de la rosa, de Umberto Eco, los asesinatos suceden en la oscuridad. Las conspiraciones se consuman en pasadizos sombríos, envueltas en la nocturnidad medieval. Esa novela insuperable es una gran metáfora del oscurantismo, que prohíbe la libertad y facilita el crimen y la corrupción subrepticios. Es lo contrario a lo que sucede hoy. La revolución tecnológica deja la conducta de los hombres al desnudo: cámaras, grabadores, celulares inteligentes, drones y otros dispositivos sencillos permiten registrarlo todo. Desde la cima del poder hasta la base de la sociedad, los individuos están expuestos a ese escrutinio perpetuo. Pueden ser delincuentes, pero la probabilidad de quedar impunes es muchísima menor de la que disponían los monjes de Eco.

Para las elites el problema es todavía más agudo. Ellas están en la cima de la pirámide, pero ahora la pirámide es de cristal. A la transparencia que trajo la tecnología debe sumarse el gran desarrollo del periodismo de investigación y la universalización de las redes sociales, que amplifican los casos de corrupción convirtiéndolos en escándalos. A eso hay que agregar que los poderes políticos y económicos sufren una extendida crisis de legitimidad. La gente los rechaza, les exige eficacia, los acorrala con demandas de honestidad y reparto justo de la riqueza. Esas solicitudes se canalizan en el mundo a través de dirigentes y partidos antisistema, como ocurre hoy con la ola de nacionalismos autoritarios y populistas. Pero también se encarnan en líderes y organizaciones que abogan por el adecentamiento de la democracia sin atentar contra ella.

En la Argentina, a esos factores debe adicionarse un par más. Primero, el Gobierno está en minoría, no posee suficiente poder para imponerse. Segundo, fiel a su concepción de la democracia, permite un pluralismo que paradójicamente lo enfrenta con sus propias debilidades. Oposición, Justicia y periodismo no le dan tregua. Cuando en este contexto, se afirma que el Presidente debe resolver cuanto antes la incompatibilidad entre los intereses de su familia y su rol público, puede concluirse que más allá de su buena voluntad, como se dice en la calle, "no le queda otra". Es decir, antes que la libertad lo condiciona la necesidad. Si no cambia las reglas, su carrera podría ser deglutida por el escándalo. Y no son sólo los intereses familiares lo que hay que aclarar, la sospecha se extiende a algunos de sus íntimos amigos.

Si Macri, como parece proponérselo con las leyes que enviará al Congreso, corta de cuajo estas incongruencias, habrá dado al menos dos pasos novedosos. El primero es poner límite a un vicio que la democracia no quiso enfrentar en las últimas tres décadas: la colonización del Estado por los intereses privados. El segundo, de importancia crucial, implica esto: el que promueve la autonomía del Estado es un ex miembro de la elite empresaria de la obra pública, que hizo de éste un rehén de sus intereses. Sería una actitud de regeneración efectuada desde las entrañas del poder mismo, algo que tiene un aire de familia con lo ocurrido, por ejemplo, en la transición española. Significa iluminar desde adentro el régimen oscurantista. Son reconstrucciones impulsadas, bajo presión, por la necesidad, y tal vez la intención, de absolver el interés sectorial. En esta línea, un observador descarnado de los poderosos de la Argentina, que aboga por un cambio, suele recomendarles con sorna: "Muchachos: el oro ya lo hicieron, ahora vayan por el bronce". Una alegoría minera para la reflexión de empresarios, sindicalistas y políticos.

Se sabe lo que significa ir por "el bronce": es una metáfora sobre los que hacen historia. Implica rebasar las mezquindades para inscribirse en la saga intemporal de los altruistas que luchan por una sociedad mejor. Quizá "pasar a la historia" tenga hoy un aspecto anacrónico, no vigente. Pero el combate contra la corrupción y la atenuación de los conflictos del pasado, que retornan insistentes bajo la forma de memorias irreconciliables u odios hereditarios, es una asignatura pendiente de la sociedad argentina en la búsqueda de su destino. En estos días, mientras el Presidente amagaba con pasar a la historia, ésta volvía a agitarse con disputas irresueltas. Una, instructiva, sobre el reparto de responsabilidades por las matanzas de la década del 70. La otra, compulsiva, por obra de un antiperonismo obstinado, cuya tesis responsabiliza a ese movimiento por la decadencia del país. El kirchnerismo es un fruto enfermo, pero eso no habilita al determinismo para explicar los últimos setenta años de historia argentina.

Acaso "narrar de otra manera", esa consigna que propuso Paul Ricoeur para superar la memoria conflictiva, constituya una necesidad de este país. Todavía más en una época donde ya nada puede ocultársele a la sociedad que demanda transparencia. Pero la nueva narración debería hacerse al modo de los historiadores que abarcaron con su enfoque las estructuras y los intereses económicos y sociales, no sólo a los individuos y los partidos que manejan temporalmente el poder. Empleando ese método, los dilemas agónicos de Macri y el papel del peronismo quizá podrán entenderse con mayor lucidez.

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