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La amarga realidad de un fútbol que sólo alienta el escepticismo

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 05 de marzo de 2017
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Una AFA oscura y vacía, un símbolo
Una AFA oscura y vacía, un símbolo.

Esta primera columna del año no tendrá el cariz habitual. Romperé la regla de observar el fútbol desde el juego, y también la de referirme poco y nada a mis propios sentimientos. Porque creo no equivocarme al decir que somos muchos los que compartimos la preocupación, el dolor, la angustia, la tristeza de observar lo que está ocurriendo en el fútbol argentino. Y también porque crecí jugando al fútbol, fui protagonista, formé parte, y este proceso de descomposición me toca muy a fondo.

“Estamos todos borrachos de engaño”, escribió Dante Panzeri en los años 60, y tenía razón. Hemos vivido engañándonos durante demasiado tiempo. Todos, porque cada uno desde nuestro lugar somos cómplices y desde la pasividad y el silencio hemos prestado el consentimiento para llegar a este punto. Los comunicadores hablando sólo de la agenda del día sin mencionar lo que ocurría de manera subterránea. La Justicia, los dirigentes, las instituciones y los mismos protagonistas permitiendo que se naturalicen cuestiones como la existencia de barras bravas, la ausencia de visitantes en las canchas, la desorganización o la pobreza de infraestructuras. Y también los hinchas, interesándose sólo en que la pelota entre y su equipo gane, ignorando las graves cuestiones estructurales que tenían lugar en sus propios clubes.

Todos, en definitiva, acomodándonos con resignación a situaciones que nunca debimos permitir. Fuimos corriendo el límite de lo grave hasta perder la capacidad de asombro, conformándonos con el “mientras tanto”: “mientras no me pase nada a mí”, “mientras la pelota siga rodando”, mientras, mientras, mientras… Y recién al recibir la bofetada decimos: “Pucha, ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué hice yo en todos estos años?”.

Ahora llegó el momento de no engañarnos más. Me gusta renovar las esperanzas y las ilusiones con cada partido. Tengo añoranza del gran espectáculo del fútbol, pero año tras año me vuelvo más escéptico, y aunque no me guste termino aceptando que mi escepticismo es fruto de esta realidad que nos sitúa en el fondo de un pozo del que será muy difícil salir.

Aunque sinceramente, ni siquiera sé si tocamos fondo. Porque veo gente irresponsable, poco idónea, sin ánimo ni capacidad para cambiar las cosas. Son los mismos dirigentes que han participado de conducciones pésimas, que han empobrecido a los clubes y a la propia AFA pese a ser el segundo mayor país exportador de futbolistas del mundo, que no han sabido manejar el capital pasional de los argentinos y, desde ya, que muestran un total desinterés por el componente de juego que representa la esencia del fútbol. En tales condiciones tengo dudas de que ellos solos y por su cuenta sean capaces de resolver la situación. No creo que un trago de poción mágica pueda transformar a un malo en bueno.

Estos directivos dejaron paradójicamente a cargo de la decisión de comenzar o no los torneos este fin de semana a los futbolistas, que jamás fueron fuente de consulta para nada y a quienes la perversidad del sistema convirtió en funcionarios invisibles, silenciosos e impotentes que sólo cumplen con lo que les indican.

El protagonismo imprevisto de los jugadores es, en cierta medida, lo único positivo de los últimos días, porque les permitió una toma de conciencia que quizás sirva para volver a dignificar la profesión. Ningún futbolista puede hoy sentirse orgulloso de jugar en el fútbol argentino porque a nadie le gusta estar en un lugar contaminado. La fatiga y el estrés que provoca la tremenda cantidad de obstáculos a los que deben enfrentarse todos los involucrados sólo pueden producir una cosa: ganas de fugarse cuanto antes. Tevez fue el último y emblemático ejemplo.

Los que jugamos en otra época vivimos un tiempo de grandes líderes, gente con trayectoria, fuerza y peso específico en los clubes como para marcar el camino. Hoy eso no existe. La comercialización nos ha pervertido a todos hasta aislarnos y hacernos tan indiferentes que hasta las luchas colectivas han quedado entregadas a la industria del fútbol.

El drama es que en la Argentina esa industria ni siquiera ha sabido crear las condiciones mínimas para que los jugadores, los únicos indispensables para sostener el negocio, lo desarrollen de forma adecuada. Y así estamos...

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