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El Papa y el capitalismo

Hay un ámbito inmenso donde la prédica moral de la Iglesia fortalece el capital social, construyendo lazos de solidaridad que se diferenciarán de las utopías

Domingo 05 de marzo de 2017
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En una reciente entrevista al diario El País, de España, el papa Francisco cuestionó al capitalismo, manifestando que América latina "está sufriendo los efectos de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero" y de "políticas de exclusión" por "un fuerte embate de liberalismo económico", al que culpa de aplicar una economía que "mata de hambre y mata de falta de cultura". Días después, en una audiencia concedida al grupo Economía de Comunión, el Papa reclamó un cambio completo en el orden económico-social y volvió a criticar al capitalismo, identificándolo con el afán por el dinero, "culto idólatra, sustituto de la vida eterna". Según Francisco, "el principal problema ético de este capitalismo es la generación de descartes para después tratar de ocultarlos o de curarlos para que no se vean".

La humanidad lleva siglos tratando de realizar cambios completos en el orden económico y social, desde las utopías románticas al socialismo científico, acumulando fracasos por ignorar la raíz compleja de la naturaleza humana. El mayor progreso ocurrió cuando las llamadas "revoluciones burguesas" terminaron con los absolutismos al limitar el poder de los gobernantes, emergiendo los estados nacionales con bases constitucionales.

Al adoptarse el Estado de Derecho, se advirtió la potencia creadora del derecho de propiedad, la división de poderes y las libertades individuales. El liberalismo permitió el desarrollo del capitalismo, su hijo dilecto. La irrupción de la burguesía fue acompañada por un estallido de inventos y de sus aplicaciones prácticas, como el vapor y la electricidad. La riqueza estática del feudalismo, fundada en la tierra, la esclavitud y las conquistas, fue sustituida por la creación industrial de bienes en escala impensada, impulsando el comercio para evitar las guerras, la división del trabajo y el dinero como medio de cambio. La clave consistió en haber encauzado en forma productiva el natural instinto humano de supervivencia, combinando solidaridad con egoísmo. No se intentó cambiar al hombre, inventando un "hombre nuevo", sino, como lo enseña el arte del yudo, aprovechar la fuerza del interés individual para crear riqueza en beneficio del conjunto.

Esa potencia, que en el capitalismo se denomina "fuerzas del mercado" está presente en cualquier sociedad, sólo que, cuando no existe derecho de propiedad, las mismas fuerzas operan en el mercado político, creando otros privilegiados y otros excluidos, en un contexto de miseria generalizada por el desinterés que suscita el trabajo colectivista.

Sin capitalismo no hay progreso material, ni empleos de calidad, ni forma de financiar la salud y la educación, ni inclusión de los excluidos, ni protección de los más débiles. Sin embargo, aun cuando carga sobre sus espaldas un Estado cada vez más gigante para cumplir con derechos sociales en expansión, el capitalismo suscita críticas por la desigualdad entre los más ricos y los más pobres. Ante la vara igualitaria, de nada vale que estos últimos sean mucho más prósperos que antes, al mejorar sus ingresos, ampliar sus derechos y acceder a servicios públicos gratuitos. Parecería que es mejor la igualdad en la miseria, como en Venezuela, Haití, Nicaragua o Malí, que la desigualdad con mayor bienestar para los más pobres y movilidad social para todos.

¿Cómo crear riqueza para tantas necesidades, manteniendo los incentivos del capitalismo y priorizando también la igualdad, sin dañar aquellos? Este interrogante pone de manifiesto la dificultad de dar soluciones perfectas a dramas humanos que no pueden resolverse con voluntarismo. Como el populismo, que sin mayores pruritos intelectuales se desentiende del largo plazo, incinerando en la hoguera del voto inmediato y del robo "para la Corona" el futuro de las generaciones venideras.

Desde la publicación de la encíclica Rerum Novarum por León XIII, en 1891, quedó básicamente definida la línea de pensamiento económico y social de la Iglesia Católica. Con ligeras variantes, aquellos conceptos siguen manteniéndose. Recogemos en ellos una visión crítica de la economía de mercado que nace, paradójicamente, en los fundamentos de su buen funcionamiento. En efecto, éstos dicen que la maximización del beneficio individual, en condiciones apropiadas de competencia, optimiza el resultado para el conjunto de la sociedad. Si bien la búsqueda del lucro es una actitud natural del hombre, puede ser interpretada como opuesta a la virtud de la generosidad con el prójimo y el desprendimiento personal. De ahí la prevención tradicional de la Iglesia Católica respecto del capitalismo o si se quiere, del liberalismo económico. Pero, por otro lado, hay un reconocimiento de que la creación de capital en propiedad privada es esencial para generar crecimiento y creación de empleo.

La Doctrina social de la Iglesia reconoce que la protección del derecho de propiedad y la competencia son necesarias para que haya ahorro voluntario e inversión eficiente. También, para lograr avance tecnológico. Sostiene estas relaciones y rechaza el colectivismo en su máxima expresión, el comunismo, por su negación de la propiedad privada. Este rechazo se extiende a expresiones del socialismo que restrinjan sensiblemente la disposición de la propiedad privada y la libertad política.

El capitalismo puede resultar en una distribución del ingreso menos igualitaria o más concentrada de la que muchos desearían. Ha sido esto motivo de disconformidad y crítica de segmentos de la jerarquía católica, incluyendo al papa Francisco. Pero no por ello han dejado de reconocer que el comunismo. al intentar igualitarismo, inevitablemente llevó a gobiernos totalitarios que necesitaron suprimir no sólo la propiedad privada, sino también la libertad. Quienes han tenido que vivir bajo esos regímenes saben del sufrimiento y de la pobreza consecuente. Quienes no han vivido el comunismo y sólo lo han visto desde lejos, están más propensos a magnificar los defectos de la economía de mercado.

Una bien fundada formación económica facilita la comparación correcta entre capitalismo y colectivismo. La insuficiencia de capacidad de análisis económico para comparar esas alternativas puede explicar muchas veces las críticas al capitalismo. Tal vez haya también algo de esto en Francisco. Su falta de vivencia dentro de un régimen comunista podría explicar la diferencia de sus críticas al capitalismo con las más moderadas y equilibradas de Juan Pablo II, nacido en la Polonia comunista.

Existe un ámbito inmenso donde la prédica moral de la Iglesia fortalece el capital social construyendo lazos de solidaridad que han de diferenciarse de las utopías que alientan posiciones extremas o dan sustento a demagogos cuyo interés es el poder y no los pobres.

Parafraseando a Winston Churchill: "La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre con excepción de todos los demás", podríamos emplear el mismo dicho, pero cambiando las palabras "democracia" por "capitalismo" y "gobierno" por "sistema económico".

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