Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Una diosa envuelta en su propio culto

SEGUIR
PARA LA NACION
Domingo 12 de marzo de 2017
0

Una sorpresa muy grata. El sábado de la semana pasada en una avant-première se presentó en el Portón de Sánchez la obra Ring, de la autora francesa Léonore Confino, dirigida por Catherine Schaub, también francesa (viajó especialmente para esta puesta), con los muy buenos actores Rosario Audras y Diego de Paula. En realidad, la mise-en-scène está inspirada en el espectáculo original que se estrenó en París. La versión castellana que se estrenó en Buenos Aires es de Kado Kostzer. Son dieciséis escenas en las que Ariel y Arielle representan al hombre y a la mujer como arquetipos en distintas situaciones de conflicto. No se trata de una sola pareja, sino de una sucesión de amantes, esposos, divorciados o a punto de divorciarse y levantes. Las dieciséis parejas en los sucesivos cuadros se aman, ríen, se odian, tienen sexo, se insultan y se celan.

Como corresponde, el aspecto de los actores Rosario Audras y Diego de Paula no puede ser más común, estén vestidos con ropa de calle o con calzoncillos y camisón. Sin embargo, pasa algo muy especial que tiene que ver con el texto y con la puesta: esos seres (y me refiero a los actores) hacia los que al principio, por mera presencia, uno siente una leve simpatía, porque no causan rechazo pero tampoco atracción (ninguno de los dos responde al canon de belleza madura), terminan por resultar sexies.

¿Qué es lo que atrapa en la obra? Cada uno de los segmentos podría ser un bloque de un programa de televisión, pero lo que sucede va largamente más allá de la televisión. La escenografía es una superficie blanca que cubre el suelo y también el fondo del escenario, como si marcara el ring donde se desarrolla el combate entre los dos sexos o una página en blanco sobre la que se escribe la historia de los personajes; de hecho, se proyectan palabras sobre ese espacio, además de otras imágenes. Como elementos de escena, hay un banco que, según las necesidades, es a la vez una mesa o, de modo simple e ingenioso, se transforma en bañera; hay también una cama, y unas sillas que aparecen y desaparecen llevadas por los intérpretes con mucha gracia. Es el tipo de obra en la que nada falta ni sobra. Hay intensidad, humor y talento. Por cierto, como decía de una manera cómica Ana María Campoy: "No es Chejov". Tampoco es Tennessee Williams, sin embargo? Hay algo allí misterioso, bello y bien hecho.

....

Antes de que empezara la función de Ring, Kado Kostzer comentaba a un grupo de amigos que acaba de escribir el libro Sólo una vez, en el que evoca la serie de únicos encuentros que tuvo con personajes famosos y también con otros que lo son menos. Las anécdotas que contó son desopilantes. Un ejemplo.

En París, durante la década de 1990, Kado pasaba con su amigo mexicano Sergio frente al Louvre des Antiquaires, en la rue de Rivoli. De pronto, al lado de ellos, estacionó un Rolls Royce verde Nilo. Se abrieron tres de sus puertas, la única que quedó cerrada fue la del chofer, y descendieron tres colosos, evidentemente guardaespaldas, a los que se sumaron otros dos, brotados del Louvre des Antiquaires. Por último, del automóvil, asomó un bastón de ébano empuñado por una mano enjoyada que era una garra de gárgola como la de Sunset Boulevard, pero más, mucho más y peor? Detrás de la mano, como una epifanía, surgió una cabeza mágica y magnética, tipo número de flor azteca, una flor azteca triunfante a pesar de las centurias y los quirófanos y, por si fuera poco, estaba acompañada por el cuerpo, especie de espectro gótico retorcido sobre sí mismo alrededor de un eje imbatible: la voluntad. Sergio exclamó: "¡Kado, es María Félix!". La flor azteca proyectó los rayos paralizadores de su mirada desde los ojos de carbón desorbitados por la última cirugía: "La misma. ¿Son ustedes mexicanos?" Para simplificar Kado y Sergio respondieron: "¡Sí, señora!". La Doña arengó: "Vengan conmigo". Así se formó un extraño y largo cortejo. Delante, María marchaba enfrentando a vendedores, compradores y lamevitrinas. De tanto en tanto, señalaba una pieza y todos dejaban de respirar. Ella aprovechaba para inhalar todo el aire que quedaba disponible y avanzaba como lo que era: una diosa envuelta en las llamas de su propio culto.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas