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Solos, pero juntos. La soledad, el nuevo aglutinante de la vida social

Mientras cambia el paisaje demográfico de las grandes ciudades, se habilitan otras formas de construir identidades, en las que estar solo pierde su connotación negativa

Domingo 12 de marzo de 2017
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PARA LA NACION
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Ilustración: Gustavo Reinoso
Ilustración: Gustavo Reinoso.

Las fotos de la artista norteamericana Gail Albert Halaban -personas de todas las edades observadas por un ojo omnipresente a través de sus ventanas, en el interior de sus casas, a veces reunidos, la mayoría solos- revelan una faceta de la ciudad a la que no todos prestamos atención y que puede pasar desapercibida.

El mito de la soledad urbana es un arma de doble filo. Por un lado, cada vez vivimos más tiempo de nuestras vidas adultas solos, con casamientos tardíos, familias reducidas -o la opción de saltearse directamente ambos pasos- y mayor foco en el trabajo. Pero al tiempo que los hogares unipersonales crecen, también se diversifican las formas de estar solos pero acompañados. ¿Cómo es esta relativamente nueva modalidad de "soledad conjunta" en las grandes urbes? ¿Qué tiene para aportarnos la soledad en su rol social? ¿Por qué las mujeres cargamos con un estigma mayor al respecto?

Una rara avis

"La soledad es un concepto relativamente nuevo para la academia norteamericana, donde entró a mediados de los años 60. Pero los estudios sobre la soledad no comenzaron de forma uniforme y rigurosa hasta 1978, con la creación de una escala de ítems para medir los sentimientos subjetivos de soledad y aislamiento social, la UCLA Loneliness Scale", reflexiona Olivia Laing, autora de The Lonely City. Esta falta de interés o de observación sobre el tópico es llamativa, pero ¿cómo se estudia la soledad? Y, como se pregunta Laing, ¿es posible narrarla?

Otra complejidad recae en el hecho de que "soledad" puede significar cosas distintas para diferentes personas. Es posible sentirse solo estando acompañado, así como no sentir soledad alguna aun sin compañía. Una cosa es el aislamiento social y otra la soledad temporal, aunque pese a esto las vivencias pueden ser diametralmente opuestas de lo que cada situación sugiere (gente que es feliz viviendo en medio de la nada o gente que entra en pánico cuando la dejan sola una sola noche).

Sin embargo, existe una paradoja central en el tema: mientras que si no es deseada o es impuesta puede generar alienación, depresión y deterioro físico y mental, la soledad también puede hacernos mejores observadores del mundo que nos rodea y volvernos más perceptivos con nosotros mismos.

Algunos estudios recientes han comenzado a señalar éstas y otras virtudes, revalorizando un sentimiento que había adquirido muy mala prensa. Un estudio publicado en el Journal of Cognitive Neuroscience en 2015 sostiene que sentirse socialmente aislado puede llevar a desarrollar una mayor atención del mundo social y un poder de observación intensificado. Otros argumentan que, irónicamente, cuando uno está solo mejor puede comprender a los demás y sentir empatía, así como también se considera a este estado terreno fértil para la creatividad.

Como dice poéticamente la historiadora Cody Delistraty, existen distintos motivos por los que las personas mantienen estos estados de soledad -temporales o prolongados-, pero son sin dudas decisiones que en algunos casos suscitan un mayor autoconocimiento. "El ser se disuelve si lo estiramos demasiado, obligado a lidiar con el cúmulo de relaciones y trabajos y todos los espacios en los que uno puede no estar solo, pero sentirse solitario." Y pregunta de forma pertinente, ¿qué pasa cuando no nos arriesgamos a estar solos? O, reformulado, ¿quiénes somos sin la ausencia de otros?

La soledad y sus "narrativas"

Pocas palabras están tan cargadas culturalmente como "soledad" y sus derivaciones. Algunos idiomas como el inglés permiten con elegancia distanciar conceptos como lonely (sentirse solo, estar aislado), alone (estar solo, sin connotación negativa o positiva) o single (estar soltero, a veces con viso peyorativo), y entender que el contexto personal y social lo es todo. "La soledad es un lugar poblado, una ciudad en sí misma", afirma Laing, quien como reciente visitante de esta ciudad propone una mirada fresca sobre el tema, trazando una topografía de la soledad con gran pericia, distinguiendo sus tipos y grados. "Como la depresión, la melancolía o la hiperactividad, éste también es un tema demasiado patologizado, considerado una enfermedad, algo sin propósito... Se trata de entender las fuerzas más grandes del estigma y la exclusión."

En este sentido el concepto más arriesgado de Laing es hablar de la soledad en términos de las expectativas sociales, ubicándose cuidadosamente entre la condena de la ciencia y la romantización del arte, y afirmando que cuando se trata de soledad, lo personal es político. ¿Es posible pensar la soledad y su significado sin detenernos en las narrativas actuales que se construyen en torno a eso? ¿Cuál es la relación que existe entre cómo se experimenta o valora esta condición y ciertos modelos políticos? Y, ¿por qué las apreciaciones difieren según el género?

Así, un hombre solo puede ser alguien digno de ser admirado, provocar respeto o hasta ser heroico, pero una mujer sola despierta desconfianza, prejuicio o lástima en el mejor de los casos. Mientras que el hombre en soledad ha sido tratado con reverencia de Henry Thoreau (quien en verdad vivía muy cerca de la civilización y era frecuentemente visitado) a Christopher McCandless (el senderista convertido en ícono popular), una mujer solitaria parece todavía sospechosa o antinaural. Exploradoras, ermitañas, viajeras han sido históricamente relegadas, y recién ahora gracias a una serie de best sellers, films y artículos, algunas de estas apasionantes historias han sido reflotadas; como la de la periodista y escritora Anne-France Dautheville, conocida por ser la primera mujer en recorrer el mundo en moto, o Robyn Davidson, quien cruzó el desierto australiano sola, cubriendo el viaje para National Geographic.

"Lo que se observa en las grandes ciudades es la emergencia de un ser social individualizado. Ahora, una cosa es elegir a dónde ir o qué consumir, y otra es qué estilo de vida adoptamos. Sabemos que en términos temporales para la mujer esa identidad construida y libre es más reciente y muchas veces se la asume con alguna culpa o preocupación. Esta diferencia entre el hombre solo y la mujer sola que se asigna socialmente como positivo y negativo respectivamente forma parte de una cultura residual de tiempos pretéritos", plantea la socióloga Ana Wortman, investigadora del Conicet en el Instituto Gino Germani de la UBA.

Por su parte, Alejandro Artopoulos, especialista en tecnología y cultura y profesor de la Universidad de San Andrés, tiene una hipótesis centrada en los llamados "huérfanos del patriarcado". "Las mujeres cargan con un estigma respecto del nuevo mandato de disfrutar de la soledad. Las chicas de todas las edades se han sobreadaptado a este entorno de hipersocialización fluida. Son los hombres, y en particular los jóvenes, los que más están sufriendo la ausencia de la tribu que les enseñaba el abecé de ser alfa (adolescentes varones y blancos que, tecnología mediante, alimentan discursos de odio y rechazo a la diferencia)."

La autora Rebecca Traister explora esta temática en su libro All the Single Ladies: Unmarried Women and the Rise of an Independent Nation, al hablar del ascendente rol político y cultural de los solteros. "Cuando me casé con mi esposo tenía 35 y él, 45; habíamos vivido unos 18 años combinados sin el otro [?]. Viví catorce años de mi vida adulta que mi madre había pasado casada", detalla Traiser, haciendo referencia tanto a una realidad que se hace cada vez más tangible como a la brecha generacional en las expectativas.

Ciudades creativas

Mientras los estigmas y consensos se arman y se desarman, la estructura demográfica, los nuevos estilos de vida, la evolución de la planificación urbana se encargan de dar por tierra con ellos. Por cada mirada que plantea que las personas que viven solas tienden hacia la insularidad, el segmento de gente viviendo de esa manera no sólo se agranda, sino que también demuestra que más que el "repelente" es algo así como el aglutinante social en el mundo moderno.

La evidencia de diversos estudios señala que aquellos que viven solos tienden a buscar más la conexión social, formar lazos con otros, realizan actividades culturales y políticas, participan en la comunidad activamente y por tanto movilizan la economía y revitalizan las ciudades. "En vez de separarnos, la gran marea de habitantes solitarios está creando, sosteniendo y, quizás, reforzando los lazos que nos unen", señala Eric Klinenberg, autor del rupturista Going Solo de 2012.

Artopoulos explica que las investigaciones sobre la clase creativa liderada por el sociólogo norteamericano Richard Florida (The Rise of the Creative Class, de 2002) muestran que las ciudades creativas se alimentan de procesos de individuación y fluidez de las relaciones sociales.

"Las ciudades creativas son espacios urbanos tolerantes, que habilitan los lugares personales de la expresión y la creatividad. Las ciudades con población LGBT ?nativa', como San Francisco, son ciudades creativas debido a estos cambios culturales que se iniciaron en los años ochenta". Y agrega: "Los vínculos más flexibles y fluidos de una modernidad más radical pospatriarcal versus los vínculos comunitarios (pre)modernos ofrecen desapego y libertad a la vez. Este concepto de red social, muy anterior a Facebook, fue descubierto por el sociólogo Mark Granovetter en 1973. Desde esta visión podríamos pensar que la soledad permite una socialización más abierta a la diferencia y una construcción más creativa de la identidad. Las instituciones de la socialización temprana se redujeron en tamaño, se retiraron o se convirtieron en un colectivo de vidas ensambladas. Intentando construir sus identidades en un mundo pospatriarcal, mujeres y hombres encuentran fuentes propias en la buena ?soledad' de los entornos sociales".

Mientras la cara de las ciudades evoluciona a fuerza de fenómenos tan disímiles como complementarios (el empoderamiento de la mujer, la prolongación de la vida, un mayor activismo LGBT, la mejora en la movilidad y las comunicaciones), más gente elige vivir sola en las grandes urbes. Los números locales indican que el 60% de las personas solteras son mujeres y un 25% del total de solteros tiene entre 25 y 44 años. En Estados Unidos, epicentro de la tendencia, casi la mitad de los adultos de 18 para arriba está soltero, y 1 de cada 7 vive solo. Entre 1980 y 2011 el número de hogares unipersonales a nivel mundial se duplicó de 118 a 227 millones, y continuará su escalada a 334 millones en el 2020 según Euromonitor International.

Claro que esta soledad puede verse relativizada con las diferentes lecturas habilitadas, y también con el avance tecnológico, que permite gracias a redes sociales, realidad virtual y otros que ya no estemos ni tan desconectados ni tan solos. Asimismo, los fenómenos de compañía y humanización de las mascotas, una tendencia en alza locamente y en otros países (en la ciudad hay una mascota cada dos hogares y ya se habla de un boom de adopciones), ponen de manifiesto las nuevas estructura "familiares" modificadas.

En este balance entre compañía y soledad a veces difícil de alcanzar, vale la pena intentar encontrar "pequeños oasis" de soledad en la experiencia diaria. Si los individuos (no las parejas, los clanes u otros arreglos) se están volviendo, como sugieren numerosos investigadores, la unidad social, pensar el rol de la soledad en los centros urbanos tiene relevancia. Es un motivador para encontrar lecturas y estrategias que nos permitan sacar provecho de la soledad, entendiéndola, como sugiere Delistraty, como "un espacio para la reflexión, una forma de sabiduría, una emoción sin la cual renunciamos a nuestra libertad".

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