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Reseña: El motel del voyeur, de Gay Talese

El espía más indiscreto de todos

Domingo 12 de marzo de 2017
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LA NACION

El periodismo tiene, como primera cara visible, la velocidad de lo efímero. La contracara, la ceca, es la lentitud y la paciencia. Autores como Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) hicieron de esta última vertiente una ética y un dogma. La aproximación a su objeto, de ser necesario, puede llevarle años, como prueba El motel del voyeur, que permaneció en gateras tres décadas y media.

En 1980, cuando se aprestaba a publicar La mujer de tu prójimo, un trabajo que desmenuzaba las relaciones amorosas norteamericanas, Talese fue contactado por un misterioso corresponsal que le informaba que desde hacía varios años regenteaba un motel con el secreto objetivo de espiar a sus clientes. El individuo, que no se presentaba sólo como un mirón sino también como sociólogo amateur de las costumbres sexuales, lo invitaba a visitar el establecimiento, ubicado en Aurora, Colorado. El periodista fue, permaneció tres días en el lugar, subió una vez al desván bajo el techo a dos aguas que permitía ver las habitaciones por una falsa rejilla de ventilación, husmeó un rato (no sin que su proverbial corbata se deslizara inadvertidamente hacia el cuarto por el hueco) y llegó a la conclusión de que no le servía. Talese sólo trabaja con nombres auténticos y el propietario no aceptaba que se conociera el suyo. Pactaron de todas maneras que aquél le enviaría regularmente fotocopias del diario en el que escrupulosamente había registrado sus observaciones furtivas.

El motel del voyeur cuenta esa historia -cómo un libro condenado a no existir finalmente llega a ser escrito- y también propone un retrato de Gerald Foos, el curioso impenitente que, ya octogenario, suponiendo que el tiempo habrá borrado cualquier problema legal, acepta figurar con todas las letras.

"Mi primera impresión -dice Talese, sobre el que durante años sería el único encuentro entre ellos- fue que ese afable desconocido se parecía al menos a la mitad de los hombres" con los que acababa de viajar en avión. El libro está impregnado por esa ambigüedad entre la normalidad y la perversa ilegalidad del fisgoneo, a lo que se suma alguna desconfianza hacia el informante. Para un autor que considera que en sus páginas no debe haber nada de imaginación, sino hechos auténticos -o no hay historia: es la ley por la que se rige Talese-, se parece bastante a una impugnación.

En El motel del voyeur no importa tanto la prosa como la manera en que el autor va desglosando el argumento. Amparándose en extensísimas citas del diario (son las suficientes para que Foos cobre como co-autor del libro), Talese va recortando las observaciones de este "voyeur épico" que montó "un laboratorio único para investigar el comportamiento humano". Abundan las descripciones sobre la actividad erótica de sus huéspedes, claro está, pero eso importa menos que las variaciones que se producen con el paso del tiempo. Foos, que empezó con su práctica en la segunda mitad de los años sesenta, registra por ejemplo que entre 1973 y 1974 hubo un notable aumento de parejas interraciales y se multiplicó el sexo oral, gracias, en su opinión, al éxito de Garganta profunda.

Algunas de las observaciones exceden lo sexual: cuando reflexiona sobre la guerra tras observar a mutilados bélicos (cerca hay un hospital militar, donde recalan veteranos de Vietnam) o se entrega a experimentos propios (dejar un maletín con candado para ver cuántos pasan "la prueba de honestidad"). Algunas de las exageraciones de Foos -del que se cuenta los orígenes de su obsesión y buena parte de su vida- saltan a la vista: ¿resulta verosímil que un marido haya podido introducirse en el desván por la minúscula ventilación? ¿Es posible que un dealer haya asesinado a una mujer en uno de los cuartos mientras él observaba y no haya quedado el menor registro policial?

Al final del volumen, Foos, acompañado por su mujer y el autor, visitan el terreno donde se encontraba el Manor House (el primero de sus moteles), ya demolido. Voyeur retirado en tiempos de fisgoneo virtual, despotrica como un moralista contra el exceso de cámaras de seguridad. Quizá lo que Talese no acierta a ver -se lo intuye defraudado, como si se le estuviera escapando una realidad inobjetable- es que a su personaje le quedan estrechos los límites de la no ficción. Se diría más bien un novelista en potencia: observa desde su puesto con la equívoca ubicuidad de los narradores omniscientes y parece saber mejor que nadie que una eventual fabulación puede esconder su grado de la verdad.

EL MOTEL DEL VOYEUR Por Gay Talese Alfaguara. Trad: Damià Alou232 págs., $ 249

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