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A 50 años del ratón Belisario, el negocio aeroespacial despega

El primer ser vivo argentino que viajó en un cohete al espacio sobrevivió a la travesía; medio siglo después, las expediciones intentan resurgir y el país es capaz de jugar en las grandes ligas

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PARA LA NACION
Domingo 12 de marzo de 2017
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A mediados de los 90, en el programa humorístico Cha Cha Cha, Alfredo Casero personificaba a un miembro de las "Fuerzas Aéreas de Lomas de Zamora", que aseguraba haber tenido contacto con extraterrestres. "El sketch es de 1992. Incluía un diálogo entre los oficiales Fleitas y Chechile, que habían sido abducidos por alienígenas", cuenta Casero a LA NACION. Se hablaba del "triángulo de Bancalari" como una zona peligrosa, con ovnis al acecho. Veinticinco años más tarde, la relación entre la Argentina y la agenda aeroespacial ganó volumen, y ya excede ser insumo de programas de humor absurdo. Hay dos motivos centrales para este fenómeno: la acumulación de conocimiento en una tradición local de estudios espaciales que se remonta a principios de los años 60 combinada con un cambio estructural en el negocio global que está permitiendo la entrada de jugadores más pequeños (a nivel de empresas y de Estados).

"La Argentina viene mostrando capacidad para jugar en las grandes ligas espaciales", afirma un estudio de los economistas y profesores de la UBA Andrés López, Paulo Pascuini y Adrián Ramos titulado: Al infinito y más allá: una exploración de la economía espacial en la Argentina, que se publicará en las próximas semanas y que fue adelantado a LA NACION. "La idea es que la Argentina sea un usuario de servicios satelitales, pero también un proveedor de tecnologías, bienes y servicios asociados a la economía del espacio. Eso requiere visión de largo plazo y políticas alineadas al logro de objetivos comunes por parte de los distintos organismos con competencias en el tema", dicen López, Pascuini y Ramos, que también investigan en el Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP), en la UBA Económicas, que dirige Daniel Heymann.

En algún sentido, el recorrido de las últimas décadas de la temática espacial se parece mucho al de la inteligencia artificial: un gran entusiasmo y efervescencia en los 50, 60 y parte de los 70; luego un "largo invierno" en el que se perdió parte de esa expectativa inicial (en el caso de la exploración espacial, por los altos costos asociados), y un resurgimiento muy potente en los últimos años. El espacio no sólo invadió la cultura pop (con series, películas o el revival del documental Cosmos), sino con hitos concretos (los siete exoplanetas descubiertos este año por la NASA, el agua en Marte, el acercamiento a Plutón, la sonda Philae sobre el cometa 67P) y con anuncios de nuevas misiones fondeadas por empresarios (con Elon Musk, Jeff Bezos, el emprendedor Naveen Jian o el magnate hotelero Robert Bigelow a la cabeza) o por países que hasta hace poco no tenían lugar en este juego, como la India, China o Luxemburgo.

A nivel global, el Silicon Valley de la industria del espacio está en el desierto de Mojave, a dos horas de auto de Los Angeles, donde una veintena de compañías se agrupan alrededor de una vieja base militar y pueden experimentar con explosiones en los alrededores. En los últimos cinco años, este rubro sólo en EE.UU. captó más de US$ 80.000 millones de inversores de riesgo, la mayor parte destinados al negocio de los satélites.

La división del trabajo dentro de la "economía del espacio" incluye agencias espaciales, universidades y laboratorios, pero también empresas que construyen satélites, lanzadores y sistemas terrenos, así como proveedores de componentes y servicios satelitales (de telecomunicación, contenidos, etcétera). Según datos de la OCDE, en 2013 el sector espacial empleó en todo el mundo alrededor de 900.000 personas y generó ingresos por más de US$ 250.000 millones.

Los satélites son una parte crucial de este sistema. Hoy hay cerca de 5600 satélites (entre activos e inactivos) rodeando la Tierra. Estos dispositivos tienen diversos objetivos (militares, científicos, de observación, de telecomunicaciones, etcétera). Hoy un satélite puede llegar a pesar menos de 100 gramos. "De hecho, es cada vez más frecuente que para armarlos se usen componentes de mercado. En breve, quizá veamos una nueva variante del «hágalo usted mismo» y los fines de semana los padres salgan con sus hijos a lanzar un nanosatélite en lugar de un barrilete. En la otra punta, algunas empresas intentan aplicar la lógica de producción en masa, en busca de ganar economías de escala y bajar costos", explican los tres economistas de la UBA.

Tauri Group, una consultora que releva los números del sector, estima que entre 2017 y 2023 se van a lanzar cerca de 2300 nano y microsatélites, hoy posibles gracias al desarrollo de la microelectrónica y al descubrimiento de nuevos materiales.

En la Argentina, el caso con más repercusión mediática es el de Satellogic, impulsado por Emiliano Kagierman, una firma creada en 2010 que planea poner en órbita 300 satélites pequeños (ya lanzó cinco) y hoy se encuentra en etapa de validación comercial. La oficina de investigación está en Buenos Aires, los satélites se fabrican en Montevideo, el software en Israel y desde San Francisco se exploran nuevos negocios. La compañía emplea a 76 personas.

El club de países que dominan estas tecnologías es muy exclusivo. "Son apenas siete, más la Unión Europea, los que han fabricado sus propios satélites de telecomunicaciones, y son sólo once los que pueden construir sus propios vehículos de lanzamiento. La sorpresa, para un país no acostumbrado a jugar en las grandes ligas tecnológicas (salvo en lo nuclear), es que la Argentina forma parte del primer club y que en 2020, si todo sale bien, va a integrar el segundo (con el proyecto Tronador)", sostiene el trabajo titulado Al infinito y más allá.

La historia viene de los años 60. Hasta hoy, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae) ha lanzado cuatro satélites científicos y de observación, mientras que Arsat puso en órbita dos satélites de telecomunicaciones. "Y ambas organizaciones tienen planes para nuevos lanzamientos. La empresa Invap, también protagonista central de la historia nuclear argentina, ha sido el brazo ejecutor de estos logros", agregan los profesores de la UBA.

El próximo 11 de abril se cumplen 50 años del lanzamiento del primer ser vivo argentino que viajó en un cohete al espacio, el ratón Belisario, que además tuvo la fortuna de volver sano y salvo (no como la perra Laica, de la por entonces Unión Soviética, que murió en órbita). López, Pascuini y Ramos se preguntan: "¿Celebraremos los 100 años con un grupo de argentinos y argentinas descendiendo de un cohete de fabricación nacional, en una luna de algún lejano planeta en otra galaxia para fundar una nueva colonia patria en los confines del universo?".

Los economistas creen que esta vez la especulación puede ir más allá de la inspiración de un sketch para un programa de humor absurdo.

sebacampanario@gmail.com

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