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Mano a mano: el "concierto" para un único espectador

One to One es la performance que el pianista Marino Formenti trajo a Buenos Aires

Domingo 12 de marzo de 2017
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LA NACION
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Un encuentro confesional con la sala vacía
Un encuentro confesional con la sala vacía. Foto: Santiago Cichero/AFV

La consanguinidad entre la performance musical (la actuación del instrumentista en escena) y la performance tal como la entiende el arte contemporáneo fue siempre natural -por la ambigüedad misma de la palabra- pero ganó evidencia estética a partir sobre todo de las tentativas de John Cage y, en medida no menor, de Maurico Kagel, que se ocupó además de poner el caso en negro sobre blanco en su conferencia "Reflexiones sobre el teatro instrumental": el oído y el ojo tenían que estar por igual en escena. El pianista italiano Marino Formenti, miembro en otra época de Klangforum Wien y con un repertorio orientado a la música contemporánea (Kurtág es una especialidad suya), se dedica también a investigar otras posibilidades para la situación de concierto. Esto lo llevó más allá del linde de la música; lo llevó justamente a aventuras performáticas que terminaron acercándolo al radicalismo en voz baja de Marina Abramovic.

Pero, ¿por qué convertir a un buen músico en un mal actor? Eso se preguntaba también Kagel. No es Formenti el que se convierte en mal actor, sencillamente porque no actúa en un sentido teatral. En cambio: ¿por qué convertir a un buen espectador en un mal actor? Quien asista a One to One, una de las performances que el pianista trajo a Buenos Aires como parte de su residencia en el Centro de Experimentación del Teatro Colón y que fue concebida originalmente para Art Basel 2013, tendrá primero que deponer cualquier expectativa de "ir a escuchar música", o peor, de ir a que a uno "le toquen" música. La jerarquía entre escenario y platea queda abolida.

La locación de mi One to One fue el Auditorio s de la Biblioteca Nacional. En lugar de las butacas (con su abismo de altura y distancia respecto del escenario), había ya arriba, en penumbras y al lado del piano, dos sillones y una mesita con café y montañas de partituras. Transcurrieron allí, a excepción de las escapadas de Formenti para fumar en el balcón, las dos horas de la performance, que consiste en gran medida en un diálogo cuyo tema no es necesaria ni excluyentemente la música. No hay público.

No tengo permitido contar esa conversación porque, como pasa con el consultorio del analista o el confesionario, lo que se dice allí, queda allí. Es, como la sala vacía, una de las reglas. Aún así, a Formenti la comparación no le gusta: después de todo, dice, él no tiene ninguna autoridad, salvo, agreguemos ahora nosotros, la plena posesión de los recursos musicales.

Al piano

En algún momento imposible de prever, Formenti anuncia por fin que le gustaría tocar. El programa no preexiste al encuentro mano a mano; por el contrario, se constituye ahí mismo. Esto por una razón muy sencilla: el pianista no es el dueño del concierto sino que la performance es el resultado de una acción inter pares; la de dos performers: Formenti y el visitante ocasional; en este caso, yo mismo.

Formenti llegó a Buenos Aires con 40 kilos de partituras, de modo que tiene bastante para elegir. Difícilmente toque dos veces lo mismo porque aquello que llega al piano es el precipitado misterioso de la conversación. La elección escapa además a la evidencia: aunque hablamos largamente sobre las miniaturas de Anton Webern, acordamos en que él tocaría Palais de Mari, la última pieza para piano solo de Morton Feldman.

Aunque más breve que otras piezas tardías de Feldman (la interpretación de Formenti duró 26 minutos), también Palais de Mari es una superficie sobre la que se verifican levísimos cambios de perspectiva. La música de Feldman simula entregarse al tiempo para que nosotros nos sintamos abandonados en él. El propio compositor definía este efecto como una "desorientación de la memoria", la misma que podríamos sentir en un paisaje inalterado en el que cada signo es igual a los demás y por lo tanto nunca logramos ubicarnos con mínima precisión. Como Borges, Feldman sabía que el desierto podía ser un laberinto. Escuché la música de Feldman de muchas maneras, pero creo que nunca como me sugirió Formenti que lo hiciera: recostado en una alfombra (buen emblema feldmaniano) y casi debajo del piano.

Concluido Feldman, estaban a punto de cumplirse las dos horas de la performance. Alguien, el próximo, estaría ya esperando afuera: uno más de los nuevos performers que lo visitarán hasta hoy. Pero hubo tiempo todavía para un Adagio de Bach. Formenti, que vive hace mucho en Viena y acaso piense ya un poco en alemán, tiene en la cabeza el verbo musizieren, esa significativa palabra que quiere decir simplemente "hacer música". Por eso, ya en el final, apenas antes de la despedida, me preguntó todavía: "¿No te gustaría cantar un lied de Schubert?"

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