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Cualquier pronóstico es posible en el más deforme y desvirtuado de los campeonatos

LA NACION
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Diego Latorre
Domingo 12 de marzo de 2017
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Volvió a rodar la pelota en la Argentina. Por fin, después tantas cosas gravísimas que han ocurrido. Volvió el fútbol, y tenemos tal avidez por verlo que preferimos no pensar que, por ejemplo, anoche a Banfield y a Boca les faltaron Erviti, Santiago Silva y Tevez ; que hoy River no contará con la sabia pausa de D'Alessandro; que ni Racing ni Lanús podrán aprovechar la habilidad impredecible de los paraguayos Oscar Romero y Miguel Almirón; que el armazón ofensivo de San Lorenzo ya empezó a padecer las ausencias de Sebastián Blanco y Cauteruccio; que Rosario Central no tendrá a Walter Montoya, ni a Lo Celso, ni la efervescencia del Chacho Coudet desde el banco, y así casi en cada club.

Vivimos el fútbol desde un plano tan emocional que el giro de la pelota se lleva puesto todo y apenas nos deja tiempo para la reflexión. Recordar hoy que los jugadores (con la excepción de Alario , que decidió no dejarse tentar por los yuanes chinos) prefieren marcharse a destinos exóticos y alejados de los focos, pero en donde saben que además de una sensible diferencia económica se les ofrece la posibilidad de jugar en una paz que acá no tienen; mencionar las deficientes condiciones de los estadios, la desorganización permanente, o profundizar en lo absurdo de un campeonato con 30 equipos interrumpido durante tres meses y que retorna con infinitos cambios de jugadores y técnicos suena a queja lejana. Aunque no debería ser así.

¿En qué medida es posible evaluar rendimientos deportivos o analizar un torneo cuando alrededor continúa vigente un conflicto tan grande que lo opaca todo? La sensación es que terminar este campeonato deformado y desvirtuado sólo persigue el objetivo de cerrar una etapa de la forma más decorosa posible.

Si algo caracteriza a los certámenes largos es que premian la regularidad. Pero en la Argentina el camino es tan sinuoso que en lugar de ser campeón aquel que funciona bien en las rectas lo hace el equipo con mayor capacidad para surfear a través de los obstáculos. Y también el más favorecido por al azar, factor que entre nosotros adquiere mucho más peso que en otras latitudes.

En estas condiciones, cualquier análisis previo, cualquier pronóstico, resulta relativo. ¿Sufrirá más Boca la ausencia de Tevez que River la de D'Alessandro, Racing la de Romero, San Lorenzo la de Blanco o Lanús la de Almirón? Imposible anticiparlo. Sin coherencia y sin ese capital sagrado en la construcción de un equipo que es el tiempo, el trabajo de un técnico y los hábitos que deben adquirir un equipo y cada jugador -no es igual que tu compañero sea "A" que "B"- se ven constantemente perturbados. Es como pisar una mina cada seis meses. Y si bien es cierto que el fútbol argentino ya hace mucho que ha aprendido a convivir con estos males, y que los entrenadores son expertos en lidiar con problemas que atentan contra el funcionamiento de un equipo, la calidad del juego no sale indemne.

Pudimos verlo en las últimas semanas. No deberíamos engañarnos pensando que las goleadas sufridas por Huracán y San Lorenzo en Venezuela y Brasil tienen como causa exclusiva la falta de ritmo competitivo. Tendremos que aceptar de una vez que el fútbol argentino hoy ya no sobresale; que nos quedan el orgullo y el carácter, pero que somos testigos de una lógica decadencia.

Lógica porque las barbaridades cometidas no son gratuitas. El abandono, la indiferencia, la falta de idoneidad, la corrupción impactan en todas las áreas y se ven reflejadas en el juego, en el armado de los equipos, en la genética de los nuevos jugadores, en la cultura del hincha y en la urgencia en todo sentido. Es como una radiación, como una epidemia.

Por supuesto que siguen surgiendo jugadores habilidosos en la Argentina. Pero no es suficiente. Al talento y la genética hay que acompañarlos, cuidarlos, regarlos, ponerlos en contexto, porque si no se estropean. Y eso es lo que hemos estado haciendo en nuestro fútbol de manera acelerada en los últimos años.

Que la pelota vuelva a rodar debería ser la excusa perfecta para que, entre todos (con los dirigentes en primer lugar) contribuyamos a salvaguardar la esencia del juego, esa que no debería pervertirse nunca, porque si se destruye, antes o después acabará destruyendo todo lo demás. El negocio y el criterio comercial incluidos.

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